Hay momentos en los que ya no se trata de política. Hay momentos en los que la afinidad electoral deja de importar. Y este es uno de ellos.
En los últimos días, una persona conocida —a la que no voy a nombrar— decidió burlarse públicamente del tono de voz de Álvaro Ramos, insinuando una supuesta dificultad al hablar. No fue un comentario inocente. No fue un chiste torpe. Fue burla. Y fue humillación.
Conviene recordar algo esencial: don Álvaro aprendió a hablar sin poder escuchar. Nació sordo. Aun así, desde muy pequeño mostró una capacidad intelectual extraordinaria, desarrolló una trayectoria académica sólida y alcanzó logros que requieren disciplina, constancia y una voluntad poco común. Nada de eso ocurrió por casualidad.
Y por eso es importante decirlo con claridad: esto no es una defensa partidaria. Es una defensa de la dignidad humana.
Don Álvaro puede defenderse solo. Tiene carácter, historia y herramientas para hacerlo. De niño, además, tuvo una familia que lo protegió, lo acompañó y creyó en él. Pero la pregunta verdaderamente importante no gira alrededor de su figura pública.
La pregunta es otra.
¿Qué pasa con los miles de niños en Costa Rica que nacen con alguna discapacidad y no cuentan con esos recursos?
¿Qué pasa con quienes hoy están aprendiendo a hablar, a leer, a integrarse, en contextos de pobreza, de abandono o de indiferencia institucional?
Cuando desde espacios de poder —o de influencia pública— se normaliza la burla hacia una condición física o sensorial, el daño no se limita a la persona atacada. El daño se extiende. Llega a hogares, a escuelas, a familias que hacen esfuerzos enormes para que sus hijos no se sientan menos, no se sientan defectuosos, no se sientan excluidos. Eso es lo verdaderamente grave.
Porque el poder, en cualquiera de sus formas, debería servir para proteger, para elevar y para crear mejores condiciones. No para reforzar prejuicios. No para humillar. No para enviar el mensaje de que la diferencia es motivo de risa.
Voten por quien quieran. Critiquen ideas, propuestas o trayectorias políticas. Pero hay una línea que no se cruza.
Reírse de una condición que fue enfrentada con esfuerzo y dignidad no habla de la persona burlada. Habla de quien se burla. Y habla, también, del tipo de país que estamos dispuestos a permitir si no ponemos un límite claro.
Costa Rica puede debatir con firmeza sin perder humanidad. Y cuando la humanidad se pierde, el problema ya no es político. Es moral.
