Cuando la forma pesa más que el fondo

Quiero detenerme en algo que he visto repetirse con fuerza en los últimos días. Circula una publicación alabando al presidente saliente como “el mejor de los últimos tiempos”. Un texto largo, emotivo, casi épico. Lo leí con atención, no para refutarlo desde el enojo, sino para entender qué es lo que realmente se está celebrando ahí.

Y lo primero que salta a la vista es lo que no aparece. No hay una sola mención a logros concretos en infraestructura, seguridad, salud, educación, institucionalidad o inversión. No hay datos, procesos, resultados ni evaluaciones. Todo el elogio se concentra en otra cosa: la forma de hablar.

Se celebra la voz fuerte, la palabra “sin filtros”, la confrontación, el tono firme, la incomodidad que genera. Se exalta al líder no por lo que construyó, sino por cómo dijo lo que dijo. No por la gestión, sino por el carácter. No por el cuidado del país, sino por la manera en que se plantó frente a otros.

Eso dice mucho del tipo de liderazgo que se admira…, pero dice todavía más del perfil de quienes lo admiran.

Cuando una persona considera al “mejor presidente” solo por su forma de hablar, por su tono confrontativo o por su estilo directo, estamos frente a un votante que responde más a la emocionalidad que al análisis. A alguien que busca sentirse representado en el enojo, en la frustración acumulada, en el cansancio con lo anterior. No necesariamente en la propuesta, sino en el desahogo.

No estoy diciendo que estas personas sean malas. Tampoco ignorantes por definición. Estoy diciendo algo distinto: son personas movidas principalmente por cómo se sienten, no por cómo funcionan las cosas. Personas que confunden firmeza con profundidad, confrontación con valentía y crudeza con verdad.

El texto que circula incluso cruza una línea delicada: transforma el ejercicio de gobernar en un acto casi espiritual. Se habla de “misión”, de “Dios”, de “huella en el espíritu del país”. Ahí el análisis político desaparece por completo y aparece algo más peligroso: la sacralización del poder. Cuando un líder deja de ser evaluado y empieza a ser venerado, la democracia se debilita.

Este tipo de admiración no exige resultados. No pide cuentas. No cuestiona decisiones. Solo agradece el tono, la postura, el gesto. Y eso es cómodo para cualquier gobernante, pero muy costoso para un país.

Al mismo tiempo, este fenómeno nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. Porque ese liderazgo no surge en el vacío. Surge porque hay un sector de la población que se siente identificado con esa manera de estar en el mundo: directa, confrontativa, poco reflexiva, cansada de los matices y de las explicaciones complejas.

No es un problema de un solo presidente. Es un espejo social.

Cuando elegimos desde la emoción sin revisar el fondo, cuando aplaudimos el carácter sin evaluar la preparación, cuando celebramos la palabra fuerte aunque erosione instituciones, estamos participando de un juego que no nos fortalece como ciudadanía.

Esto no lo escribo para atacar a nadie. Lo escribo porque entender qué nos mueve como votantes es más importante que señalar nombres propios. Si no hacemos esa lectura, seguiremos eligiendo desde el impulso y sorprendidos por las consecuencias.

Una democracia sana no necesita líderes que griten más fuerte. Necesita ciudadanos que piensen mejor. Y eso empieza cuando dejamos de confundir estilo con capacidad, y emoción con criterio.

En los días posteriores a las elecciones —apenas ha pasado una semana— he tenido conversaciones tranquilas con algunas personas que votaron por el continuismo. No para recriminarles nada, sino para escucharlos y compartir, en paz, algunas reflexiones. Les he dicho algo simple: que ya no hay mucho que hacer, o tal vez nada, y que elegimos una forma de gobierno que no nos representa, pero que con su discurso logra decir lo que muchos sienten o quisieran decir, de una forma que no se permiten, y eso genera identificación. Y cuando uno se siente representado emocionalmente, termina aplaudiendo.

En esas conversaciones les hablé de riesgos concretos: de la educación, de la seguridad, de la Caja del Seguro Social. De los puestos clave que se deben cambiar en este periodo. Del debilitamiento de las instituciones, incluyendo el Tribunal Supremo de Elecciones y la Contraloría. De las garantías individuales y de leyes que pueden modificarse sin que la mayoría esté mirando.

Todas las personas con las que hablé me escucharon con atención. Y casi todas me dijeron lo mismo: “ojalá estés equivocado”. Les respondí con honestidad que nada de eso era una opinión, sino información verificable, evidencias que habían estado ahí desde antes. Entonces vino una frase que se repitió más de una vez: “¿y por qué nadie habló de eso?”

Ahí entendí algo importante. Todo había estado dicho. Incluso algunas advertencias salieron de boca de la propia candidata. Pero mientras estaban en modo obediencia emocional, no podían —o no querían— ver esas realidades. El mensaje no entraba, no porque no existiera, sino porque no coincidía con la emoción dominante.

Uno de ellos me dijo algo que me marcó. Me dijo que él sabía que yo tenía razón, que mis publicaciones y videos eran convincentes. Entonces le hice una pregunta sencilla, y no pudo responder: si me veías tan convincente, ¿por qué seguiste con tu decisión de voto?
El silencio fue la respuesta.

Le hice otra pregunta, más directa aún: ¿usted votaría para diputado a alguien que considera aceptable una relación entre una niña de 14 años y un hombre de más de treinta? No respondió. Al insistirle, en voz baja, me dijo que no. Entonces le dije, sin elevar el tono: pero hace ocho días votaste por él. Otra vez, silencio.

Les dije algo más: que revisaran las redes sociales y observaran de qué lado venían mayoritariamente los insultos y las ofensas. Que notaran cómo se apelaba a la emoción, al enojo y a la descalificación, mientras del otro lado se hablaba —con mayor o menor acierto— desde la racionalidad. Muchos bajaron la mirada. El arrepentimiento era evidente.

Insistían en que nadie habló de estos temas. Entonces les hice una última pregunta: ¿cuántos letrados, académicos, catedráticos, expresidentes o figuras con trayectoria institucional estaban respaldando al oficialismo? La sorpresa en sus rostros fue contundente.

Si me permiten una frase un poco más dramática, sentí que el embrujo había caído.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio