Durante semanas nos llegó información por todos los medios posibles. Datos, señales, advertencias. Para quienes amamos esta patria sin mezquindad, fue imposible no ver los riesgos. Por eso trabajamos muchas horas al día, durante muchos días. No por protagonismo, no por ganancia personal, sino desde una convicción profunda: cuidar lo que sentimos como propio.
Y aun así, no se pudo.
Fueron más quienes eligieron no ver. Quienes minimizaron comportamientos, justificaron artimañas, normalizaron formas que antes nos habrían avergonzado. Fueron más quienes no percibieron —o no quisieron percibir— los riesgos que se abrían para la democracia y para los acuerdos básicos que sostienen este país.
No sé exactamente qué pesó más en cada decisión. El enfado acumulado. El deseo de venganza. La identificación emocional. La desinformación. El cansancio. O incluso una necesidad inmediata que nubló todo lo demás. No lo sé. Tal vez nunca lo sepamos del todo.
Lo que sí sé es que no pudimos hacer más de lo que hicimos. Y también que otros no pudieron —o no quisieron— hacer menos. Ahora todos estamos en el mismo barco. Y nos tocará convivir con decisiones que no compartimos, con figuras que no nos representan, con escenas que nos incomodan.
Seremos testigos de golpes a la educación, y veremos cómo se va formando un terreno fértil para más desconexión, más pensamiento superficial, más repetición sin reflexión. Veremos presiones sobre el seguro social, tensiones sobre lo que durante años dimos por sentado. Tal vez veamos cómo nuestro pasaporte pierde prestigio, y cómo decir “pura vida” deja de sentirse tan liviano como antes.
Elecciones, sí. Democracia, sí. La mayoría decide, sí. Todo eso es cierto. Y aun así, también es cierto que algunas mayorías pueden empujar a un país hacia lugares que duelen. No por maldad necesariamente, sino por acumulación de descuidos, de decisiones cortas, de miradas parciales.
Hoy se ven celebraciones que no nacieron del esfuerzo sostenido. Porque para algunos nada de esto costó demasiado. No hubo horas invertidas, ni desgaste emocional, ni noches largas. Para otros, en cambio, el dolor es real. Lloramos no solo porque perdimos, sino porque dimos mucho. Porque creímos. Porque nos importó.
Y sí, hubo quienes nos vendieron, quienes nos regalaron, quienes abrieron la posibilidad de destruir lo más valioso que teníamos. No solo estructuras o instituciones, sino la vida que vivíamos, el prestigio que disfrutábamos como país, la confianza silenciosa con la que nos movíamos por el mundo.
Hoy algunos celebran. Disfrutan un triunfo que se siente liviano, casi inmediato. Pero esa celebración será corta. Porque tarde o temprano los efectos de las decisiones tomadas llegan. Llegan a todos. Golpean, desgastan y obligan a enfrentar consecuencias que no distinguen bandos ni discursos.
Mientras eso ocurre, quienes hoy sentimos el dolor no estamos celebrando. Estamos mirando las cenizas. Y aun así, por amor a ellos, por amor a la patria y por amor a todos nosotros, intentaremos rescatar lo que quede. Lo agradezcan o no. Lo entiendan o no. Lo acepten o no.
Porque aquí, querámoslo o no, se empiezan a dibujar dos posturas profundas. No dos partidos, no dos ideologías, sino dos maneras de estar en el mundo: quienes destruyen desde la identificación ciega y quienes construyen pensando en las nuevas generaciones.
Nosotros —sin épica y sin aplauso— nos encargaremos de reparar errores que no cometimos. No porque sea justo, sino porque alguien tiene que hacerlo.
