El día después: cuando el ruido baja y queda el cuerpo

El día después no suele ser heroico. No hay épica, no hay consignas, no hay impulso. El día después es más bien silencioso, y a veces incómodo. El ruido baja —de golpe o de a poco— y lo que queda no es una idea ni una causa, sino el cuerpo. El cuerpo cansado. El cuerpo que recién entonces se da permiso para sentir lo que estuvo sosteniendo.

A mí me pasó así. Cuando todo se aquietó, cuando ya no había que responder, escribir, explicar ni estar alerta, apareció un cansancio profundo. No mental solamente, sino físico. Como si cada músculo hubiera estado en guardia durante meses y recién ahora entendiera que puede aflojar. Tal vez a ti te esté pasando algo parecido, aunque no lo nombres de esa forma.

En mi experiencia, este momento suele generar confusión. La cabeza quiere seguir, encontrar sentido, justificar, proyectar. Pero el cuerpo va más lento. El cuerpo pide agua, descanso, silencio, respiración. Y si uno no lo escucha, aparece la ansiedad, esa sensación rara de “debería estar haciendo algo” aunque no sepamos bien qué.

No es un retroceso sentirse así. Tampoco es debilidad. Es una respuesta natural después de haber dado mucho. El cuerpo no entiende de discursos ni de cierres simbólicos. Entiende de tensión y de descarga. De ritmo y de pausa. Y ahora está pidiendo pausa.

He aprendido —a veces tarde— que no conviene empujar este momento. No hay que llenarlo de explicaciones rápidas ni de optimismo forzado. El día después no se resuelve, se transita. Como cuando una casa queda en silencio después de una visita larga y uno camina despacio, acomodando cosas, sin apuro.

Tal vez hoy no sea un día para grandes decisiones. Tal vez sea un día para notar cómo estás sentado, cómo respirás, cómo se siente tu espalda. Para reconocer el cansancio sin juzgarlo. Para entender que regularse también es una forma de cuidado y de responsabilidad personal.

Esto no es una receta. Es solo algo que a mí me ha servido: darle lugar al cuerpo cuando la mente ya habló demasiado. Confiar en que el orden interno vuelve, pero no a la fuerza. Vuelve cuando uno se trata con un poco más de amabilidad.

Si hoy sentís que el ruido bajó y quedaste vos, tu cuerpo y tu cansancio, no estás mal. Estás vivo. Y eso, aunque ahora no lo parezca, también es un buen punto de partida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio