Egipto y Turquía – Capítulo 8 (01/10)

Bajo la sombra del Vesubio

Dormimos poco y madrugamos de verdad. La noche anterior nos habíamos acostado cerca de las 10:15 y a las 4:15 ya estábamos en pie, todavía con el cuerpo confundido entre husos horarios y cansancio acumulado. A las 6:00 bajamos al lobby para recoger el breakfast bag que el hotel nos preparó por salir antes del horario oficial de desayuno. Café, algo de pan, fruta… lo suficiente para arrancar. Tomamos el taxi y empezamos a descender hacia la ciudad, porque esta vez no estábamos hospedados en el centro como en otras ocasiones; los hotelitos europeos suelen ser incómodos o con pocas facilidades, y preferimos sacrificar ubicación por comodidad.

Roma, a esa hora temprana de sábado, parecía una versión privada de sí misma. Calles empedradas casi vacías, parques silenciosos, fuentes sonando con más claridad, construcciones que obligan a levantar la vista aunque uno ya las haya visto antes. Cruzamos el puente sobre el Tíber y finalmente llegamos al punto de encuentro del tour. Fue ahí donde sentí con certeza que ahora sí estaba en Roma: la ciudad donde abundan las vitrinas que venden sotanas y trajes religiosos como si fueran ropa cotidiana.

En el hotel y en el restaurante la noche anterior habíamos escuchado principalmente inglés, pero esa mañana el italiano sonaba por todas partes. Nos gusta el idioma y no tenemos problemas para comunicarnos, algo que sabíamos no sería tan sencillo dentro de unos días en el mundo árabe.

Roma, además, siempre tiene un peso personal para mí. Fue en esta maravillosa y desordenada ciudad donde nació la idea de escribir La Segunda Inquisición. Lo empecé al regresar a San José, pero quedó detenido con el tiempo. Siempre imaginé que lo terminaría retirándome unas semanas en la Toscana o en la Provence… aunque sospecho que al final lo concluiré en algún rincón tranquilo del campo costarricense. Italia también marcó mi vida artística: una fotografía tomada aquí terminó convertida en una de mis acuarelas más queridas.

A las 7:30 ya habíamos salido de la ciudad rumbo a Pompeya. La minivan avanzaba por una autopista de seis carriles a unos 100 km/h, con la campiña mediterránea desplegándose a ambos lados y los imponentes Apeninos vigilando a la distancia. Pasamos la intersección entre Florencia y Nápoles; nosotros tomamos hacia esta última, aunque no pude evitar pensar cuánto me gustaría volver algún día a Florencia.

Mientras avanzábamos recordé un episodio del día anterior: el sacerdote joven que había viajado sentado junto a nosotros entre Madrid y Roma. Yo apenas conversé lo necesario, salvo ofrecerle la ventana, pero Luis Fer sí sostuvo una buena conversación. Al despedirnos nos regaló una estampita de la Virgen de Guadalupe. No soy católico, pero respeto profundamente la fe ajena, y guardé el obsequio pensando inmediatamente en mi abuelita.

Al salir de Roma disminuía también la cantidad de grafiti en las paredes; solo en Budapest recuerdo haber visto más. Nuestro grupo era pequeño, unas dieciocho personas, lideradas por una guía mitad italiana y mitad argentina capaz de manejar al menos tres idiomas con naturalidad.

A las 9:00 hicimos una parada en Monte Cassino para café y baño. Muchos compraron cosas; nosotros abrimos nuestra bolsita del hotel. Ese gesto mínimo activó un recuerdo inesperado de Orlando, cuando preparé algo similar para nuestra amiga Paola Fallas antes de su vuelo a Portland. La memoria viaja sin pedir permiso.

A las 10:00 todavía no habíamos llegado, pero ya se veía el Vesubio. Más adelante se insinuaban también la bahía de Nápoles y la isla de Capri. Belleza absoluta… y una historia brutal escondida detrás.

A las 10:20 llegamos finalmente a Pompeya, después de recoger en el camino a una segunda guía especialista en la zona napolitana. Apenas empezamos a caminar entendí que aquello no era una ruina más. Era una ciudad enorme, todavía con muchísimo por descubrir, congelada bajo la ceniza de la erupción. Un teatro mil años más antiguo que el Coliseo había servido para espectáculos con gladiadores. Durante las excavaciones encontraron espacios donde habían estado los cuerpos humanos y de animales, y decidieron inyectar yeso para obtener moldes. En esas figuras se percibe todavía el dolor, el terror, el instante final detenido en el tiempo. No es solo arqueología. Es humanidad suspendida.

A las 12:30 dejamos Pompeya rumbo a Positano por la costa Amalfitana. Pasamos viendo Sorrento, o la península Sorrentina, con miles de edificaciones colgadas frente al océano. No playas abiertas, sino acantilados dramáticos. En algún momento alguien comentó que la pizza Margarita llevaba ese nombre por una reina italiana vinculada a Nápoles. Me encantó el dato.

Durante casi veinte minutos un Maserati azul espectacular avanzó delante de nosotros sin poder rebasar en las angostas carreteras. No pude evitar pensar que algo parecido le pasaría a cualquiera que comprara uno en Costa Rica: símbolo de alto poder adquisitivo, sí… pero también una pequeña polada en ciertas calles. El lujo depende tanto del contexto como del precio.

A las 4:05, después de una maravillosa estadía en Positano, incluyendo una caminata por la playa del mar Tirreno, iniciamos el regreso a Roma. Llevábamos magnetos de ambas ciudades, el recuerdo del tradicional helado de café, y yo una pulsera de cuero rojo para agregar a mi colección de pequeños símbolos de viaje. Positano quedaba atrás como una ciudad literalmente colgada del acantilado, suspendida entre la roca y el cielo.

A las 6:30 paramos nuevamente en el mismo lugar de la mañana por un café y seguimos camino. Hubo un momento en que temí que hubiéramos tomado una autopista equivocada, pero enseguida recordé la frase inevitable: todos los caminos llevan a Roma. Me relajé.

A las 7:50 entramos al anillo de la ciudad. Habíamos visto amanecer en la carretera… y también atardecer. Esta vez todavía no habíamos podido ver Roma de día, y queríamos hacerlo desde la habitación para fotografiar la cúpula del Vaticano, aunque mi hermano Norman diga que se parece al Capitolio de Washington DC.

A las 8:30 llegamos al hotel. Conectamos un rato a internet, bajamos a cenar y nos preparamos para dormir.

El día había sido largo. Pompeya había sido historia. Positano había sido belleza.
Y el viaje seguía abriéndose frente a nosotros.

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