
Hace apenas un mes discutíamos quién sería el mejor presidente o la mejor presidenta para Costa Rica. Mientras tanto el mundo empezaba a incendiarse.
Hace pocas semanas discutíamos quién debía gobernar Costa Rica. Hoy tal vez deberíamos estar discutiendo algo más urgente: cómo vamos a comer si el mundo entra en guerra, y está entrando.
Analizábamos discursos, temperamentos, debates, promesas de campaña. Mientras tanto, en otra parte del planeta, algo mucho más grande comenzaba a calentarse lentamente, casi en silencio, como cuando algo se deja en baño María hasta que finalmente empieza a hervir.
Durante semanas hablamos de economía, de seguridad nacional, de desempleo y de muchos detalles internos que ciertamente son importantes y que todavía lo siguen siendo. Discutíamos propuestas, estilos de liderazgo, capacidades de gobierno. Todo dentro de la lógica normal de una democracia que elige quién llevará las riendas del país durante los próximos años.
Llegaron las elecciones y, por la distribución de los votos —no necesariamente por mayoría absoluta, sino por la forma en que funcionan nuestros sistemas electorales— fue elegida la persona que llevará las riendas de la patria. Así funcionan las cosas. Nos guste más o menos, así se decide quién gobierna.
Pero mientras aquí discutíamos nuestras decisiones internas, el mundo comenzaba a entrar en otra dinámica.
Incluso antes de que la presidenta asuma formalmente el cargo, han aparecido voces hablando de bases militares en Costa Rica. Algo que durante décadas hubiera sido impensable en nuestra tradición política y en nuestra identidad como país. Afortunadamente, quien lo menciona no parece tener fundamentos ni posibilidades reales de convertir esa idea en una política concreta en el corto plazo. Por ahora, parece más una provocación o una ocurrencia que una amenaza real.
El verdadero problema está en otra parte.
Lo verdaderamente inquietante es que estamos viendo el inicio de un conflicto enorme en una región del planeta donde las negociaciones históricamente han sido casi imposibles. Un conflicto marcado por factores ideológicos, políticos y también religiosos, en zonas donde los siglos han ido acumulando heridas, identidades enfrentadas y memorias que nunca terminaron de reconciliarse.
La gran potencia de Occidente vuelve a aparecer en el tablero, moviendo piezas como lo ha hecho tantas veces en la historia reciente del mundo. Y en pocas horas aparece también la respuesta de otra potencia, fría, directa y sin rodeos, enviando advertencias que no se pueden ignorar… aunque quienes desean que este conflicto escale probablemente terminarán ignorándolas.
La guerra continúa. La escalada aumenta. El tablero global se tensiona.
Y si el conflicto continúa escalando como algunos analistas temen, podríamos entrar en un escenario que el mundo ha tratado de evitar durante décadas: un enfrentamiento entre potencias nucleares.
No lo deseo. No quiero ser un ave de mal agüero. Pero cuando uno junta todas las noticias y observa con serenidad lo que está ocurriendo, el escenario empieza a dibujarse con una claridad inquietante.
Hace apenas un mes estábamos en plena efervescencia electoral. Discutíamos nombres, estilos de gobierno, promesas de campaña. Y sin embargo, si este conflicto escala, el planeta podría enfrentar algo que cambiaría el equilibrio del mundo en cuestión de horas: una detonación nuclear, un hongo elevándose en el cielo y una transformación inmediata del clima global.
Las temperaturas bajarían. Los ciclos agrícolas cambiarían. La vida cotidiana del planeta se alteraría.
No quiero pensar desde el desapaciguamiento. No es mi estilo. Pero tampoco podemos ignorar que el mundo está entrando en una fase de tensión que no veíamos desde hace muchas décadas.
Y es aquí donde inevitablemente regreso al ámbito nacional.
Porque frente a un escenario global así, uno termina haciéndose una pregunta incómoda: si el liderazgo que escogimos es el más adecuado para enfrentar un mundo que podría volverse mucho más incierto en muy poco tiempo.
No lo digo con ánimo de confrontación, sino como una reflexión honesta.
En momentos de estabilidad, muchos liderazgos pueden funcionar razonablemente bien. Pero en momentos de crisis global —cuando la geopolítica, la economía y la seguridad internacional empiezan a moverse con fuerza— el tipo de liderazgo que conduce un país puede marcar una diferencia enorme.
Y aquí aparece un elemento que casi nadie está discutiendo con suficiente seriedad.
Si el mundo entra en un escenario de conflicto global prolongado, el problema principal no será la política partidaria ni los discursos ideológicos. El problema será la comida.
En un escenario así, lo único que realmente podría salvarnos de una hambruna serían nuestros agricultores. Los mismos agricultores que muchas veces son insultados, subestimados o ridiculizados en discusiones públicas. Los mismos que trabajan la tierra todos los días mientras otros discuten sobre teorías económicas o acuerdos comerciales.
Y es ahí donde aparece otro tema delicado. El acuerdo transpacífico.
Si ese acuerdo avanza o se firma en condiciones que debiliten nuestra producción agrícola, podríamos estar debilitando justamente el sector que más necesitaríamos en un escenario de crisis global.
Por eso mi petición hoy es sencilla y directa. Protejamos a nuestros agricultores. Pero no mañana. No dentro de un año. Desde hoy.
Porque ya no se trata de si tienen o no vehículos de lujo, ni de discusiones ideológicas sobre mercados abiertos o cerrados. Se trata de algo mucho más simple y mucho más serio.
Si el mundo entra en un escenario de conflicto global, las discusiones ideológicas dejarán de importar muy rápido. Lo único que importará será algo mucho más básico: quién produce la comida. Y esos, hoy, son nuestros agricultores.
Si debilitamos ese sector justo cuando el mundo se vuelve más incierto, el golpe que podríamos recibir sería más duro que el de la pandemia.
Y entonces sí… ¡nos llevará candanga!
Recuerdan cuando apareció el COVID y las fronteras del mundo se cerraron casi de un día para otro. En medio de tanta discusión sobre vacunas, teorías, creencias o dudas, hubo algo que fue completamente real: las fronteras se cerraron.
Y mientras el comercio internacional se detenía, mientras el mundo entero trataba de entender lo que estaba pasando, fueron nuestros agricultores —con sus verduras, sus vegetales, sus cosechas— quienes sostuvieron la mesa de este país.
Sea usted antivacunas o no, crea o no que el virus era exactamente lo que se dijo que era, hay un hecho que nadie puede negar: cuando las fronteras se cerraron, quienes nos alimentaron fueron ellos.
Si un día aparece en el horizonte el primer hongo —sea nuclear o incluso de vapor después de una detonación lejana— las fronteras volverán a cerrarse. El mundo funciona así cuando el miedo se apodera de las decisiones.
Y podría ocurrir algo profundamente irónico.
Podría suceder justo en el momento en que nosotros mismos hayamos debilitado a quienes sostienen nuestra comida. Justo cuando hayamos decidido matar la gallina de los huevos de oro.
Por eso la decisión es sencilla. O hacemos algo para proteger a nuestros agricultores desde ahora… o podríamos terminar encerrados en uno de los países más hermosos del planeta, pero sin nada que poner en la mesa.
Excelente reflexión, Vinicio! Y coincido contigo, muy pocos están pensando en este escenario.