Galería Talentum

Martes por la tarde
Por Vinicio Jarquín

Llegamos a eso de las 4:20 de la tarde y la actividad ya había empezado. Entramos justo cuando Humberto Vargas hacía su magia con guitarra, voz y micrófono, llenando el espacio con esa mezcla de música y sensibilidad que siempre logra crear ambiente y que, desde el primer momento, le da a la sala una atmósfera particular, como si el arte y la conversación empezaran a acomodarse suavemente en el aire.

Después invitaron a hablar a don Manuel, quien convocó a la mesa a una exviceministra de Cultura y a Eugenio, de LaRevista.CR, a quien yo no conocía personalmente. Tenía ganas de saludarlo, porque siempre es interesante ponerle rostro a las personas que uno ha leído o seguido durante algún tiempo. Sin embargo, luego el ambiente se volvió un poco complicado y no encontré el momento adecuado para acercarme, algo que lamenté porque esas pequeñas conexiones humanas suelen ser muy valiosas.

Los tres se sentaron frente a nosotros y comenzó la conversación. Don Manuel abrió su intervención con una descripción extensa sobre lo mal que está el mundo: guerras, hambrunas, pobreza, cambio climático y una larga lista de problemas globales que, ciertamente, forman parte del panorama actual. Es un diagnóstico que, probablemente, tiene muchas razones válidas y que merece atención. Sin embargo, la forma en que se presentó terminó pintando un panorama tan oscuro que por momentos parecía que el mundo estuviera al borde de desaparecer. Según entendí, incluso se mencionó que, a este ritmo, nos quedarían unos cien años de planeta.

Todo ese recorrido parecía conducir a una conclusión sobre la importancia del arte y el papel de los artistas plásticos en la sociedad: que deberían expresarse más, trabajar más, tener mayor presencia o quizás recibir más apoyo institucional. Confieso que en algún momento perdí claridad sobre hacia dónde iba exactamente la argumentación. Lo que sí sentí con claridad fue otra cosa: el ambiente empezaba a cargarse demasiado de preocupación y fatalismo. Y, siendo honesto, yo ya me estaba des apaciguando.

Hay algo interesante en la dinámica de las conversaciones públicas. Cuando un artículo o una intervención empieza desde el insulto o desde la confrontación, los comentarios que siguen tienden a mantenerse en ese mismo registro. De la misma manera, cuando una conversación se abre desde el miedo, desde la pérdida o desde la idea de un mundo al borde del colapso, las intervenciones posteriores suelen continuar en esa misma línea.

Pero ocurre algo distinto cuando el punto de partida es otro. Cuando se inicia desde el espíritu de Apacigua tu ser interior, muchas veces las propias personas que participan ayudan, casi naturalmente, a bajar el tono, a buscar matices y a devolver serenidad a la conversación.

Durante todo ese tiempo escuché con atención a los tres panelistas. No dije nada. Ellos, incluso, se dirigieron hacia mí un par de veces desde la mesa, reconociéndome entre el público. Yo seguía atento, observando, tratando de entender el hilo de la conversación.

Cuando terminaron sus intervenciones iniciales, la anfitriona tomó el micrófono y lo ofreció al público para quien quisiera compartir alguna idea. Lo ofreció unas tres veces, pero en ninguna de ellas se dirigió a mí. Seguramente tendría sus razones. Yo, probablemente, de haber estado en su lugar, se lo habría ofrecido a alguien que durante estos meses ha tenido tanto que decir sobre el ambiente público del país. Pero no lo hizo, y está bien.

Después de un par de intervenciones del público, decidí pedir la palabra. Pedí el micrófono. Porque ya no quería seguir escuchando únicamente comentarios en negativo, en la misma línea en que había comenzado la conversación. Sentí que valía la pena introducir otra mirada, otra energía, otro tono.

Y entonces hablé.

Cuando tuve el micrófono en la mano, lo primero que hice fue agradecerle a don Manuel por su exposición. Había sido extensa, reflexiva y claramente nacida de una preocupación genuina por el estado del mundo. Pero también sentí que era necesario decir algo que, desde la perspectiva de Apacigua tu ser interior, no podía quedarse sin matiz.

Le expliqué que, precisamente desde el espíritu de Apacigua, no podemos permitir que ese tipo de pensamiento se instale de manera permanente en nuestra forma de mirar la realidad. Entender los problemas del mundo es importante. Ignorarlos sería ingenuo. Pero vivir instalados en una narrativa de desastre constante tampoco ayuda mucho a construir nada.

También mencioné algo que me parecía inevitable decir en ese contexto. Estar en una galería como Talentum, un espacio hermoso, cuidado, lleno de arte y conversación, hace relativamente fácil hablar sobre las necesidades de los artistas que están afuera. Pero hablar de la calle de los artistas, en realidad, se hace en la calle.

Lo comparé con algo que vivimos recientemente en Costa Rica: las personas a las que les pagaron diez mil colones para colocar banderas. Para muchos de nosotros, desde nuestras casas o desde nuestros espacios de conversación política, podría parecer que alguien “vendió la democracia” por muy poco dinero. Pero diez mil colones, para ciertas personas, es una suma importante. La perspectiva cambia cuando uno baja al terreno real donde vive la gente.

Por eso dije algo que probablemente no cayó del todo bien en la mesa. Si de verdad queremos hablar de los artistas de la calle, entonces habría que planear exposiciones en la calle. Salir. Trabajar con la gente. Ensuciarse un poco los zapatos. Volver la conversación más aterrizada, más cercana a la vida cotidiana de quienes están allá afuera.

Imagino que no todos se sintieron cómodos con mi intervención. No estuve de acuerdo ni con el tono tan oscuro del diagnóstico de don Manuel ni con el contraste evidente entre ese discurso apocalíptico y el ambiente de inauguración que estábamos viviendo.

En algún momento, don Eugenio intervino con una metáfora interesante. Dijo que, tal como está el mundo hoy, habíamos perdido el mantel de la mesa. Que la mesa ya no tenía mantel y que tendríamos que acostumbrarnos a eso. Confieso que en ese momento no terminé de entender completamente la imagen.

Más tarde, cuando retomé la palabra, respondí desde mi propia metáfora. Dije que, aun si la mesa se hubiera quedado sin mantel, yo tenía una vajilla que se podía usar perfectamente sin él. En otras palabras, en mi forma de ver la vida, lo que hay es lo que hay. Y con eso que hay, uno trabaja, crea, conversa y sigue adelante.

Terminé diciendo algo muy simple: que, aunque aceptaba que muchas de las cosas que don Manuel había mencionado podían tener sentido, yo no estaba dispuesto a pensar que el mundo se había ido al carajo. Porque desde ese punto de partida es muy difícil construir algo que no sea más desesperanza. Y yo, al menos, sigo creyendo que todavía hay mucho por construir.

También tengo que reconocer que hubo un par de cosas que me llamaron la atención. Estábamos en una conversación abierta sobre democracia y, administrativamente, mi nombre no fue mencionado en ningún momento, a pesar de que tenía dos obras expuestas en la galería. Tal vez fue simplemente una coincidencia. También podría haber influido que yo venía de pasar la mañana en la Asamblea Legislativa, donde el trato había sido muy distinto, así que probablemente fue más una percepción mía que otra cosa. En todo caso, es de esas cosas que uno nota y luego decide dejar pasar.

Hubo otro pequeño detalle similar. La anfitriona mencionó a varias personas presentes que tienen artículos publicados en LaRevista.CR, pero tampoco mencionó mi nombre, a pesar de que tengo varios textos publicados ahí y, además, una columna que aparece cada viernes con regularidad. De nuevo, no lo digo como reclamo. Simplemente fue algo que noté en el momento.

También entiendo algo que es importante aceptar: no todo el mundo comparte el mismo discurso apaciguador. Algunas veces uno intenta introducir esa mirada más serena, más constructiva, como intenté hacerlo hoy, pero no siempre se logra cambiar el tono de la conversación. Y hoy fue uno de esos días. Después de mi intervención, varias personas que tomaron el micrófono continuaron en la misma línea de preocupación y derrota que había marcado el inicio del encuentro. Yo sé que esos problemas existen, que están ahí, pero no es desde ese lugar desde donde yo quiero vivir ni pensar el mundo.

Afortunadamente también hubo momentos muy buenos. Allí estaba nuevamente don Gustavo Gutiérrez, y esta vez pudimos conversar con más calma. Junto con su hermana y con Luis Fer, pasamos un rato muy agradable, acercándonos un poco más, conversando con tranquilidad y dejando abierta la puerta para algo que eventualmente podamos hacer juntos en el futuro.

También tuve la oportunidad de hablar en un par de ocasiones con Humberto Vargas. Fue un gusto conocerlo, escucharlo de cerca, robarle un par de frases, quedarme enganchado con sus canciones. Son de esas conversaciones cortas que uno disfruta mucho y que ojalá se repitan, ya sea en alguna presentación suya o simplemente en otro encuentro entre amigos.

Así que, pese a esos pequeños detalles que de alguna forma pudieron minimizar mi participación en el evento, la actividad estuvo bonita. La exposición también vale la pena. Me saludé con mucha gente conocida y, además, varias personas se acercaron a presentarse, lo cual siempre me llena el corazoncito.

Los invito a pasar por la galería y ver la exposición.

Y así terminó el martes.

Ahora toca volver a otras tareas mientras llega el viernes, cuando regresaré, otra vez, a la Asamblea Legislativa, esta vez invitado al foro de mujeres.

Editado 04/03/26:
Hoy no estoy tan en desacuerdo con don Manuel, aunque sigo pensando que no es un discurso para proteger a los artistas, sino a los agricultores (ver mi artículo de hoy).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio