La primera vez que la extrañé de verdad

Algunas veces, cuando estoy cenando, para no quedarme atrapado en las redes sociales contestando mensajes, abro YouTube y dejo que aparezcan esos videos que uno no busca… pero que terminan encontrándolo. Reencuentros. Personas que vuelven después de años, abrazos que se sostienen más de la cuenta, miradas que dicen todo lo que el tiempo no pudo borrar. Y entonces, casi sin darme cuenta, mi cena se llena de lágrimas. Siempre lloro. Siempre. Hay algo en esos encuentros que toca un lugar muy profundo, como si despertara una memoria que todos llevamos dentro… esa necesidad de volver a ver, de volver a abrazar, de volver a sentir.

A veces, en medio de esos videos, me sorprendo imaginando algo distinto. No un reencuentro con alguien que estuvo lejos… sino con quienes ya no están. Y no es lo mismo. Porque esos videos tienen regreso, tienen continuidad, tienen final feliz. Pero cuando pensás en alguien que se fue… la escena cambia. Aun así, aparece. Imaginar a mi papá, abrazarlo otra vez. Imaginar a mi hermano, que pudiera ver todo lo que he caminado, todo lo que ha pasado en este tiempo. Es una imagen que no se puede sostener mucho… porque se desarma sola. Pero llega.

Pero hoy fue distinto. Hoy pensé en mi abuelita. Oh… mi abuelita.

Se fue al cielo cuando tenía 103 años. Yo tenía 53. Tuve abuelita durante 53 años. Mi abuelita materna. Y mientras cenaba, viendo uno de esos videos… empecé a llorar. Pero no era un llanto cualquiera. Era distinto. Era más suave y al mismo tiempo más profundo, como si no viniera de la tristeza solamente… sino de un amor acumulado que, por primera vez, se estaba dejando sentir completo.

Y empecé a recordarla… no como una imagen lejana, sino como si estuviera ahí.

Llegar a su casa. Esa casa que tenía sus reglas, sus espacios, su orden. Donde el comedor principal y la sala eran casi territorios sagrados, y uno aprendía, sin que nadie lo explicara, que había lugares que se respetaban. Sentarme en el antecomedor, en ese espacio permitido, cercano, humano. Comer pan con jalea de guayaba. Esos sándwiches de lomito que hacía… tan perfectos, tan bien pensados, que uno podía morderlos sin que nada se desarmara, sin que nada colgara, como si hasta eso fuera una forma de cuidado, una forma de amor puesta en los detalles.

Recordé su forma de ser. Su gracia natural. Su simpatía. Su inteligencia que no necesitaba mostrarse, porque simplemente estaba. Todo lo que sabía, todo lo que había vivido, todo lo que había aprendido. Era chispa. Era atinada. Era de esas personas que decían lo justo en el momento exacto, con una naturalidad que no se enseña… se trae. Recordé sus juegos, cuando me sentaba en una cobija y me jalaba por la casa, o incluso por las gradas, para que yo sintiera ese brincoteo que se mezclaba con la risa, con la confianza, con la certeza de que estaba en un lugar seguro.

Y su sonrisa… Siempre de buen humor. Siempre simpática. Siempre presente.

Y más adelante, ya con el pelo blanco, peinado de salón, siempre elegante, siempre bien vestida, siempre sobria. Con esa presencia que no necesitaba hacerse notar, porque simplemente llenaba el espacio. Era de esas personas que no ocupan hablar fuerte… porque su forma de estar ya dice todo.

Y entonces pasó. La extrañé. Pero no como se extraña en ciertos momentos. La extrañé profundamente.

Como si de pronto todo lo vivido con ella se acomodara dentro de mí de una forma nueva. Como si cada recuerdo tomara más peso, más sentido, más presencia. Como si su ausencia, por primera vez, se sintiera completa… no como un vacío, sino como la otra cara de todo el amor que hubo. Y hay algo difícil en eso.

En darte cuenta de cosas que, de ninguna manera, podés cambiar. En entender que hay momentos, abrazos, miradas… que ya ocurrieron. Y que no van a volver. No porque algo esté mal… sino porque así es la vida. Y aun así, en medio de esa certeza, aparece algo que sostiene.

Porque si duele así… es porque hubo mucho amor.

Y entonces, entre lágrimas, entre recuerdos, entre esa sensación que aprieta el pecho y al mismo tiempo lo llena… aparece una gratitud profunda.

Qué dicha haberla tenido. Qué dicha haberla vivido. Qué dicha poder extrañarla así.

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