
El gobierno anuncia acuerdos con otros países para traer migrantes a Costa Rica, y la reacción es inmediata: aplausos, celebración, respaldo automático. No hay preguntas, no hay análisis, no hay pausa. La turba responde como responde siempre… desde la emoción del momento y la alineación ciega. Lo curioso es que esa misma turba, apenas días atrás, se quejaba con fuerza de los migrantes que estaban entrando al país. Eran un problema, eran una amenaza, eran motivo de molestia constante. Pero ahora no. Ahora, como la iniciativa viene desde el poder, entonces todo está bien. Entonces todo se justifica.
Y pasan los días. Llegan los migrantes. Pero no llegan como uno esperaría de un proceso ordenado, digno, humano. Llegan sin claridad, sin información suficiente, sin condiciones visibles que aseguren atención médica o acompañamiento social. Llegan, según lo que se alcanza a percibir, en condiciones que levantan más preguntas que respuestas. Y es entonces cuando aparece una figura institucional haciendo exactamente lo que le corresponde: pedir explicaciones. Preguntar por las condiciones, por el trato, por la salud, por el estatus. Cumplir con su rol.
Y la turba, fiel a su naturaleza, vuelve a reaccionar.
Pero no contra lo que está mal. No contra las posibles condiciones indignas. No contra la falta de información. No. Reacciona contra quien pregunta. Contra quien exige claridad. Contra quien intenta poner orden en medio del desorden. Y entonces, si uno hace el ejercicio más básico, casi una operación aritmética de lo ocurrido, el resultado es brutal: no querían migrantes… pero ahora sí. Los aplauden… pero no cuestionan en qué condiciones llegan. Y cuando alguien se atreve a defenderlos o a pedir cuentas por ellos, entonces también está mal.
No hay una postura. No hay un principio. No hay una línea ética. Hay algo más simple… y más preocupante. Hay una necesidad constante de estar del lado que aplaude, aunque eso implique contradecirse, ignorar la dignidad humana o atacar a quien intenta defenderla.
Y eso, más que una posición política, es un reflejo profundo de lo que se lleva dentro.