Los alcances nefastos de un diálogo agresivo

Hoy leí una noticia en la que la señora defensora de los habitantes le pide explicaciones al gobierno sobre el tema de los migrantes que entraron al país. Y, como ya se ha vuelto costumbre en ciertos sectores intoxicados por el impulso y no por la razón, no faltaron los ataques inmediatos contra ella. Lo más preocupante no es solamente la agresividad de los comentarios, sino la absoluta incapacidad de muchas personas para comprender lo más básico: ese es su trabajo. Para eso existe la Defensoría. Para pedir cuentas. Para vigilar. Para señalar. Para defender a los habitantes cuando el poder público debe responder. No cuando le conviene. No cuando cae simpático. Siempre.

Lo grave de este tiempo no es solo que haya gente que opine sin saber. Gente así siempre ha existido. Lo verdaderamente alarmante es la velocidad con la que hoy se combina la ignorancia con el odio, y luego se exhibe esa mezcla como si fuera valentía, criterio o compromiso político. No. No lo es. Es apenas un reflejo condicionado. Es la reacción de personas que han sido entrenadas para oponerse a todo, para atacar cualquier voz que fiscalice, para descalificar antes de entender, y para convertir la conversación pública en un basurero emocional donde ya no importa la verdad, ni la función institucional, ni el sentido de las palabras.

Hay algo particularmente peligroso en ese tipo de diálogo agresivo. Y es que no solo degrada la conversación, sino que también va destruyendo los pocos puentes que todavía sostienen una democracia. Porque cuando una funcionaria cumple con su deber y, en vez de recibir debate serio, recibe insultos irracionales, lo que queda al descubierto no es un desacuerdo legítimo, sino una cultura cada vez más incapaz de procesar la realidad con un mínimo de coherencia. Ya no se analiza lo que se hizo. Ya no se pregunta qué corresponde. Ya no se distingue entre una crítica institucional y un ataque político inventado. Simplemente se embiste. Y cuando una sociedad empieza a embestirlo todo, termina lesionándose a sí misma.

Yo entiendo perfectamente que a muchos los hayan programado para estar en contra de cualquier cosa. En contra de todo lo que aparezca. En contra de todo lo que se diga. En contra de cualquiera que no aplauda sin pensar. Lo entiendo. Lo veo todos los días. Pero precisamente por eso hay que decirlo con claridad: si van a reaccionar así, tómense aunque sea treinta segundos para estudiar lo mínimo. Lean. Averigüen. Pregúntense cuál es la función de la institución que están atacando. Porque mezclar ignorancia con odio no es una travesura ideológica. Es un combustible social tremendamente peligroso.

Y cuando esa mezcla se normaliza, el daño ya no recae solo sobre una persona, una funcionaria o una oficina pública. El daño alcanza a todo el país. Porque cada vez que se castiga el control, se protege el abuso. Cada vez que se ridiculiza la fiscalización, se fortalece la impunidad. Y cada vez que la agresividad sustituye al razonamiento, el país entero retrocede un poco más hacia una forma de convivencia más torpe, más ciega y brutal.

Por eso este no es un tema menor. No se trata solo de unos comentarios vulgares en una red social. Se trata de una deformación del juicio. De una ciudadanía que en algunos casos ya no distingue entre defender una causa y comportarse como una turba. Se trata del deterioro de la palabra pública. Y cuando la palabra pública se deteriora, después se deteriora el criterio, y después se deterioran los límites, y después se deteriora todo.

Tal vez ya va siendo hora de entender que no toda persona que pide cuentas es enemiga. No toda voz que cuestiona estorba. No toda institución que incomoda está “contra el pueblo”. A veces, justamente, está haciendo el trabajo que otros prefieren que nadie haga. Y si como país perdemos la capacidad de entender eso, entonces el problema ya no será solo el tono agresivo del diálogo. El problema será que habremos empezado a renunciar, casi sin darnos cuenta, a la inteligencia mínima que una democracia necesita para no volverse ruina.

Ahora, a vos, que saliste a criticar sin detenerte un segundo a entender, te dejo una tarea incómoda pero necesaria. Revisá dentro de vos qué es lo que realmente te molesta cuando desde la Defensoría de los Habitantes se le piden cuentas al gobierno. ¿Te incomoda el control? ¿Te irrita que alguien ejerza con seriedad una función que ni siquiera te has tomado el tiempo de comprender? ¿O lo que te molesta tiene que ver con quién lo hace? Porque si en el fondo lo que te perturba es que sea una persona preparada, que sea mujer, que sea negra o que no forme parte del espectáculo político que consumís, entonces el problema ya no está en la institución ni en su labor. Está en tus propios sesgos. Y ninguna de esas razones, por más que intentés maquillarlas de opinión, justifica la insolencia ni el desprecio con el que te expresás. Al contrario, lo único que hacen es exponerte, con bastante claridad, en un lugar profundamente ridículo.

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