La misión de la turba

Hay algo que se vuelve cada vez más evidente cuando me detengo a observar con calma lo que ocurre en el espacio público: hay una parte de la sociedad cuya única misión parece ser desestabilizar. No construir, no cuestionar con intención de mejorar, no aportar desde la diferencia… sino desordenar, ensuciar, erosionar. Y lo hacen con una habilidad que, si no fuera tan destructiva, casi podría parecer admirable. Hoy me tocó enfrentarlo de cerca, no como una idea abstracta, sino como una experiencia real, concreta, agotadora. No es solo leer comentarios. Es sostener la serenidad mientras del otro lado hay un impulso constante por romperla.

Veo a una figura pública plantear ideas, propuestas, intenciones de trabajo… y la reacción no es análisis, no es debate, no es contraste de argumentos. Es burla, es insulto, es humillación. Es una avalancha de palabras mal escritas, mal pensadas y peor intencionadas que no buscan entender, sino aplastar. Y entonces no puedo evitar preguntarme qué hay detrás de eso. Porque cuando alguien escribe desde ese lugar, no está reaccionando a una propuesta política… está mostrando su mundo interno. Está dejando ver, sin filtro, lo que lleva dentro. Y eso, más que enojo, me provoca claridad.

Lo mismo ocurre cuando observo cómo se comportan frente a temas sensibles. Primero defienden una postura con intensidad, casi como una bandera moral. Luego, cuando la realidad cambia, cuando aparecen condiciones que exigen responsabilidad, cuando alguien con un rol institucional hace su trabajo y pide cuentas… entonces se vuelven contra esa misma figura. No hay coherencia. No hay línea. No hay pensamiento estructurado. Lo único constante es la oposición. Estar en contra de algo, de alguien, de lo que sea. Porque en el fondo no se trata del tema… se trata de la necesidad de confrontar.

Y cuando llevo un mensaje trabajado, pensado, construido con cuidado, con tiempo, con intención… lo que recibo no es una conversación. Es un intento de deslegitimación. Personas que no logran sostener una idea en cuatro líneas se sienten con la autoridad de desacreditar un análisis completo. Y no desde la diferencia válida, sino desde el ataque vacío. Eso desgasta, claro que desgasta. Porque no estoy dialogando con alguien que quiere entender… estoy frente a alguien que quiere derribar.

Incluso cuando hablo de construir, de crecer, de sostener un movimiento, de hacerlo avanzar con el aporte colectivo, aparece esa misma lógica. La crítica no viene desde la reflexión, sino desde la descalificación automática. Como si pedir apoyo fuera una falta. Como si construir algo en conjunto tuviera que hacerse en silencio, sin recursos, sin comunidad. Y entonces entiendo que no importa lo que diga. Para ciertos sectores, el objetivo no es evaluar lo que hago… es detenerme.

Y aquí es donde ocurre lo verdaderamente importante. Porque el punto no es la turba. La turba va a existir siempre. El punto es qué hago yo frente a eso. Porque en medio de todo ese ruido, de toda esa agresión, de toda esa incoherencia, hay algo que sí tengo claro: yo no estoy en ese lugar. Yo estoy del otro lado. Del lado de quien construye, de quien reflexiona, de quien se cuestiona, de quien intenta sostener una línea en medio del caos. Y eso tiene un costo. Claro que lo tiene. Pero también tiene un valor enorme.

Ser apaciguado no significa ser débil. Significa tener la capacidad de no caer en ese juego. Significa poder mirar ese desorden sin convertirme en parte de él. Significa elegir, incluso cuando todo empuja en la dirección contraria, sostener una forma distinta de estar en el mundo. Y eso, aunque a ratos parezca que no alcanza, es exactamente lo que marca la diferencia.

Porque la turba puede gritar. Puede insultar. Puede intentar desestabilizar. Y a veces, sí, puede parecer que lo logra. Pero hay algo que no puede hacer: no puede construir lo que yo estoy construyendo. No puede sostener lo que yo estoy sosteniendo. No puede crear lo que nace desde un lugar consciente.

Y al final, eso pesa más.

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