Cuando terminó la campaña electoral, los números eran claros. Doña Laura superaba el millón de votos, don Álvaro Ramos rondaba los ochocientos mil y doña Claudia tenía ciento y resto de mil. En medio de ese escenario político, desde este espacio hacíamos una broma que, aunque ligera en tono, tenía algo de verdad en el fondo: Apacigua tu ser interior había alcanzado cerca de seiscientos setenta y cinco mil lectores. Y entonces decíamos, casi con una sonrisa, que éramos la tercera fuerza política no política del país.
Pasó la efervescencia. Se apagaron los debates encendidos, se bajaron las banderas, se acomodaron los resultados. Los votos quedaron donde quedaron. Y Apacigua, como era natural, también encontró su propio punto de equilibrio. Bajamos a unos cuatrocientos cincuenta mil lectores, donde nos hemos mantenido de forma bastante constante. Y si uno quisiera seguir con aquella misma broma, podría decir que seguimos siendo esa tercera fuerza no política. Pero ya sin la adrenalina del momento, la reflexión cambia de tono.
Porque detrás de los números hay una intención. Mi esperanza siempre fue que este espacio, aun sin voto, sin poder formal y sin injerencia directa en los poderes de la República, pudiera tener voz. Una voz que sirviera para aplaudir lo que está bien, para cuestionar lo que genera dudas, para investigar, para informar, para apaciguar cuando el país se tensara. Incluso soñaba —y lo digo sin exageración— con que pudiéramos facilitar acuerdos, acompañar procesos, asesorar a diputados y a sus equipos, y aportar desde un lugar ciudadano, independiente y sereno.
Sin embargo, esa posibilidad cada día se siente más lejana. No porque la gente no esté. No porque no haya interés. Los números se sostienen, los seguidores crecen. Pero hay una realidad mucho más simple y mucho más cruda: los recursos no están alcanzando. Y cuando los recursos no están, las ideas, por más buenas que sean, empiezan a quedarse en papel o en pantalla.
Ya lo había dicho en algún momento. Si Apacigua no encontraba una respuesta más firme de la ciudadanía para sostenerse, inevitablemente tendría que reducir su alcance. Y eso es exactamente lo que ha venido pasando. Reuniones de alto nivel que no se pudieron concretar. Espacios de asesoría que no se lograron abrir. Puertas que estaban entreabiertas y que, por falta de estructura, simplemente no se pudieron cruzar.
Y hay algo que quiero decir con total honestidad: a mí me cuesta profundamente salir a pedir dinero. No es algo con lo que me sienta cómodo. No es algo que me salga natural. Primero, porque el tiempo que eso implica compite directamente con el trabajo que hay que hacer para sostener el contenido. Y segundo, porque no es la forma en la que estoy acostumbrado a construir. Aun así, lo intenté. Hice un llamado claro en un video reciente, diciendo que el futuro del movimiento dependería de la respuesta que recibiera.
La respuesta llegó. Fue positiva. Fue respetuosa. Fue, incluso, alentadora en palabras. Pero fue tibia en acción. Y en estos temas, la diferencia entre una intención y una acción es la que define si algo vive o se apaga.
Por eso hoy lo digo con la serenidad que caracteriza este espacio: es muy probable que, a partir de pronto, Apacigua se convierta en lo que siempre fue en esencia, pero sin la proyección que estaba empezando a tomar. Seguirán los artículos. Seguirán los comentarios. Seguirá la reflexión. Pero difícilmente podremos mantener ese otro nivel de participación, de acompañamiento, de incidencia indirecta que se estaba construyendo.
Y sí, da lástima. Porque había —y hay— un poder cívico valioso ahí. Un espacio que no pertenece a ningún partido, que no responde a intereses ocultos, que intenta observar con calma en medio del ruido. Pero los proyectos ciudadanos también necesitan sostén. Y cuando ese sostén no alcanza, no hay épica que lo sostenga por sí sola.
Tal vez este no es un cierre. Tal vez es solo una pausa obligada. Tal vez, más adelante, las condiciones cambien. O tal vez este sea el alcance real que le corresponde tener a un espacio como este en este momento del país.
Mientras tanto, seguiremos. Con menos. Con lo que hay. Con lo que se pueda. Porque incluso en su forma más simple, en un artículo, en una idea, en una reflexión, sigue existiendo algo que no deberíamos perder: la intención de entender, de aportar y de construir, aunque sea desde un lugar más pequeño.
Y en un momento como el que vive Costa Rica, incluso eso… ya es algo.