Cuando la tristeza también tiene algo que decir

Hay días en los que uno está triste. Hoy estoy triste. Y lo digo sin drama, sin exageración, sin perder el centro. Estoy apaciguado, estoy en orden, estoy en calma, estoy en paz… pero estoy triste. Porque hay momentos en los que lo que uno observa, lo que uno siente que está pasando, no se resuelve con argumentos ni con posturas. Se siente. Y hoy, se siente así.

Durante los últimos años hemos visto algo que, visto con distancia, resulta difícil de ignorar. Ataques constantes. A la prensa, a la iglesia, a emisoras de radio, a otros poderes de la República, a instituciones, a expresidentes, a agricultores, a universidades. A casi todo lo que, en algún momento, representó una estructura, una referencia o un punto de equilibrio dentro del país. Y cada ataque encontraba eco. Aplauso. Celebración. Como si la intensidad de la crítica validara su contenido, como si el volumen reemplazara el análisis.

Y uno observa… y empieza a ver un patrón.

No se trata de un desacuerdo puntual, ni de una crítica aislada. Cuando desde un mismo punto salen tantos cuestionamientos hacia tantos lugares distintos, hay un denominador común que no se puede ignorar. Y aun así, se siguió. Los ataques no se detuvieron con las elecciones. Continuaron. Hacia los poderes, hacia diputados electos, hacia magistrados, hacia la Contralora, hacia la Defensora. Y en cada noticia, en cada publicación, aparecen comentarios que no solo respaldan, sino que celebran.

Y ahí es donde algo se mueve por dentro.

Porque no es solo lo que se dice desde arriba… es lo que se sostiene desde abajo.

Hay quienes lo ven como una lucha, como una forma de “rescatar” algo. Hay quienes sienten que todavía hay esperanza de salvar la patria. Y en medio de todo eso, me encuentro hoy con una pregunta que no es cómoda, pero es honesta: ¿y si lo que creemos que estamos defendiendo ya cambió? ¿y si lo que sentimos que estamos sosteniendo ya no es lo mismo?

No lo afirmo.

Lo pregunto.

Porque hay un punto donde uno deja de discutir hacia afuera y empieza a observar hacia adentro. Y ahí aparece esta tristeza. No como derrota, no como rendición, sino como una forma de procesar lo que se está viendo. Como un espacio donde uno reconoce que no todo se puede cambiar desde la palabra, que no todo se puede convencer, que no todo se puede corregir.

Y entonces aparece otra posibilidad.

La de apaciguar.

No como evasión, sino como elección.

No pelear todo. No responder todo. No entrar en todos los comentarios donde claramente no hay espacio para escuchar. No porque uno no tenga argumentos, sino porque entiende que no siempre hay disposición del otro lado. Y forzar eso, muchas veces, solo desgasta.

Desde las cúpulas se habla de continuidad. Del presente… y del 2030. Y hay quienes lo celebran, quienes lo repiten, quienes lo proyectan hacia adelante como algo positivo. Y sí, uno podría reaccionar, cuestionar, señalar. Pero hoy no me nace desde ahí.

Hoy me nace desde otro lugar.

Desde el silencio que queda después de ver todo esto.

Desde la pausa que se instala cuando uno entiende que no todo lo que duele se resuelve hablando más fuerte.

Y tal vez, aunque incomode decirlo, también desde aceptar que hay cosas que no dependen de uno.

Pero sí hay algo que sigue dependiendo.

Cómo te parás vos frente a todo esto.

Si te llenás de ruido… o si elegís sostener la calma.

Si te perdés en la reacción… o si te encontrás en la conciencia.

Porque incluso en medio de esta tristeza, hay algo que no se ha perdido.

La capacidad de volver a uno mismo.

Y desde ahí… simplemente estar.

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