Un día que parecía normal

Este día parecía un día normal. Desde ayer se sentía así, como esos días que uno ya tiene más o menos trazados en la mente, sin mayor sorpresa, sin mayor giro. Pero, como suele pasar, todo cambió. Y fue, al final, un día interesante. De esos que no se planean, pero que dejan algo.

Se los quiero contar.

Tenía una cita con don Ariel Robles en su despacho en la Asamblea Legislativa, algo que me ilusionaba bastante. Por lo que he visto en redes sociales, en intervenciones y en debates, me parecía una persona cercana, agradable, alguien con quien valía la pena sentarse a conversar. Y además, hay algo personal en esto: a mí siempre me gusta ir a la Asamblea. Me gusta el ambiente, me gusta lo que representa, me gusta lo que se mueve ahí adentro. Así que, de alguna forma, ese día juntaba dos cosas que disfruto.

Originalmente la cita era para el lunes. Pero por el tema de la votación en el plenario —del que hablaré en otro artículo—, don Ariel tuvo que cancelarla y la movió para hoy, con la advertencia de que existía la posibilidad de que también se tuviera que cancelar. Algo completamente entendible, considerando el contexto.

Así que, en mi mente, todo seguía siendo sencillo. Un día normal. Llegar, reunirme con él unos minutos, conversar, escribir algo y luego compartirlo con ustedes.

Pero no fue así de sencillo.

Y entonces la mañana empezó distinto. Aparecí con una sensación de vértigo, mareado, incómodo, de esos momentos en los que uno perfectamente podría decidir cancelar todo y quedarse en casa. Y la opción estaba ahí, clara, disponible. Podía cancelar la reunión con don Ariel. Pero no quería. No era un tema de obligación, era una decisión personal. Me tomé una pastilla, esperé un poco, pero el mareo continuaba. Aun así, me fui. Esta vez no manejando, sino en Uber hacia la Asamblea Legislativa, pensando que sería el mismo proceso sencillo de siempre: llegar, mostrar la cédula, confirmar el registro, entrar, que algún asesor me recogiera y subir a la oficina del diputado. Pero no fue así.

El sistema estaba fallando. Mi nombre no aparecía registrado. Pasé un buen rato abajo, tratando de resolver algo que normalmente toma minutos. Intenté localizar a don Ariel y no lo logré en ese momento. Y en medio de ese pequeño desorden, apareció algo inesperado. Por alguna razón terminé hablando con doña Dinorah Barquero. Le expliqué dónde estaba y, con una naturalidad que se agradece, autorizó mi ingreso y envió a su asesora por mí. Terminé entrando a la Asamblea, pero no hacia donde originalmente iba, sino hacia su oficina. Ahí estaba reunida con don Óscar Izquierdo. Dos diputados de Liberación Nacional. Conversamos un rato, me quedé acompañándolos mientras almorzaban, pedí un café, y en medio de esa conversación que empezó como algo circunstancial, se fue volviendo más humana, más cercana, más de esas que no estaban en agenda pero que dejan algo.

En eso logré comunicarme con don Ariel. Me dijo que llegaba en diez minutos. Le respondí que yo llegaría en quince. Seguí conversando un poco más con ellos, en un ambiente bastante ameno, de esos donde uno habla de política, de país, pero también de vida. Quedamos en reunirnos más adelante con más tiempo. Promesas que se hacen, y que ojalá se cumplan. Luego me dirigí a la oficina de don Ariel, y ahí me encontré con alguien muy distinto al que uno ve en redes sociales, en televisión o en debates. Pero eso, definitivamente, merece su propio espacio. Es otro artículo.

Al salir de la Asamblea, ya en la puerta, ocurrió algo que terminó marcando el día. Me encontré con un muchacho de 18 años, recién incorporado en el área de comunicación para los diputados del partido de gobierno. Cruzamos miradas varias veces. Yo estaba en una llamada, la corté, y me acerqué a hablar con él. Me contó lo que iba a hacer, lo que esperaba, y la conversación se fue dando con una naturalidad muy bonita. Terminamos hablando de algo más profundo: de cómo comportarse, de cómo trabajar en un espacio como la Asamblea Legislativa, de la responsabilidad que implica estar ahí, aunque sea en un rol inicial. Le dije algo que sentí en ese momento: que más allá de quién lo contrató, trabajara como costarricense. Que fuera justo con quienes confiaron en él, pero también justo con la patria. Que cuidara sus valores, que hiciera su trabajo con honestidad, con respeto, con criterio.

Hablamos unos veinte minutos ahí afuera. Intercambiamos teléfonos. Y me quedó una sensación muy clara: eso fue lo más valioso del día. Haber aportado, aunque fuera un poco, a alguien que está empezando. Haberle mostrado otra forma de ver el espacio en el que va a trabajar. Haber sembrado, tal vez, una idea distinta en medio de tantas dinámicas.

Yo seguía mareado. Pedí el Uber, me recogieron por la parte de atrás, regresé a casa y me dormí una hora y media. Cuando desperté, el mareo ya no estaba. Como si también el cuerpo hubiera decidido cerrar ese capítulo. Al salir, vi que el edificio estaba siendo rodeado por policías, preparando posibles manifestaciones por las votaciones del día. Algo que también llamó mi atención fue que la gran mayoría, por no decir todos, eran mujeres. Pregunté el por qué, y me explicaron algo que no sabía: que en este tipo de escenarios, cuando puede haber tensión, enviar mujeres suele reducir la agresividad de los manifestantes. Una decisión estratégica, pero también interesante desde lo humano.

Fue un día que no salió como estaba planeado. Nada fue como debía ser. Pero, al final, dejó más de lo que esperaba.

Y a veces, en medio del desorden, también aparece algo que vale la pena.

Respirá un momento.

Y dejá que esos días, los que no salen como pensabas, también te muestren lo que sí tenía que pasar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio