Las vueltitas del corazón

Las aventuras de Hipólito

¿Quién es Hipólito?

Hipólito es un hombre sabio, sereno y bondadoso que vive con su esposa Martina y sus dos hijos en una casa sencilla, rodeada de bosque, cerca del pueblo de San Pablo de Turrubares, en Costa Rica. Desde hace años, su vida está dedicada a escuchar, acompañar y ayudar a quienes llegan a su puerta buscando guía, consuelo o simplemente una conversación profunda.

Lo especial de Hipólito no son sus poderes —aunque los tiene— sino la forma en que los usa. Habla con los animales del bosque, comprende los silencios de las personas, y tiene una capacidad única para ver el corazón de las cosas. No juzga, no impone, no da soluciones rápidas. Hipólito escucha. Camina con los demás. Y cuando alguien lo necesita, encuentra la manera de ayudarle a descubrir su propio camino, con amor, respeto y sabiduría.

¿De dónde salió Hipólito?

Hipólito nació de la imaginación y el corazón de Vinicio Jarquín, un escritor costarricense que ha dedicado su vida a acompañar procesos de transformación personal y colectiva. Vinicio no solo escribe cuentos: también es coach de vida preparado con estudios en Programación Neurolingüística (PNL), facilitador de Psych-K, graduado de Insight IV, y un artista plástico que encuentra en el color y la forma una manera de sanar y conectar.

A través de Hipólito, Vinicio une todo lo que ama y sabe: el poder de las historias, la sabiduría de la naturaleza, la profundidad del crecimiento interior y la belleza de lo simple. Cada cuento es más que una aventura: es una invitación a mirar hacia adentro, a conversar con lo invisible y a recordar que todos, en algún momento, necesitamos volver al bosque y escuchar lo que realmente importa.

Capítulo I

La carta de colores

Juliana tenía una cajita de acuarelas que parecía mágica, aunque a veces se le olvidaba. Era una cajita sencilla, pero cuando la abría, los colores se despertaban como si tuvieran ganas de jugar. Solo que últimamente, Juliana no tenía tantas ganas de jugar con ellos. Porque había días en los que sentía unos circulitos raros en el corazón. No se veían, pero se sentían. Como si algo le diera vueltas por dentro. A veces suaves, a veces apretaditas. Y cuando eso pasaba, ni siquiera los colores querían salir bien.

Una tarde, mientras pintaba en silencio, una señora de ojos dulces —de esas que saben mirar sin preguntar mucho— se sentó a su lado. Se llamaba Amelia, y traía una bufanda que parecía tejida con pétalos.

—¿Te puedo contar un secreto? —le dijo Amelia, bajito—. Hay un hombre que vive en lo alto de una colina, donde los árboles saludan con sus ramas y los pájaros escuchan. Él ayuda a personas con corazones que dan vueltecitas. Se llama Hipólito.

Juliana no dijo nada. Solo miró a Amelia con sus ojitos grandes. La señora entendió que sí.

—Yo ya estuve ahí una vez —continuó Amelia—. Y no me quitó el dolor, porque el dolor no es malo. Pero me enseñó a sentirlo distinto, como si pudiera abrazarlo en vez de empujarlo. Y me enseñó una cosa muy especial: que cuando algo duele, se pueden hacer vueltitas en otra dirección. A veces con los dedos, a veces con los pies, y a veces… con los pinceles.

Juliana levantó la vista.

—¿Con los pinceles también?

Amelia asintió.

—Sí. Pero primero, tenés que ir a conocerlo. Y mejor si llevás tu cajita de acuarelas.

Juliana guardó silencio. Después, sin decir nada, metió su cajita en su mochilita con forma de gato, junto con una hoja blanca y su frasquito para el agua. Esa noche no durmió mucho, porque su corazón estaba despierto. No inquieto. Solo despierto.

A la mañana siguiente, cuando subieron el caminito de tierra que llevaba a la casa de Hipólito, Juliana sintió algo distinto. Como si el aire supiera que ella venía. Como si las hojitas de los árboles quisieran cantarle algo bajito. La casa era de madera, con ventanas grandes y olor a galleta.

Hipólito estaba en la terraza, tomando un té con una mujer de mirada luminosa. Se llamaba Martina, y era su esposa. Cuando vieron a Juliana, los dos sonrieron con el corazón. De esos que sonríen desde adentro.

—Hola, Juliana —dijo Hipólito, levantándose despacio—. Bienvenida. Me dijeron que vos sabés hablar con los colores.

Juliana bajó la cabeza. No sabía si era tan cierto. Pero igual, sacó su cajita.

—A veces sí —susurró.

—¿Y los colores te han hablado últimamente? —preguntó él, mientras se sentaban bajo un árbol enorme.

Juliana hizo un gesto con la cabeza, que no era sí ni no. Solo “más o menos”.

Hipólito no insistió. Solo miró hacia el bosque, como si estuviera esperando algo.

—¿Querés que vayamos allá? —dijo al fin, señalando el sendero.

Juliana asintió. Y juntos comenzaron a caminar, mientras las hojas crujían suavecito bajo sus pies, como si supieran que ese paseo no era cualquier paseo. Como si el bosque también entendiera que en ese corazón chiquito había un amor muy grande… y unas vueltitas que pronto empezarían a girar en otra dirección.

Capítulo II

El mago del pelo blanco

Mientras caminaban por el bosque, Hipólito y Juliana no hablaban mucho. No hacía falta. A veces, el silencio también es un idioma. Solo se escuchaban los pasos suaves sobre la tierra húmeda, el crujir de las hojitas secas y el susurro bajito del viento entre las ramas. Todo parecía estar prestando atención. Como si el bosque mismo supiera que ese paseo tenía algo especial.

Hipólito miró hacia el cielo, donde una mariposa revoloteaba como si también quisiera seguirlos.

—Juliana —dijo con voz tranquila—, ¿y quién te enseñó sobre la magia de la acuarela y esas vueltitas que da el corazón?

Juliana se detuvo un momento. Luego, sin mirar directamente a Hipólito, respondió con un hilito de voz suave:

—Fue Vinny.

—¿Vinny? —preguntó Hipólito, con una sonrisa.

Juliana asintió.

—Sí… Un día fui a su casa. Ahí hay muchas cosas bonitas: cuadros por todas partes, estantes llenos de materiales, pinceles, papelitos, lápices… y un montón de sillas. Pero lo más bonito es él. Porque, aunque tiene muchas cosas que hacer, cuando yo llego, Vinny deja de hacer todo… y se sienta a pintar conmigo.

Hipólito se agachó un poco para quedar a su altura.

—¿Y qué pinta Vinny?

—Magia —dijo Juliana, sin pensarlo dos veces—. Él hace magia con acuarela, pero también con lápices de color, crayolas, marcadores, tizas y hasta con servilletas. Tiene el pelo todo blanco, como si fuera de nube o de azúcar. Por eso yo digo que es un mago. Un mago de verdad.

Hipólito sonrió, como si ya hubiera escuchado hablar de ese tipo de magos.

—¿Y qué más hace ese mago?

—Hace preguntas suaves. De esas que no duelen. Y también escucha. Me dijo que, si los circulitos en el corazón se ponían feos, podía hacerlos girar para el otro lado, como si fueran remolinitos que se desarman. Me lo dibujó, y me lo llevé. Es como un hechizo, pero con dibujos.

Hipólito asintió despacio, mientras una ardilla saltaba de una rama a otra, mirándolos curiosa.

—Vinny suena como alguien que conoce el lenguaje de las cosas que no se ven.

Juliana se encogió de hombros, pero sus ojos brillaban un poquito más.

—Y también me deja usar lo que yo quiera. A veces la acuarela, a veces las tizas. Él no me dice cómo tiene que quedar. Solo me pregunta cómo me siento cuando pinto. Y si no quiero hablar, no me dice nada. Solo pinta conmigo, como si supiera lo que estoy pensando.

Hipólito hizo una pausa. Luego le dijo, en voz casi de secreto:

—¿Sabés qué creo, Juliana? Que vos también sos un poco maga. Porque no todos pueden reconocer a los magos de verdad. Solo los que llevan magia en el corazón pueden ver esa luz en otros.

Juliana se sonrojó un poco. No sabía si era verdad, pero le gustó escucharlo.

—Tal vez —dijo, bajito—. O tal vez es que a veces necesito que me abracen sin brazos.

Hipólito entendió. No con palabras. Con el alma. Y entonces, como si el bosque lo supiera también, un pajarito cantó desde lo alto.

—Vamos —dijo Hipólito—. Aún hay más magia esperándote. Tal vez hoy, alguien más te quiera enseñar algo… sin decir ni una palabra.

Y siguieron caminando. Uno grande, uno chiquito. Dos corazones que sabían que, aunque no todo se puede arreglar, muchas cosas se pueden abrazar.

Capítulo III

La mariposa que susurra

A medida que avanzaban, el aire del bosque se sentía más fresco. El sol caía filtrado entre las hojas como si fueran vidrieras naturales que pintaban el suelo de verdes, dorados y anaranjados. Juliana caminaba en silencio, pensando en lo que Hipólito había dicho: que quizás ella también era un poco maga. Eso le hizo cosquillas en el pecho, de las buenas.

Fue entonces cuando la vio.

Una mariposa azul. No cualquier azul. Era el azul de sus pinturas favoritas. Ese azul que ella siempre elegía primero cuando empezaba a pintar: un azul que no era del cielo, ni del mar, ni de ninguna crayola. Un azul que parecía tener secretos.

—Mirá —dijo Juliana, señalando la mariposa que volaba lento, muy cerca.

Hipólito la observó con calma.

—Ella te estaba esperando —dijo.

La mariposa revoloteó una vez, y luego se posó en una rama bajita, justo a la altura de Juliana. Parecía no tener apuro.

Juliana se agachó, sin hacer ruido. Se quedó mirándola.

Y entonces, algo raro pasó.

No fue que la mariposa hablara con palabras, pero Juliana sintió como si algo suave, muy suave, le acariciara por dentro. Una sensación que se parecía a un susurro. Como cuando alguien te habla al oído desde adentro del corazón.

—¿Vos también estás triste? —pensó Juliana, sin decirlo en voz alta.

Y en ese mismo instante, la mariposa movió sus alas despacito. Como si dijera que sí.

Juliana no sabía cómo lo sabía. Solo… lo sabía.

—¿Y qué hacés cuando estás triste? —pensó de nuevo.

La mariposa volvió a mover las alas. Esta vez, se elevó un poco, volando en círculos, primero hacia un lado… y luego hacia el otro. Igualito a como Vinny le había dicho que hiciera con los circulitos del corazón. Giró una vez, dos veces, tres. Luego volvió a posarse, como si dijera: “Así se hace”.

Juliana sonrió. Se le hizo un nudo en la garganta, pero no de los tristes. Era uno de esos nudos que se hacen cuando algo se entiende sin explicarse.

—¿Querés decirme que a veces uno solo necesita moverse un poco diferente? —susurró.

La mariposa abrió las alas completamente. Y Juliana vio que no era solo azul. Tenía bordes dorados, como si la tristeza también pudiera tener luz.

—Gracias —dijo ella.

Entonces la mariposa se elevó una vez más, y esta vez siguió su camino hacia lo alto, dejando un remolino invisible de ternura en el aire.

Hipólito no había dicho nada. Pero cuando Juliana volvió a mirarlo, él solo dijo:

—No todos saben escuchar a las mariposas. Pero las mariposas sí saben quién necesita un mensaje.

Juliana se limpió la nariz con la manga de su suéter.

—Me dijo muchas cosas —respondió.

—Lo sé —dijo Hipólito—. Y no hace falta repetirlas. Lo importante es que vos las entendiste.

Y entonces siguieron caminando. Sin apuro. Porque en el bosque, los tiempos del corazón siempre encuentran su ritmo.

Capítulo IV

El zorro que sabía esperar

El camino se estrechó entre árboles altos que formaban un pasillo natural. El suelo estaba cubierto de hojas secas que crujían bajo los pasos de Hipólito y Juliana, como si cada paso fuera una palabra que decía “seguí”, “seguí”, “seguí”.

De pronto, Hipólito se detuvo.

—¿Oíste eso? —preguntó, con los ojos entornados.

Juliana agudizó el oído. Un suave “crac” se oyó entre los arbustos. Pero no era un ruido de susto, ni de peligro. Era más bien un paso cuidadoso, casi tímido.

De entre las ramas salió un zorro pequeño, de pelaje rojizo y ojos que no parecían de animal, sino de alguien que ya había vivido muchas cosas. Caminaba con calma, como quien conoce el bosque desde antes de que existiera el camino.

El zorro se detuvo frente a Juliana. No habló. No hizo gestos grandes. Solo la miró. Con una mirada que decía: “Te entiendo”.

—¿Por qué me mira así? —preguntó Juliana en voz baja, como si no quisiera romper algo delicado.

Hipólito se agachó junto a ella.

—Este zorro ha aprendido algo que a veces los humanos olvidamos. Él sabe esperar. Sabe estar presente sin presionar. Sabe que hay dolores que no se pueden correr. Solo se pueden acompañar.

El zorro se sentó. Ni siquiera pestañeó.

—Cuando vos te sentís triste —continuó Hipólito—, a veces no necesitás que alguien te diga cosas, ni que te distraigan. A veces solo necesitás que alguien esté. Así, sin hacer nada. Solo estar.

Juliana miró al zorro. Él no se movía. Solo respiraba suave, como si le prestara su silencio.

Entonces ella también se sentó. Frente a él.

Por unos minutos, no hubo palabras. Solo los dos, sentados. El bosque entero parecía guardar silencio también, como si respetara ese momento.

Y luego, como si supiera que ya estaba hecho, el zorro se puso de pie. Dio media vuelta y se internó de nuevo entre los árboles.

—¿Ya se va? —preguntó Juliana.

—Sí —dijo Hipólito—. Él sabe cuándo quedarse… y cuándo irse.

Juliana asintió.

—Fue como… como si me acompañara por dentro —dijo.

—Lo hizo —dijo Hipólito—. Y vos también podés hacer eso con otros, aunque no digás nada. A veces, el silencio de alguien que está, vale más que mil palabras.

Juliana se secó una lágrima que no sabía si era de tristeza o de alivio. Tal vez de las dos.

Y siguieron caminando.

Porque en el bosque, las lecciones llegan caminando despacio, con pelaje rojo y pasos suaves.

Capítulo V

La tortuga que guardaba secretos

Después de cruzar un arroyo donde el agua cantaba con voz cristalina, Juliana y Hipólito llegaron a una zona del bosque donde todo era más lento. El viento apenas se movía, las hojas caían despacio, y hasta el tiempo parecía caminar con pasos largos y suaves.

En medio de un claro, sobre una piedra tibia por el sol, dormía una tortuga.

Juliana se acercó despacio. La tortuga abrió un ojo, luego el otro, y la miró sin sorpresa, como si ya supiera que ella iba a llegar.

—Hola —dijo Juliana.

La tortuga la miró. No habló. Pero muy despacio, se movió para hacerle espacio en la piedra.

Juliana se sentó. Hipólito se quedó un poco atrás, como si ese momento fuera solo de ellas dos.

—Parece que no tiene apuro —susurró Juliana.

—Es que ella sabe —respondió Hipólito desde atrás— que lo más importante no se corre. Se cuida.

La tortuga estiró su cuello y miró a Juliana como si pudiera ver algo más allá de sus ojos. Como si supiera que dentro de ella había un río de pensamientos que no siempre se decía en voz alta.

—¿Sabés por qué la tortuga lleva su casita encima? —preguntó Hipólito.

Juliana negó con la cabeza.

—Porque hay cosas que una guarda, no para esconderlas, sino para darles su tiempo. No todo lo que sentimos necesita ser contado enseguida. A veces, guardar también es cuidar.

Juliana bajó la mirada.

—Yo no le conté a mi papá… lo de los circulitos en el corazón —dijo en voz bajita—. Tampoco le conté lo que dibujo cuando estoy sola.

La tortuga se acomodó con paciencia, sin juicio.

—Está bien —dijo Hipólito—. Eso que hacés también es sabio. Como la tortuga. Guardás lo que sentís. Lo protegés. Y cuando estés lista, lo vas a poder mostrar.

Juliana tocó la cáscara de la tortuga con cuidado.

—Es dura —dijo.

—Sí —dijo Hipólito—. Pero adentro es suave. Como vos.

La tortuga cerró los ojos, satisfecha. Como si dijera: “Entendiste”.

Juliana la miró un rato más. Después se puso de pie.

—Gracias —susurró.

Y la tortuga, sin moverse, pareció sonreír con los ojos.

Mientras se alejaban, Juliana dijo:

—Creo que yo también tengo una casita por dentro.

—Y está bien tenerla —dijo Hipólito—. El corazón necesita rincones tranquilos donde lo que sentimos pueda crecer sin apuro.

Y siguieron caminando.

Porque en el bosque, incluso lo que no se dice, también habla.

Capítulo VI

El colibrí que detenía el tiempo

A medida que se adentraban más en el bosque, los árboles se hacían altos como torres y las flores crecían en todas las formas y colores. El aire tenía un olor dulce, como a miel y hojas recién abiertas. Juliana se detenía a oler cada flor, a mirar los pétalos, a tocar con la punta de los dedos los colores que parecían salidos de una caja mágica de pintura.

—¿Cómo puede existir tanto color junto? —preguntó sin esperar respuesta.

En ese instante, un zumbido leve, casi imperceptible, apareció frente a ella. Era un colibrí diminuto, con el pecho brillante como una joya y las alas moviéndose tan rápido que casi no se veían.

Juliana contuvo el aliento.

—¿Viste cómo se queda en el aire sin caerse? —dijo en un susurro.

El colibrí la miraba de frente, flotando quieto, como si el tiempo se hubiera detenido solo para él.

Hipólito se acercó por detrás.

—Este es Yumé. En lengua antigua, su nombre significa “el que detiene el instante”.

—¿Cómo es eso? —preguntó Juliana sin dejar de mirar al ave.

—Yumé tiene un secreto —dijo Hipólito mientras se agachaba a su lado—: sabe que todo pasa muy rápido, menos lo que uno respira con el alma. Por eso, aunque sus alas se muevan tan rápido, él no corre… él se queda.

Juliana observó cómo el colibrí se acercaba más. Sus ojos parecían de cristal, y sin hablar, le dijeron todo lo que ella necesitaba oír.

—Yo a veces me acuerdo de mi hermanito —dijo de pronto, sin mirar a Hipólito—. Pero me enojo cuando después me olvido de cómo era su voz.

El colibrí bajó un poco más, hasta quedar frente a su nariz. Entonces, como si entendiera todo, se detuvo en el aire… y simplemente flotó.

—Él no está lejos —dijo Hipólito—. Está en vos, en tus recuerdos, en los dibujos que hacés, aunque digás que no querés dibujar. Cuando lo traés a tu mente con amor, aunque sea un ratito, lo traés al ahora. Y cuando respirás profundo, como lo estás haciendo ahora, el tiempo se detiene. Y ahí, justo ahí… él te escucha.

Juliana cerró los ojos. Respiró hondo. Y en el silencio que quedó, no sintió tristeza. Sintió compañía.

—¿Creés que me oyó? —preguntó.

—Sí —dijo Hipólito—. Porque lo que se dice con el corazón, siempre encuentra su camino.

Yumé giró sobre sí mismo, hizo un pequeño círculo en el aire y se fue, como si dibujara con su vuelo una letra invisible que solo Juliana podía leer.

—No lo voy a olvidar —dijo ella.

—Y si alguna vez sentís que te olvidás —dijo Hipólito—, hacé lo que hizo Yumé. Cerrá los ojos, respirá… y quedate en el aire, con lo que hay, con lo que sos, con lo que fue.

Juliana no respondió. Pero una lágrima suave le resbaló por la mejilla. No era de tristeza. Era de ternura.

Y así siguieron caminando.

Porque el tiempo, cuando se respira con amor, no se pierde. Se guarda en el alma.

Capítulo VII

El venado de los recuerdos compartidos

El camino se volvió más estrecho y el sol bajaba a través de las ramas como si tejiera hilos dorados sobre la tierra. Juliana caminaba sin prisa, pensando en lo que le había dicho Yumé. Llevaba una piedrita en la mano, pequeña y lisa, que había recogido del suelo. No sabía por qué, pero le gustaba apretarla cuando pensaba en su hermanito.

—A veces lo recuerdo riéndose —dijo de pronto, como si hablara con las hojas—. Y se siente lindo… pero después me da miedo que, si lo cuento, alguien se ponga triste. Entonces mejor me callo.

Hipólito no respondió. Solo se detuvo y levantó un brazo señalando hacia el claro que se abría entre los árboles.

Allí, como si los esperara, estaba un venado.

Era alto, de ojos dulces y brillantes, con astas que parecían ramas nacidas del cielo mismo. Tenía una calma tan grande que parecía que llevaba siglos escuchando secretos sin decir ni una sola palabra.

—Este es Lari —dijo Hipólito—. Es el guardián de los recuerdos buenos.

Juliana se acercó con cuidado. El venado bajó la cabeza y la miró de frente, como si ya supiera lo que ella traía en el corazón.

—Yo me acuerdo que a mi hermanito le gustaba esconderse debajo de la mesa cuando jugábamos a las escondidas —dijo Juliana en voz bajita—. Y un día se comió una crayola pensando que era un dulce. Fue muy chistoso.

El venado se acercó un poco más. Luego, con su hocico tibio, rozó la mano en la que Juliana guardaba la piedrita.

—¿Sabés lo que pasa con los recuerdos bonitos? —dijo Lari, con una voz suave, como si soplara desde el viento—. Si uno no los cuenta, si se los guarda y los encierra, se van quedando dormidos… y un día ya no se despiertan. Pero si los compartís, si los decís en voz alta, entonces viven más tiempo. Porque no solo viven en vos, sino también en quienes te escuchan.

Juliana lo miró en silencio.

—Pero… ¿y si se ponen tristes? —preguntó.

Lari se sentó sobre sus patas, como un gran sabio que no tiene prisa.

—Es cierto, a veces los recuerdos duelen un poco. Pero también sanan. Cuando compartís uno, no le estás dando tristeza a otro. Le estás regalando la ternura de lo vivido. Estás diciendo: “Esto existió. Esto fue real. Esto fue lindo”. Y los demás, aunque lloren un poco, también sienten el amor que hubo.

—Pero yo no quiero que se pongan tristes —insistió Juliana.

—Y eso habla de tu corazón grande —respondió Lari—. Pero cuando guardás todo solo para vos, te hacés chiquita por dentro. En cambio, cuando hablás, te volvés más fuerte. Porque compartís la carga, y también la risa. Y entonces, los recuerdos no se van… se multiplican.

Juliana pensó un momento.

—Ayer soñé que él me decía “no te olvidés de cuando brincamos en el charco”. Pero no le conté a nadie.

—Podés contarlo ahora —dijo Lari—. Y verás que no duele tanto cuando lo decís con amor.

Juliana cerró los ojos.

—Brincábamos hasta mojarnos todos los zapatos. Y él decía que las piedras eran barquitos. Me hacía reír mucho.

Hipólito sonrió, y el venado también. Una mariposa blanca voló entre ellos como si celebrara en silencio.

—¿Sabés qué pasa ahora? —dijo Lari—. Ese recuerdo ya no es solo tuyo. Es de todos los que lo escuchen. Y así… nunca se va a ir.

Juliana apretó la piedrita por última vez. Luego, sin decir nada, la dejó caer junto a una flor.

Y siguió caminando.

Esta vez, el corazón le pesaba menos. Y su risa, sin darse cuenta, sonó más alta que antes.

Capítulo VIII

El vínculo

El viento soplaba suave entre los árboles altos, y las hojas danzaban como si supieran una canción secreta. Juliana caminaba en silencio, con Hipólito a su lado. No hacía falta hablar; a veces el silencio también es compañía.

De pronto, un ciervo joven de pelaje dorado se acercó desde la espesura. Tenía unos ojos grandes, tranquilos, como si pudiera ver más allá de lo que se ve.

—Hola, Juliana —dijo el ciervo, inclinando la cabeza—. Escuché que venís buscando respuestas… y algo más. Tal vez te pueda contar algo que a mí me ayudó.

Juliana lo miró con atención. No tenía miedo, solo una curiosidad que le temblaba bajito en el pecho.

—Cuando era más pequeño —dijo el ciervo—, perdí a mi hermana. Éramos inseparables. Jugábamos al borde del río, nos contábamos secretos al oído, y dormíamos enroscados cuando el bosque se ponía frío. Un día, ella ya no estuvo. Y yo sentí como si me arrancaran una parte del corazón.

Juliana lo miró en silencio. No hizo preguntas. Solo escuchó con el alma abierta.

—Durante mucho tiempo pensé que, si dejaba de hablar de ella, si la guardaba solo para mí, el dolor se haría más pequeño. Pero no fue así. Lo que descubrí fue que cuando hablaba de ella con los demás, su risa volvía. Que cuando recordaba cómo me miraba, podía sentir de nuevo ese calorcito en el pecho. Y que, al contarle a otros lo especial que fue, también la mantenía viva en el mundo, no solo en mí.

El ciervo caminó un poco más cerca.

—No siempre es fácil hablar, Juliana. A veces parece que las palabras no salen o que, si salen, van a doler. Pero cuando uno habla desde el amor, las palabras no hacen daño. Las palabras limpian. A veces llorar no significa tristeza… a veces significa que el corazón se está limpiando para volver a brillar.

Juliana bajó la mirada. Una lágrima se deslizaba por su mejilla, pero su rostro no era de tristeza. Era como si una flor muy adentro hubiera empezado a abrirse.

Hipólito, que había permanecido en silencio, se agachó a su lado.

—Juliana —dijo con voz de algodón—, los que ya no están, en realidad nunca se van del todo. Cuando los recordás con ternura, cuando los dibujás, cuando contás una historia sobre ellos o simplemente cerrás los ojos y los sentís cerquita… estás construyendo un puente invisible. Un hilo dorado que une tu corazón con el de ellos. Ese hilo no se rompe. Aunque pasen los años. Aunque te vayas muy lejos.

Juliana levantó la vista y lo miró.

—¿Y si se me olvida?

Hipólito sonrió.

—Para eso están los dibujos, las palabras, los susurros, las estrellas. Cada vez que recordás algo lindo, cada vez que compartís algo que viviste con él, el hilo se hace más fuerte. El vínculo no se guarda en la memoria. Se guarda en el alma.

Juliana asintió. Tal vez no lo entendía del todo con la cabeza, pero su corazón sí lo entendía. Sentía que algo se acomodaba adentro. Como si una pieza que estaba suelta por fin hubiera encontrado su lugar.

Y mientras seguían caminando por el bosque, Juliana pensó que tal vez sí estaba lista para empezar a contar algunas historias. No para estar triste. Sino para que no se perdiera la risa de quien tanto había amado.

Capítulo IX

Un secreto compartido

El sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas, y los árboles se estiraban en sombras largas sobre el camino. Juliana y Hipólito venían caminando despacito, escuchando cómo las ramas crujían bajo sus pasos y cómo los pájaros del bosque cantaban su canción de buenas noches.

El aire se sentía distinto. Más fresco. Más suave. Como si también el bosque quisiera abrazarlos antes de dormir.

Juliana caminaba con las manos en los bolsillos, pensando en todo lo que había escuchado ese día. En el ciervo, en las palabras de Hipólito, en ese hilo invisible que unía corazones, aunque ya no se pudieran ver.

—Polito… —dijo de pronto, como quien despierta de un sueño—. ¿Y si me equivoco al hablar? ¿Y si hago llorar a alguien?

Hipólito la miró con ternura. Sus ojos eran como dos fueguitos buenos, de esos que no queman, sino que calientan desde adentro.

—A veces —dijo él, con voz suave— pensamos que guardar un secreto protege a los demás. Pero hay secretos que no se hicieron para guardarse, sino para ser compartidos con amor. ¿Te acordás de lo que dijiste la primera vez que nos vimos? Que cuando el corazón duele, da vueltitas…

Juliana asintió.

—Bueno —continuó Hipólito—, hay vueltitas que también se dan con palabras. Y esas palabras alivian. No solo a vos, también a quienes te escuchan.

La cabaña ya se veía a lo lejos, con su luz cálida encendida. Pero Hipólito se detuvo un momento antes de llegar.

—¿Sabés una cosa, Juliana? —dijo, agachándose para estar a su altura—. La próxima vez que vayás a pintar con Vinny… podrías contarle que tenés un hermanito. No tenés que decir mucho. Solo contarle. Porque tal vez Vinny cree que él es el único que está triste porque se le murió su perrito. Tal vez en el fondo siente que nadie más entiende ese dolor.

Juliana lo miró sin decir nada. Como si las palabras se fueran acomodando despacito por dentro.

—Pero si vos le contás —siguió Polito—, tal vez él sienta que no está solo. Tal vez piense: “Ah… Juliana también tiene un corazón que da vueltitas”. Y entonces, sin que nadie lo diga, se van a acompañar.

La niña bajó la mirada. No era miedo lo que sentía, ni tristeza. Era como si por dentro, el corazón hiciera una vueltita nueva. Más lenta. Más suave. Una vueltita de confianza.

—No tenés que hacerlo hoy —dijo Hipólito, poniéndole una mano en el hombro—. Ni mañana. Solo cuando sintás que ya no es tan pesado. Y cuando sintás que contar algo también es una forma de cuidar.

Juliana sonrió apenas. Como quien entiende un secreto sin necesidad de decirlo en voz alta.

Y juntos caminaron el último tramo hasta la cabaña, mientras las estrellas empezaban a colarse entre las ramas del cielo.

Epílogo

Las vueltitas del corazón

Esa noche, Juliana durmió profundo.

Tal vez soñó con el bosque, con los animales que hablaban, con Hipólito y su voz que parecía de almohada tibia. O tal vez no soñó nada, pero su corazón, ese corazón tan valiente, siguió dando vueltitas por dentro. Algunas para el dolor. Otras para la memoria.

Desde aquel día, algo nuevo empezó a crecer en ella. No era que el dolor desapareciera, no. Pero ya no dolía igual. Porque ahora sabía que compartir también era sanar, que los recuerdos no se van cuando se nombran, sino que se hacen más fuertes. Más bonitos.

Vinny la seguía esperando en las clases de pintura, con su pelo blanco y su sonrisa de mago bueno. Y Juliana, cuando se sentía lista, dibujaba. A veces con crayolas, otras con lápices, otras con acuarela… y alguna que otra vez, con el corazón.

Y aunque nunca volvió a hablar del hermanito en voz alta, algo en sus dibujos empezó a contarlo todo: el amor, la tristeza, la fuerza, las estrellitas, las risas, el viento suave, los abrazos invisibles.

Porque hay cosas que no se dicen con palabras, pero que igual se entienden.

Porque hay magias que solo se aprenden cuando uno se sienta tranquilo, cierra los ojos… y escucha lo que le dice el corazón.

Y vos, que estás leyendo este librito, tal vez también tenés recuerdos que te hacen dar vueltitas por dentro. Está bien. Cada vueltita es una parte tuya. Y si un día querés contarlas, dibujarlas o abrazarlas, que sepás que Hipólito va a estar contento de saberlo. Porque los corazones que se cuidan entre sí, siempre encuentran el camino de regreso a la luz.

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