Un tema de dignidad

Estaba conversando con una gerente de recursos humanos de una importante empresa regional. Su trabajo abarca varios países de Centroamérica, y la conversación naturalmente derivó en comparaciones entre culturas laborales. En un momento, le pregunté si a ella le parecía cierto eso que se comenta tanto: que en Panamá el servicio al cliente es deficiente.
—Sí —me dijo sin dudar—. Pero también en Costa Rica.
Esa respuesta, que parecía general, se transformó pronto en algo más específico. Su verdadera molestia no era tanto con el servicio, sino con lo que para ella representa una actitud: la dificultad de trabajar con empleados costarricenses.
—A las cinco en punto, se levantan y se van —me dijo, medio frustrada—. Y cuando uno les pregunta por qué se van, simplemente contestan: “porque ya son las cinco”.
—¿Y eso es un problema? —le pregunté.
—En Guatemala no pasa. A las nueve de la noche la gente todavía está en la oficina. Allá la gente cuida su trabajo. Aquí no.
Y entonces lanzó su explicación: en Costa Rica, el desempleo es más bajo. La gente no siente que deba proteger su empleo. En cambio, en Guatemala, donde la competencia por un puesto es feroz, la gente “se esfuerza más”.
Lo dijo con naturalidad, como si fuera una verdad absoluta. Pero a mí me pareció que esa era solo una parte del rompecabezas.
¿Esfuerzo o sumisión?
Le propuse otro ángulo. Tal vez también tenía que ver con lo que arrastramos como sociedades. En algunos países, hay un alto porcentaje de población indígena que ha sido históricamente relegada, oprimida, y educada en la obediencia. Personas que responden con un “sí, seño”, “no, seño”, “mal de usted, seño”, sin levantar la mirada.
Eso no lo ves en Costa Rica. Aquí, aunque también hay pobreza, también hay desigualdad, también hay discriminación, no existe ese arraigo de sumisión ancestral hacia el patrón, el jefe, el gerente. El costarricense, podrá no ser “tan blanco”, pero no reconoce a nadie “más blanco” que él como superior.
Hay una conciencia de dignidad que molesta. Porque es más fácil manejar a quien teme perderlo todo, que a quien sabe que su tiempo también vale.
A las cinco, se termina la jornada
En Costa Rica, decir “ya son las cinco” no es flojera. Es cultura. Es vida. Es una forma de proteger lo que también importa: el hogar, los hijos, el descanso, el tiempo libre. Es la certeza de que el trabajo no define por completo a la persona. Es un límite sano.
Y esto no quiere decir que seamos mejores. Pero sí diferentes. No confundamos compromiso con esclavitud. Ni disponibilidad con sumisión.
El mesero que no se deja
Se lo dije directamente: usted puede tratar mal a un mesero en cualquier parte de Centroamérica, excepto en Costa Rica. Aquí no se lo van a permitir. El mesero lo va a mirar a los ojos. Tal vez no le conteste. Tal vez sí. Pero no le va a pedir disculpas por existir. No va a bajar la cabeza por un mal día suyo.
Y eso, aunque incómodo para algunos, es un acto de dignidad. De ciudadanía. De humanidad.
¿Qué estamos premiando?
Si el premio se lo lleva quien se queda hasta las nueve de la noche, entonces estamos reconociendo al miedo. Al sometimiento. A la falta de alternativas.
Pero si aprendemos a valorar al que se va a su casa a tiempo, tal vez estemos celebrando algo más saludable: el derecho a vivir fuera del trabajo, a tener identidad más allá del puesto, a no ser esclavos modernos con salario quincenal.
El verdadero valor
No confundamos servicio con servidumbre.
Ni compromiso con docilidad.
Ni buena atención con obediencia ciega.
Y, sobre todo, no usemos la cultura del miedo como ejemplo de excelencia.
Porque cuando una sociedad permite que alguien diga con tranquilidad “ya son las cinco”, también está diciendo: “mi vida no se detiene aquí, mi valor no depende de este escritorio, y mi dignidad no tiene precio”.
Y eso, en tiempos como estos, es revolucionario.