
Hay una escena que se repite más de lo que parece, y quizás tú mismo la has vivido más de una vez. Haces algo, lo compartes, abres una puerta… y casi de inmediato aparece la pregunta que no siempre busca entender, sino medir, cuestionar, reducir. “¿Y para lograr qué?”, “¿en qué ayuda eso?”, “¿salvar de qué?”. Y entonces te encuentras en ese punto incómodo donde podrías responder rápido, defenderte, justificarte… o podrías detenerte un segundo y mirar qué hay detrás de todo eso. Porque no es solo una pregunta. Es una forma de ver el mundo, una forma de relacionarse con lo que otros hacen, una forma de ubicarse sin necesariamente moverse.
Hace unos días dije: “He iniciado conversaciones individuales con 27 diputados”. Y sí, lo hice. No como una jugada política visible, no como un espectáculo, no como algo que necesite aplauso inmediato. Lo hice porque creo en el diálogo, incluso cuando no es popular, incluso cuando no es entendido, incluso cuando no garantiza resultados visibles en el corto plazo. Cuando me preguntaron “¿para lograr qué?”, respondí con honestidad: en miras de salvar la patria. Y entonces vino la siguiente capa: “¿salvar de qué?”. Y ahí ya no estás respondiendo solo una inquietud. Estás entrando en un terreno donde lo que dices se va a filtrar por la forma en que el otro ve el mundo, no por lo que tú realmente estás intentando hacer.
Mi respuesta fue clara: salvar, en mi opinión, de lo que tiene tomado este país, de lo que considero nefasto para la patria. Salvar de la pérdida de derechos, de los daños a la democracia, de los golpes a la institucionalidad. Y sí, es mi opinión. No es una verdad absoluta. No es una imposición. Es una postura. Y aquí es donde la conversación suele romperse, porque hay una expectativa silenciosa de que, si alguien no coincide contigo, entonces está equivocado… o peor, entonces no debería hacer nada. Pero la democracia no funciona así. La democracia se sostiene precisamente en esa tensión incómoda donde tú puedes pensar distinto, actuar distinto, creer distinto… y aun así seguir construyendo.
Por eso mi respuesta fue también una invitación: si tú crees que estoy equivocado, si tu opinión es distinta, adelante. Haz tu mejor esfuerzo. Trabaja por lo que consideres correcto. Defiende tus valores, tus principios, tu forma de ver el país. Eso también es democracia. Lo que deja de ser útil, lo que deja de construir, es cuando decides no hacer nada… pero sí opinar sobre todo. Cuando te conviertes en un espectador permanente que evalúa el movimiento de otros sin mover un dedo propio. Cuando crees que señalar, criticar o menospreciar el esfuerzo ajeno equivale a estar participando. No. Eso no es participación. Eso es comodidad disfrazada de criterio.
Y aquí es donde la conversación se vuelve un poco más incómoda, pero necesaria. Porque es muy fácil cuestionar a quien se mueve. Es muy fácil pedir explicaciones a quien está haciendo algo. Es muy fácil desarmar con preguntas a quien decidió actuar. Lo difícil es levantarte tú, elegir una postura, sostenerla, trabajar por ella, equivocarte si hace falta y volver a intentar. Y hacerlo sin la garantía de que vas a tener razón o de que vas a ganar. Así que si sientes que hay algo que defender, defiéndelo. Si crees que hay algo que cambiar, muévete. Si tienes una visión distinta, constrúyela. Pero si lo único que vas a hacer es cuestionar desde la distancia, sin intención real de aportar, entonces no confundas eso con acción, porque no lo es.
Y te digo algo más, no desde la necesidad de validarme, sino desde la realidad que sostengo todos los días. Yo no estoy sentado frente a un monitor. Bueno, sí, muchas veces estoy frente a tres, pero no es desde ahí desde donde hago lo que hago. He dormido pocas horas al día desde que decidí que mi vida tendría valor si acompaño a otros y si hago lo que creo correcto. He sabido lo que es caminar bajo el sol para llegar a donde tengo que estar, tener decenas de reuniones en un mismo día, escribir miles de artículos, ver las cuentas pasar sin poder pagarlas porque en este trabajo nadie me paga. He conversado con escuelas, con institutos, con personas en todos los niveles, he tocado puertas, he buscado espacios, he armado una emisora de radio con más de cien canciones creadas por mí, cientos de vídeos explicando y aclarando el panorama para diferentes temas, cientos de mensajes diarias y un número y indeterminado de llamadas telefónicas, y todo eso no por reconocimiento, sino porque creo en lo que estoy haciendo. Porque si no creyera en esto con la fuerza con la que creo, no tendría de donde sacar las fuerzas para lograrlo.
He tenido momentos donde la agenda no da, donde el cuerpo se cansa dejándome al menos dos episodios importantes de salud, donde la mente pide pausa… y aun así sigo, porque esto no es una ocurrencia, es una decisión. He sabido lo que es coordinar reuniones con excandidatos democráticos, llamar a una presidenta electa para ponerme a sus órdenes en tiempos complejos, ofrecer la idea de Apacigua fuera del país, sostener conversaciones difíciles durante horas, construir sin garantías, avanzar sin certezas. Y en medio de todo eso, también he visto cómo esto crece, cómo conecta, cómo en su momento llegó a tocar a casi un millón de personas. Eso no pasa por casualidad.
Entonces, cuando alguien desde la distancia decide opinar a ratos, tal vez entre una pausa y otra de su día, creyendo que con eso está participando, es válido que lo haga. Pero no es lo mismo. No es el mismo nivel de compromiso, no es el mismo nivel de exposición, no es el mismo nivel de entrega. Y aunque suene incómodo, aunque pueda parecer arrogante, hay algo que también tiene que decirse: hacen falta muchas horas de trabajo real, de esfuerzo sostenido, de decisiones incómodas, para venir a intentar reducir o menospreciar el camino de alguien que sí está haciendo.
Y aun así, incluso en medio de esa diferencia, hay algo que intento no perder. La calma para no responder desde la rabia, la claridad para no desviarme del camino que elegí, y la humildad para recordar que esto no se trata de tener la razón, sino de sostener una forma de estar. Porque al final, más allá del ruido, más allá de las opiniones, más allá de quién apruebe o critique, hay algo que sigue siendo lo más importante: desde dónde eliges actuar. Y cuando logras volver a ese lugar, aunque todo alrededor se mueva, algo se acomoda. Adentro. Obedeciendo a un llamado que supe atender con humildad, esfuerzo y responsabilidad.