Apacigüémonos

Tenemos ya bastante tiempo de estar llorando sobre la leche derramada, esperando que las cosas vuelvan a la normalidad que conocíamos, o al menos a esa Costa Rica que durante años nos hizo sentir orgullosos.

Y aunque me duele decirlo, yo creo que eso no va a pasar.

No exactamente como antes.

La Costa Rica que muchos conocimos cambió profundamente. No desapareció por completo, porque este país todavía tiene instituciones fuertes, personas buenas, funcionarios honestos y una estructura democrática que, aunque golpeada, sigue en pie. Pero sería ingenuo pensar que nada ha pasado o que todo podrá volver simplemente a acomodarse como si estos años no hubieran dejado heridas profundas.

El modelo democrático sigue firme, pero tensionado. La Constitución sigue vigente, pero constantemente desafiada desde el discurso político y desde el desgaste emocional de una población cada vez más desconfiada. Los poderes de la República y las instituciones han resistido ataques intensos, y aunque no han caído, sí han salido debilitados ante los ojos de muchísimos costarricenses.

Y ese daño también deja consecuencias.

Porque incluso si mañana lográramos corregir muchas cosas, recuperar la confianza ciudadana será muchísimo más difícil. Hay una fractura emocional y cultural que ya ocurrió. Una parte importante del país dejó de creer en gran parte de la institucionalidad democrática tradicional, mientras otra parte siente angustia viendo cómo se deteriora aquello que durante décadas nos dio estabilidad.

Eso cambia a una nación.

Yo sinceramente creo que Costa Rica está entrando en una etapa distinta de su historia. Y no necesariamente porque todo vaya a destruirse, sino porque el país que viene probablemente será diferente al que conocieron nuestros padres y al que muchos de nosotros aprendimos a amar.

Tal vez todavía podamos sostener muchas cosas importantes. Tal vez podamos evitar daños mayores. Tal vez incluso podamos construir algo más sano a futuro. Pero para lograrlo primero tenemos que aceptar la realidad actual sin vivir esperando que mágicamente todo vuelva a ser como antes.

Porque esa espera eterna también desgasta.

Y mientras tanto, no podemos permitir que el ambiente político nos destruya emocionalmente. No podemos vivir peleando todos los días con cada noticia, con cada publicación, con cada declaración, porque eso termina robándonos la paz, la salud mental y la capacidad de pensar con claridad.

Este ambiente puede fundir emocionalmente a las personas.

Y además, esto podría durar años. Cuatro, ocho, doce… no lo sabemos.

Por eso creo que necesitamos apaciguarnos. No para rendirnos. No para dejar de ser críticos. No para abandonar la defensa de Costa Rica. Todo lo contrario. Necesitamos serenidad para poder resistir sin destruirnos por dentro.

Necesitamos aprender a observar con más claridad, reaccionar menos desde el odio y sostenernos emocionalmente mientras trabajamos por el país que todavía queremos construir.

Yo seguiré aquí, hasta donde me sea posible, intentando aportar desde lo que sé hacer: comunicar, reflexionar, generar conversación y tratar de influir de manera sana y respetuosa en medio de tanto ruido.

Y ojalá, de corazón, el tiempo me demuestre que estaba equivocado en muchas de estas preocupaciones.

Porque sería maravilloso descubrir que Costa Rica todavía podía sanar más de lo que hoy imaginamos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio