Traspaso de poderes 2026

Costa Rica vivirá un nuevo traspaso de poderes. Y más allá de si el gobierno que inicia representa o no nuestras preferencias personales, hay algo que vale la pena detenerse a observar con más calma: seguimos haciéndolo en democracia. Seguimos entregando el poder sin guerra, sin golpes de Estado, sin sangre en las calles, sin tanques tomando edificios públicos. Y aunque a veces eso parezca normal, no lo es. No en el mundo. No en la historia. Y cada vez menos, incluso, en algunas democracias modernas que empiezan a tensarse peligrosamente.

Por eso no debería ser un día únicamente político. Debería ser también un día profundamente ciudadano. Un día para recordar quiénes somos cuando estamos en nuestra mejor versión como país. Porque Costa Rica no se construyó solamente con gobiernos. Se construyó también con símbolos, con estabilidad, con educación, con institucionalidad y con una tradición pacifista que todavía despierta respeto internacional.

Y eso se refleja, precisamente, en la cantidad de invitados especiales que llegan al país para acompañar el acto. Muchas veces se interpreta erróneamente que quienes asisten aprueban o respaldan necesariamente al nuevo gobierno. Pero no siempre es así. La mayoría de las veces vienen por lo que Costa Rica representa. Vienen por nuestra tradición democrática. Vienen porque, durante décadas, este pequeño país logró proyectar una imagen de estabilidad, paz y civilidad que todavía conserva valor ante los ojos del mundo.

De hecho, resulta interesante observar que muchos de los invitados no son precisamente figuras cercanas al oficialismo actual. Y eso dice mucho. Porque, en el fondo, los anfitriones reales no son los partidos políticos. Somos nosotros. El pueblo costarricense. Nuestra historia. Nuestra identidad democrática. Nuestra capacidad —aunque a veces se nos olvide— de hacer transiciones políticas sin destruirnos entre nosotros.

No quiero invitarte necesariamente a ir al traspaso, ni siquiera a verlo. Quiero invitarte a algo mucho más importante: a permanecer apaciguado. Tranquilo. En paz.

No desde la indiferencia, sino desde la madurez emocional. Porque entiendo perfectamente que para muchas personas este momento puede sentirse difícil. Especialmente para sectores de oposición que observan el inicio de este nuevo periodo con preocupación, tristeza o incluso temor. Y justamente por eso, si hablamos tanto de apaciguarnos, este es el momento donde más sentido tiene hacerlo. No cuando todo sale como queremos. Sino precisamente cuando no sucede así.

Porque la paz verdadera no se demuestra en la comodidad. Se demuestra cuando decides no permitir que el miedo, el enojo o la ansiedad te conviertan en alguien distinto a quien quieres ser.

Costa Rica seguirá existiendo después del acto protocolario. Seguirán las familias, los trabajos, los sueños, las luchas personales y la patria que compartimos entre todos. Y desde ahí, lo único verdaderamente útil será conservar claridad, serenidad y capacidad de pensar. Esperando lo mejor.

Deseando sinceramente que al país le vaya bien.

Y sosteniendo, incluso en medio de las diferencias, ese espíritu pacífico que durante tantos años nos hizo distintos ante el mundo.

Porque, al final, un pueblo apaciguado no es un pueblo débil. Es un pueblo que entendió que no todo se defiende gritando.

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