
Di la clase de acuarela esta mañana, sábado, y cuando mis estudiantes se fueron ya tenía el resto del día completamente organizado en mi cabeza. Me iba a poner a recoger todo lo de la terraza, arreglar mi taller de arte, sentarme a escribir, pedir comida de Burger King para mi mamá y para mí, y luego en la tarde trabajar en artículos e investigaciones de política, país y economía para Apacigua. Ese era el plan. Ordenado. Productivo. Lleno de pendientes y responsabilidades, como han sido casi todos mis días últimamente.
Pero la vida, de vez en cuando, tiene formas muy bonitas de desordenarnos. Entre los estudiantes que vinieron hoy estaban Paola y Nachi. Nachi es de la India, Paola es su esposa, y los dos son personas lindísimas, con quienes tengo una relación muy bonita. Hace algún tiempo, incluso, me habían invitado a comer comida india a su casa, en uno de esos encuentros que se sienten cálidos, genuinos, humanos. Hoy, cuando terminó la clase, me preguntaron dónde vendían ceviche rico cerca de mi casa. Les dije dónde… y entonces me sugirieron que fuera con ellos. Y me fui. Así, simplemente.
Ni siquiera tuve que manejar. Me monté con ellos, fuimos a comer, conversamos, nos reímos, la pasamos muy lindo. Me invitaron al almuerzo y después me trajeron de vuelta a mi casa. Y en medio de ese espacio tan sencillo, tan social, tan alejado por unas horas de la política, de las preocupaciones del país, de las investigaciones y del ritmo que he venido sosteniendo, sentí algo que necesitaba profundamente. Descanso. No solo físico. Mental. Emocional. Humano.
A las dos de la tarde me dormí una media hora, me levanté para arreglar la cocina, vino Luis Fer para tomar café y ahora, en la noche, estoy en el Centro de Control del Universo Digital de Apacigua, porque hay que trabajar. Pero hoy entendí algo importante: también hay momentos en los que uno tiene que dejarse sacar un rato del peso de todo. Y hoy, mis queridos amigos, hicieron exactamente eso. Me despejaron. Y eso también se agradece profundamente.
Un abrazo.