
A veces creemos que el país se refleja únicamente en la Asamblea Legislativa, en Casa Presidencial, en los discursos oficiales o en las grandes decisiones de Estado. Pero cada vez estoy más convencido de que Costa Rica también se refleja en lugares mucho más pequeños, más cotidianos, más aparentemente inofensivos. Se refleja en una fila, en una conversación familiar, en un comentario de Facebook y, por supuesto, en un chat de vecinos. Ahí, donde nadie está legislando, donde nadie lleva una banda presidencial, donde nadie ocupa una curul, también aparece la forma en que entendemos la convivencia, la libertad, el respeto y el derecho del otro a existir con una opinión distinta a la nuestra.
Muchas veces exigimos, con toda razón, que en la Asamblea Legislativa haya respeto. Pedimos que nuestros representantes no griten, no insulten, no se ofendan, no conviertan el debate público en un espectáculo de majadería y agresión. Pero luego entramos a redes sociales y vemos insultos, burlas, ofensas, palabras hirientes y una violencia verbal que ya parece paisaje nacional. Entonces la pregunta se vuelve incómoda: ¿la Asamblea se parece a nosotros o nosotros nos estamos pareciendo demasiado a esa Asamblea que criticamos? Porque es muy fácil pedir altura desde afuera, pero es más difícil revisar la altura desde la que estamos hablando nosotros.
Esta mañana pensé en algo que me dejó inquieto. En un chat de vecinos alguien compartió un video sobre una situación ocurrida en el Estadio Nacional durante el traspaso de poderes, en el acto en que fue juramentada Laura Fernández como presidenta de la República. En el video aparecía una situación relacionada con una bandera de Palestina y una intervención policial. Ese tema específico lo tocaré en otro artículo, porque merece analizarse con cuidado. Pero lo que me llamó profundamente la atención no fue solamente el video, sino la reacción de algunos vecinos. Varias personas empezaron a decir que ese no era tema para el chat, que ahí no se hablaba de política, que ese tipo de asuntos no debían tocarse en ese espacio.
Y entonces apareció la contradicción completa, casi perfecta. Estábamos frente a un video que abría una discusión sobre libertad de expresión, sobre símbolos, sobre autoridad, sobre ciudadanía, sobre derechos en un país democrático; y, al mismo tiempo, dentro del chat, algunas personas querían cerrar la conversación. Es decir, mientras se comentaba una posible restricción de la expresión pública, algunos vecinos proponían restringir la expresión dentro del pequeño espacio digital de la comunidad. Y ahí es donde uno se pregunta si entendemos realmente lo que defendemos cuando decimos defender la libertad.
Porque un chat de vecinos no obliga a nadie a participar en todos los temas. Nadie está forzado a opinar. Nadie tiene que responder. Nadie tiene que abrir cada video, leer cada comentario o entrar en cada conversación. Si un tema no te interesa, puedes seguir de largo. Si una publicación no te representa, puedes no contestar. Si una conversación te incomoda, puedes guardar silencio. Pero de ahí a decir que ciertos temas no se pueden tocar, hay una distancia enorme. Una cosa es elegir no participar y otra muy distinta es intentar decidir qué pueden o no pueden conversar los demás.
También alguien dijo que no se debía hablar de religión. Y yo entiendo que muchas personas prefieran evitar ciertos temas para no generar conflictos. Yo mismo prefiero muchas veces no tocar temas religiosos en espacios vecinales. Pero una cosa es la prudencia personal y otra es la prohibición colectiva. Cuando alguien dice “no hablemos de religión”, ¿qué está diciendo exactamente? ¿Que nadie puede poner una estampa de San Jorge el día de San Jorge? ¿Que nadie puede preguntar el horario de una misa? ¿Que nadie puede avisar que una procesión pasará por la comunidad? ¿Que nadie puede compartir una actividad de su iglesia, de su grupo espiritual o de su tradición? ¿Qué ya no podemos decir: “Gracias a Dios”? ¿Dónde empieza la convivencia y dónde empieza la censura disfrazada de orden?
Lo mismo ocurre con la palabra política. Cuando alguien dice “aquí no se habla de política”, ¿a qué se refiere? ¿A política electoral? ¿A partidos? ¿A candidatos? ¿A democracia? ¿A civismo? ¿A institucionalidad? ¿A seguridad del barrio? ¿A impuestos municipales? ¿A calles en mal estado? ¿A permisos de construcción? ¿A decisiones del gobierno local? Porque si empezamos a vaciar la palabra política de todo lo que nos incomoda, terminaremos descubriendo que casi todo lo que afecta nuestra vida en comunidad tiene alguna dimensión política. La convivencia también es política. El silencio también puede ser político. Decidir quién habla y quién no habla, también.
A mí me preocupa cuando una sociedad empieza a pedir reglamentos para conversar. Me preocupa cuando, antes de pensar, queremos prohibir. Me preocupa cuando confundimos paz con silencio, orden con censura y convivencia con ausencia de temas incómodos. Porque una comunidad madura no es aquella donde nadie habla de nada difícil. Una comunidad madura es aquella donde se puede hablar sin destruirse, donde se puede discrepar sin insultarse, donde se puede poner un tema sobre la mesa sin que alguien crea que la solución es taparle la boca al otro.
Y aquí apareció otra reflexión todavía más incómoda. La próxima semana tengo una reunión con doña Laura Fernández y entre los temas que quiero tocar está precisamente la libertad de expresión. ¿Cómo hago para sentarme frente a la presidente de la República y decirle que creo profundamente en ese derecho, que Costa Rica debe protegerlo y que ella debería poner especial atención a ese tema, cuando por dentro sé que apenas dos días antes nosotros mismos prohibimos hablar de política y religión en un chat de vecinos?
Porque ahí el tema deja de ser únicamente gubernamental. Ahí la conversación se vuelve cultural. Se vuelve social. Se vuelve personal. Y entonces uno empieza a darse cuenta de que muchas veces los gobiernos no inventan ciertas restricciones desde cero. A veces simplemente reflejan tolerancias sociales que ya existían. Las sociedades también educan a sus gobiernos. Un país acostumbrado a silenciar conversaciones incómodas termina normalizando que alguien más silencie cosas más grandes después.
Tal vez el problema no sea solamente lo que un gobierno podría intentar hacer algún día con nuestra libertad de expresión. Tal vez el problema real es más profundo, más silencioso y mucho más cercano. Tal vez llevamos años entrenándonos nosotros mismos para renunciar a ella en pequeñas dosis, voluntariamente, cada vez que una conversación nos incomoda.
Porque la pérdida de ciertas libertades no siempre llega como en las películas, con soldados en las calles, censura oficial y micrófonos apagados. A veces empieza de maneras muchísimo más pequeñas y aparentemente inocentes. Empieza cuando alguien dice “mejor no hablen de eso aquí”. Empieza cuando una comunidad decide que ciertos temas generan demasiada incomodidad. Empieza cuando confundimos tranquilidad con silencio y convivencia con ausencia de diferencia.
Y entonces, poco a poco, vamos normalizando la idea de que para convivir hay que restringir conversaciones. Que para mantener la armonía hay que evitar ciertos temas. Que para no incomodarnos es mejor callar algunas cosas. Hasta que un día descubrimos que ya no sabemos conversar sobre nada importante sin querer cancelar al otro, silenciarlo o expulsarlo del espacio.
Lo más inquietante es que muchas veces creemos que estamos defendiendo la paz, cuando en realidad estamos debilitando la tolerancia. Porque la verdadera convivencia democrática no consiste en eliminar los temas difíciles. Consiste en aprender a coexistir aun cuando esos temas aparezcan. Consiste en soportar la incomodidad sin convertir inmediatamente al otro en una amenaza.
Si en un chat de vecinos no podemos tolerar que alguien mencione política, religión, civismo o un acontecimiento nacional, ¿cómo vamos a sostener discusiones más complejas como país? ¿Cómo vamos a enfrentar crisis nacionales, decisiones difíciles o desacuerdos profundos, si ya desde lo cotidiano reaccionamos intentando cerrar conversaciones en lugar de aprender a manejarlas?
Y aquí aparece algo todavía más incómodo: los gobiernos también son hijos de la cultura ciudadana. Muchas veces no hacen más que reflejar comportamientos que la misma sociedad ya normalizó antes. Una sociedad que se acostumbra a callar al vecino porque incomoda, eventualmente puede acostumbrarse también a que una autoridad calle voces más grandes. Porque el hábito ya estaba sembrado.
Tal vez por eso la libertad de expresión no se defiende únicamente en grandes discursos patrióticos ni en fechas históricas. También se defiende en cosas pequeñas. En permitir que alguien publique algo con lo que no estás de acuerdo. En tolerar conversaciones incómodas sin pedir inmediatamente censura. En recordar que escuchar algo que no te gusta no equivale a estar siendo atacado.
Porque cuando empezamos a prohibir conversaciones para sentirnos cómodos, el problema ya no es solamente político. El problema es cultural. Y un país que deja de tolerar la conversación incómoda termina convirtiéndose, poco a poco, en un país que le tiene miedo a pensar en voz alta.
Completamente de acuerdo Vinicio y no es la primera vez que se recurre a la prohibición de temas en chats de colegas, de compañeros de vecinos y este tema urge ventilarlo y sacudir la mesa para exigir diálogo y reflexión