Tragarse el orgullo

Hemos hablado hasta el cansancio sobre aquella reunión en Casa Presidencial. Sobre la forma en que los diputados fueron recibidos. Sobre los teléfonos celulares retirados, los dispositivos electrónicos decomisados temporalmente, los escáneres, la vigilancia, las restricciones, las condiciones incómodas y la sensación generalizada de que aquello no parecía un encuentro natural entre poderes de una democracia madura, sino una escena cargada de tensión simbólica. Muchísimo se ha dicho sobre eso, y yo mismo fui una de las personas que más insistió en que los diputados no debieron haber entrado bajo esas condiciones. Que debieron devolverse. Que debieron marcar un límite. Que debieron plantarse frente a lo que muchos interpretamos como una demostración de fuerza innecesaria.

Y honestamente, sigo entendiendo perfectamente esa lectura.

Porque también creo que el Poder Ejecutivo estaba enviando un mensaje. Midiendo fuerzas. Proyectando autoridad. Dejando claro quién parecía controlar el ambiente. Todo eso lo sigo viendo. Nada de eso desaparece de mi análisis. Pero esta noche me apareció una idea distinta. Una de esas ideas incómodas que llegan cuando uno deja de pensar únicamente desde el orgullo… y empieza a pensar desde la responsabilidad.

Primero pensé: yo no hubiera entrado.

Después pensé en esa frase tan popular que dice que “los agarraron en curva”. Porque probablemente algo de eso ocurrió también. Llegaron, las condiciones aparecieron de golpe, el ambiente ya estaba montado, y devolverse en ese momento quizá no era tan sencillo como ahora lo imaginamos desde afuera, tranquilos, detrás de una pantalla o desde la comodidad de una opinión posterior.

Pero después apareció otra posibilidad. Una mucho más humana.

Llegaron y fueron humillados. Fueron tratados de una forma que muchísimas personas consideraron ofensiva. Se sintieron probablemente menospreciados, controlados, incómodos y puestos en una posición simbólicamente desigual. Y aun así… entraron.

Entraron a negociar.

Entraron a conversar.

Entraron a representar al país a pesar del ambiente.

Y quizá ahí hay algo que yo mismo no estaba viendo con suficiente claridad hace unos días.

Porque tragarse el orgullo también puede ser un acto de responsabilidad. A veces sostener una conversación incómoda, entrar a un lugar donde uno siente que no lo están tratando correctamente y aun así permanecer ahí intentando construir acuerdos, requiere más madurez que simplemente levantarse e irse.

Y esta noche, honestamente, decidí cambiar mi mirada sobre eso.

No porque ahora considere correcta la forma en que fueron recibidos. No porque piense que aquello fue normal o deseable dentro de una democracia sana. Sino porque empecé a observar algo distinto en quienes, a pesar de todo, decidieron quedarse.

Se quedaron para negociar por Costa Rica.

Y quizá eso merece algo que no había dado hasta ahora: reconocimiento.

Porque es muy fácil exigir dignidad desde la distancia. Muchísimo más difícil es sostener la incomodidad en nombre de un país entero, sabiendo que cualquier decisión que tomés será criticada por un lado o por el otro.

Por eso hoy me pongo de pie ante todos los diputados que, aun sintiéndose ofendidos o disminuidos, entraron a esa reunión y permanecieron ahí intentando construir puentes en medio de un ambiente claramente tenso.

Muchas gracias, señores diputados.

Y también, desde la honestidad más simple posible, me disculpo por el juicio anterior.

Porque a veces observar de nuevo las cosas… también es una forma de crecer.

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