
En Costa Rica circula hoy un video del presidente de la República, Rodrigo Chaves, diciendo, mientras una niña lo saluda:
“Regálemela y se la devuelvo cuando se gradúe de la universidad”.
Y no. No es gracioso. No es una broma inocente. No es una ocurrencia folclórica de un hombre campechano. Es una frase profundamente perturbadora. Y es, por donde se le mire, acoso.
Porque cuando un adulto, y especialmente un hombre en posición de poder, hace una insinuación sexual —así sea disfrazada de chiste— sobre una niña, lo que está haciendo es abrirle la puerta al abuso normalizado, a la permisividad social, al daño invisible que se siembra con una sonrisa torcida.
Y cuando quien lo dice es el presidente de un país, la gravedad es aún mayor.
Esto no es nuevo. El historial de Rodrigo Chaves no comienza ayer. No es la primera vez que se le señala por comportamientos inadecuados hacia mujeres. No es un secreto que, según reportes, el Banco Mundial lo alejó de sus funciones por denuncias de acoso. Y tampoco es un secreto que, desde entonces, se ha escudado en burlas, desdén y ataques contra quienes se atreven a señalarlo.
Pero esto no se trata de él solamente. Se trata de nosotros. De cómo reaccionamos cuando escuchamos una frase así. De si nos reímos, si nos quedamos callados, si la compartimos como meme… o si, de una vez por todas, decimos con firmeza: ¡no más!
Porque la violencia de género no siempre grita. A veces susurra. A veces se disfraza de chiste. A veces se para en una tarima con banda presidencial, frente a una niña, frente a una cámara, frente a todo un país.
Y por eso es más peligrosa.
Una sociedad que se dice democrática, justa, libre, no puede permitirse este nivel de banalización del acoso.
Una niña no es un objeto que se regala ni se devuelve. Una niña no es un comodín para lucirse en campaña. Una niña no es una oportunidad para una broma de doble sentido. Una niña es sagrada.
Y quien la mira con intención, con deseo, con autoridad, con impunidad, está violentando algo más que una línea moral: está rompiendo el alma de la decencia pública.
Y sí, esto nos tiene que doler. Nos tiene que doler como país, como padres, como madres, como hermanos, como maestras, como sociedad. Porque si no nos duele, estamos perdidos.
No es la primera vez. Pero tiene que ser la última.
Y tiene que haber consecuencias. Porque no podemos seguir aceptando que quienes deberían cuidar a este país desde el liderazgo, lo manchen desde la impunidad.
Porque no se gobierna desde el ego ni desde el deseo. Y mucho menos desde la complicidad silenciosa de quienes escuchan… y callan.
Esto no es política. Es dignidad. Y la dignidad no se negocia.
Y entonces me pregunto…
¿Qué pensarán quienes siguen a Rodrigo Chaves?
¿Le restarán importancia a esto también?
¿Dirán que fue solo una broma?
¿Nos acusarán de exagerados, de ortodoxos, de “hipersensibles”?
¿Dirán que no es para tanto, que todo se malinterpreta, que hay cosas más graves?
¿Y si así piensan… qué tan cómplices se hacen?
¿Qué tan ciegos están?
¿Qué parte de su conciencia están dispuestos a callar para seguir aplaudiendo a un hombre que ha convertido la vulgaridad en bandera?
Porque en algún punto, seguir a un acosador sabiendo lo que es… también te vuelve parte del daño.
Y aquí va algo importante. Algo que no siempre se dice:
Tal vez esto no sea complicidad ciega,
ni siquiera ignorancia real.
Tal vez es algo mucho más humano y más difícil de aceptar: el miedo a reconocer que te equivocaste.
Porque aceptar hoy que Rodrigo Chaves es una figura indigna del cargo que ocupa,
implicaría decir en voz alta: “Tenían razón. Me equivoqué. Lo defendí cuando no debía. Lo voté pensando que era otra cosa. Cerré los ojos.”
Y eso duele. Eso revuelve el orgullo. Eso raspa la identidad.
Por eso muchos eligen justificarlo.
Relativizarlo.
Minimizarlo.
Porque cambiar de opinión duele menos que admitir que lo que uno apoyó era, en el fondo, despreciable.
Pero lo verdaderamente valiente no es aplaudir a ciegas.
Es revisarse por dentro y decir: me equivoqué, pero no voy a seguir sosteniendo la mentira.
Ese acto de conciencia es el primer paso para recuperar el país.