Cuando el ajedrez se juega con rabia

Una de las jugadas más inteligentes —y peligrosas— del gobierno de Rodrigo Chaves ha sido mover sus piezas con tal destreza que ha logrado algo que ni los escándalos de corrupción, ni las décadas de descontento ciudadano, ni los recortes presupuestarios consiguieron: debilitar el tejido de confianza que sostenía, aunque a veces con hilos delgados, la credibilidad de las instituciones democráticas de Costa Rica.

Hoy, un sector importante del pueblo ha dejado de confiar en el Tribunal Supremo de Elecciones, en la Sala Constitucional, en el Seguro Social, en los medios de comunicación y, peor aún, en el concepto mismo de legalidad. El problema no es solo que desconfíen: es que, frente a cualquier acto de evidente desobediencia, insulto o irrespeto al proceso democrático, sus seguidores corren a justificarlo, aplaudirlo, o atacar a quienes lo denuncian. Como si el verdadero enemigo no fuera el abuso de poder, sino la prensa que lo señala. Como si el problema no fuera el berrinche del presidente, sino la Corte que intenta ponerle límites.

La jugada ha sido fina. Las fichas no se movieron al azar: se movieron sobre un tablero cuidadosamente preparado, en un país herido por años de gobiernos tibios, corruptos o desconectados de la realidad cotidiana. Un país que acumuló decepciones hasta que estalló en hastío. Y en medio de ese cansancio colectivo, Rodrigo Chaves apareció con un discurso provocador, frontal, alimentado por una retórica de víctima rebelde, con enemigos imaginarios que “no lo dejaban trabajar”. Y mucha gente, dolida y harta, vio en él la respuesta que no llegó por las vías tradicionales.

El resultado es perverso: se ha instalado la idea de que todas las instituciones están podridas, excepto una: él. El presidente. El líder. El outsider. El único que “sí se atreve”. El único que “dice las cosas como son”. Y en nombre de esa autenticidad mal entendida, se le permite atropellar reglas, burlarse de periodistas, despreciar sentencias judiciales, e incluso sugerir que los votos o las urnas podrían ser innecesarios si “el pueblo ya está con él”.

El problema con eso no es solo ético o simbólico. Es estructural. Si sus seguidores creen que el Tribunal Supremo de Elecciones está vendido, entonces ningún fallo en su contra será válido. Si piensan que los jueces están comprados, entonces cualquier sentencia se verá como persecución. Y si creen que los medios mienten, entonces ninguna denuncia tendrá fuerza. Así se construyen los autoritarismos: no destruyendo instituciones de frente, sino erosionándolas por dentro, debilitando la fe de la gente en ellas, hasta que ya no puedan sostenerse solas.

La historia de América Latina está llena de ejemplos. Líderes que llegaron con promesas de cambio, con discursos antipolítica, y que usaron ese respaldo emocional —más que racional— para acumular poder, despreciar contrapesos y justificar el abuso. Hoy, en Costa Rica, lo estamos viendo en cámara lenta. Y la pregunta ya no es si Rodrigo Chaves es culpable de eso, sino qué haremos nosotros como ciudadanos cuando el siguiente movimiento lo deje en jaque… y el pueblo, en lugar de celebrar un acto de justicia, se le lance encima al árbitro y le grite: “¡Tramposo!”.

Porque ahí no estaremos defendiendo a un líder. Estaremos enterrando, pedazo a pedazo, la confianza en el juego democrático.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio