Las consignas

Hay algo que siempre me ha llamado la atención en la forma en que algunas corrientes políticas, ideológicas o incluso sociales logran construir seguidores profundamente comprometidos con una narrativa. Llegar a una mayoría de personas a través de argumentos complejos, análisis detallados y explicaciones razonadas es una tarea difícil. Requiere tiempo, educación, disposición para escuchar y una ciudadanía interesada en examinar distintas perspectivas antes de llegar a una conclusión. Sin embargo, existe una ruta mucho más rápida y efectiva para influir sobre grandes grupos humanos. Esa ruta no pasa necesariamente por la razón, sino por la emoción. No busca fortalecer la capacidad de análisis de las personas, sino conectar directamente con sus sentimientos más profundos, especialmente con aquellos que generan reacciones intensas como el miedo, la frustración, la indignación o el resentimiento.

Cuando una narrativa logra establecerse sobre esas emociones, el siguiente paso suele ser la repetición constante. Una idea escuchada una sola vez puede generar curiosidad; una idea repetida semana tras semana termina convirtiéndose en una referencia permanente dentro de la mente de muchas personas. Poco a poco, algunos individuos comienzan a interpretar la realidad únicamente a través de ese filtro. Todo lo que ocurre parece confirmar la narrativa que les han contado. Todo encaja dentro del mismo esquema de buenos y malos, de héroes y enemigos, de víctimas y culpables. En ese punto, la discusión deja de ser una búsqueda de la verdad para convertirse en una defensa automática de una posición previamente adoptada.

Es entonces cuando aparecen las consignas. Frases cortas, fáciles de recordar, fáciles de repetir y diseñadas para circular sin esfuerzo. No requieren análisis profundo, no exigen conocimientos técnicos y tampoco obligan a quien las utiliza a defenderlas con argumentos elaborados. Su función principal es otra: servir como respuesta rápida ante cualquier cuestionamiento. Algunas generaciones han tenido sus propias consignas. Algunas desaparecen con el tiempo. Otras sobreviven durante años. En los últimos tiempos hemos visto desfilar expresiones relacionadas con temas como la «crema de rosas», las «redes de cuido», los «comunistas» y muchas otras que aparecen, dominan la conversación durante un período y luego son sustituidas por una nueva frase cuando la anterior deja de producir el efecto esperado.

Lo curioso es que muchas de esas consignas terminan debilitándose cuando la realidad demuestra que los hechos son más complejos de lo que la frase sugería. Algunas incluso se vuelven incómodas para quienes las promovieron inicialmente porque los acontecimientos posteriores terminan contradiciendo la narrativa original. Sin embargo, eso rara vez representa un problema serio para quienes viven a través de las consignas. Cuando una deja de funcionar, simplemente se abandona y se adopta otra. El mecanismo continúa funcionando porque lo importante nunca fue la exactitud de la frase, sino su capacidad para movilizar emociones y reforzar una identidad grupal.

Por esa razón, cuando encontramos a alguien que responde cualquier tema complejo con una consigna previamente aprendida, generalmente descubrimos que el diálogo se vuelve extremadamente difícil. No porque exista mala intención necesariamente, sino porque ya no se está conversando sobre ideas. Se está defendiendo una narrativa. Los argumentos dejan de ser relevantes porque la conclusión ya fue aceptada de antemano. Los datos que contradicen la posición son rechazados, las preguntas incómodas son ignoradas y cualquier información nueva es filtrada para que encaje dentro del esquema mental previamente construido.

Lo más preocupante de este fenómeno es que suele afectar con mayor fuerza a personas que enfrentan dificultades importantes en su vida cotidiana. Individuos que han tenido menos oportunidades educativas, económicas o sociales pueden convertirse en terreno fértil para quienes desean ofrecer explicaciones simples a problemas complejos. No porque sean menos inteligentes, sino porque todos los seres humanos somos vulnerables cuando alguien logra conectar con nuestros temores, nuestras frustraciones o nuestras esperanzas. La manipulación emocional no distingue ideologías ni clases sociales. Ha existido siempre y probablemente seguirá existiendo mientras existan seres humanos dispuestos a ejercer poder sobre otros.

Por eso, si alguien desea saber si ha caído en una dinámica de este tipo, la pregunta más útil no es qué cree, sino qué estaría dispuesto a cuestionar. Si una persona encuentra que todas sus ideas son absolutamente correctas, que ninguno de sus líderes merece ser cuestionado, que ninguna de sus posiciones admite matices y que toda crítica proviene necesariamente de enemigos o adversarios malintencionados, quizá debería detenerse un momento a reflexionar. La libertad de pensamiento no se demuestra defendiendo una consigna. Se demuestra conservando la capacidad de revisar nuestras propias creencias, incluso aquellas que sentimos más cercanas al corazón.

Tal vez la señal más clara de que alguien ha sido atrapado por una narrativa no sea que repita una consigna determinada, sino que haya perdido la capacidad de imaginar que podría estar equivocado en alguna de ellas. Porque mientras exista espacio para la duda, existe espacio para el pensamiento. Y donde todavía hay pensamiento, todavía existe la posibilidad de dialogar.

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