Las consignas fuera de lugar

Hay algo que cada vez observo con más frecuencia en las redes sociales. No ocurre únicamente en política, aunque es ahí donde resulta más evidente. Alguien publica una crítica sobre el comportamiento de un diputado, una declaración de una ministra, una actuación en el plenario legislativo o la forma en que una figura pública se dirigió a otra persona. La conversación parece estar enfocada en un hecho concreto, en una acción específica o en una conducta determinada. Sin embargo, pocos segundos después aparecen comentarios que parecen venir de una conversación completamente distinta. «El pueblo decidió». «Somos mayoría». «El soberano habló». «Laura es la presidenta». «Respeten la democracia». Y uno se queda con la sensación de que esas personas no respondieron a la publicación que estaban leyendo, sino a otra que existe únicamente dentro de su cabeza.

Lo curioso es que muchas de esas frases pueden ser perfectamente válidas. En una democracia, efectivamente el pueblo elige a sus gobernantes. También es cierto que las mayorías tienen derecho a gobernar dentro del marco constitucional. Incluso es correcto recordar que una persona fue elegida legítimamente para ocupar un cargo. El problema no está necesariamente en la frase. El problema aparece cuando la frase se utiliza en el lugar equivocado, para responder algo que no tiene absolutamente nada que ver con lo que se está discutiendo.

Imaginemos el caso de una publicación que cuestiona la manera en que una diputada se dirigió a un adversario político dentro del plenario legislativo. No se está discutiendo quién ganó las elecciones. No se está debatiendo quién ocupa la Presidencia de la República. No se está cuestionando la legitimidad del gobierno. Se está hablando de educación, de tono, de respeto, de formas o de comportamiento. Sin embargo, aparecen varias personas respondiendo que el pueblo eligió, que la mayoría decidió o que hay que aceptar el resultado electoral. La sensación es similar a preguntarle a alguien qué hora es y recibir como respuesta la dirección de un restaurante. Puede ser información cierta, pero no responde a la pregunta.

A veces tengo la impresión de que algunas personas recibieron una colección de consignas para repetir, pero nadie les explicó cuándo utilizarlas. Aprendieron las frases de memoria, las memorizan con disciplina y las repiten con convicción, pero no desarrollaron la capacidad de identificar si la frase tiene relación con el tema que se está discutiendo. Entonces terminan utilizándolas como una especie de llave maestra que supuestamente sirve para abrir cualquier puerta, aunque la cerradura sea completamente diferente.

Lo más llamativo es que muchas veces estas consignas aparecen precisamente cuando los argumentos empiezan a faltar. Cuando una persona tiene elementos para defender una posición, normalmente explica, razona, compara y desarrolla ideas. Pero cuando el análisis se vuelve incómodo o complejo, la consigna aparece como refugio. Es más fácil escribir cuatro palabras aprendidas que detenerse a comprender lo que el otro está planteando. Es más sencillo repetir una frase conocida que construir un argumento propio. Y así, poco a poco, la conversación deja de ser un intercambio de ideas para convertirse en una competencia de eslóganes.

La paradoja es que quienes utilizan estas respuestas suelen creer que están participando activamente en el debate, cuando en realidad muchas veces están evitando el debate. No están respondiendo a la crítica planteada. No están analizando el hecho señalado. No están defendiendo una conducta específica. Están simplemente cambiando de tema. La discusión era sobre una actitud, una declaración o una decisión concreta, y de repente termina convertida en una conversación sobre el resultado electoral de hace meses o años.

Tal vez por eso algunas discusiones en redes sociales resultan tan frustrantes. No porque existan diferencias de opinión, sino porque muchas veces ni siquiera se está hablando de lo mismo. Una persona formula una observación específica y la otra responde con una consigna genérica. Uno habla de una diputada, el otro responde sobre una elección. Uno habla de respeto, el otro habla de mayorías. Uno señala un comportamiento puntual y el otro contesta con una frase diseñada para una conversación completamente distinta.

La democracia necesita ciudadanos capaces de pensar, analizar y argumentar. Necesita personas que puedan defender sus posiciones con razonamientos propios y no únicamente con frases prefabricadas. Porque las consignas pueden ser útiles en una campaña política, pero resultan insuficientes cuando se pretende sostener una conversación seria. Al final, no basta con aprenderse las respuestas. También hay que comprender las preguntas. Y quizás ahí es donde algunas personas están encontrando la mayor dificultad. No es que no conozcan las frases. Es que nunca aprendieron cuándo decirlas.

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