
Hace unos días conversaba con una señora de una familia costarricense de clase media. Personas trabajadoras, profesionales de la educación pública, gente que durante toda su vida ha intentado hacer las cosas correctamente. Sin embargo, como ocurre en muchas familias, un día apareció un problema que jamás imaginaron vivir. Su hijo cometió un error grave relacionado con drogas y hoy se encuentra privado de libertad. Quiero aclarar algo desde el principio. Ni ella ni el muchacho están buscando excusas. No están diciendo que fue una injusticia. No están culpando a los jueces, ni a la policía, ni al sistema judicial. Ambos entienden que hubo una falta, que hubo una responsabilidad personal y que las consecuencias son consecuencia directa de las decisiones que él tomó. Esa discusión ni siquiera está sobre la mesa. Lo que sí está sobre la mesa es otra cosa.
Según me comentaba esta señora, las condiciones que vive su hijo dentro del sistema penitenciario se deterioran cada vez más. No voy a enumerar situaciones específicas ni entrar en detalles. Lo que sí puedo decir es que la impresión que ella tiene, y que comparten muchas otras familias, es que cada vez existe menos interés en recordar que quienes están ahí adentro siguen siendo seres humanos. La sensación es que poco a poco se van implementando medidas que los despojan de dignidad, de humanidad y de cualquier posibilidad real de rehabilitación. Y eso me preocupa profundamente, porque una cosa es privar a una persona de libertad y otra muy distinta es comenzar a tratarla como si hubiera dejado de pertenecer a la especie humana.
Hace poco un señor me escribió en Facebook para decirme que eso estaba muy bien, que las cárceles son para sufrir y que los privados de libertad viven prácticamente en hoteles o centros vacacionales. Le respondí con una pregunta muy sencilla. Le dije que si realmente pensaba eso, yo estaba dispuesto a pagarle el Uber para que fuera a pasar un fin de semana completo en una cárcel. Todo incluido. No respondió. Lo que sí agregó fue que las cárceles son centros de castigo. Y, desde mi punto de vista, no podía estar más equivocado. En Costa Rica una persona condenada pierde su derecho a la libertad de movimiento. Ese es el castigo impuesto por la sociedad a través de los tribunales de justicia. Pero no pierde su condición humana. No pierde sus derechos fundamentales. No pierde su dignidad. No deja de ser hijo, padre, madre, hermano o hija de alguien. Mucho menos se convierte en un animal.
Además, existe un elemento que muchas personas parecen olvidar. Algún día la mayoría de esas personas saldrán de prisión. Volverán a caminar por las mismas calles que nosotros. Volverán a convivir con sus familias. Volverán a relacionarse con la sociedad. Y entonces surge una pregunta que me parece completamente lógica: ¿qué tipo de persona queremos que salga de ahí? Porque si la intención es que regresen convertidos en ciudadanos productivos, responsables y capaces de convivir con los demás, entonces deberíamos preocuparnos por las condiciones en que viven. Pero si lo que buscamos es destruirlos emocionalmente, humillarlos constantemente y convencerlos de que ya no tienen valor alguno como seres humanos, entonces no deberíamos sorprendernos por los resultados que eventualmente obtendremos.
Perdón por la comparación, pero imaginemos por un momento que alguien toma un perro, lo encierra durante años en una jaula, lo maltrata, lo humilla y lo somete constantemente a condiciones degradantes. Cuando ese perro salga, ¿será más tranquilo o agresivo? ¿Será más estable o peligroso? La respuesta parece evidente. Entonces, ¿por qué algunas personas creen que con los seres humanos ocurre exactamente lo contrario? ¿Por qué creen que el maltrato genera rehabilitación? ¿Por qué creen que la humillación genera responsabilidad? ¿Por qué creen que destruir la dignidad de una persona la convierte mágicamente en alguien mejor? Nada de eso tiene lógica.
Si de verdad pensamos en nuestra propia seguridad, si de verdad pensamos en el bienestar de quienes estamos afuera, deberíamos desear que las cárceles fueran lugares de rehabilitación, de educación, de formación y de reconstrucción personal. No porque las personas privadas de libertad sean inocentes. No porque debamos ignorar sus errores. No porque debamos olvidar el daño que algunos causaron. Sino porque una sociedad inteligente entiende que es mucho más seguro recuperar personas que destruirlas. Entiende que la rehabilitación beneficia a toda la sociedad. Entiende que el resentimiento, la desesperanza y la deshumanización rara vez producen buenos resultados.
Por eso cada vez que escucho a alguien hablar de los privados de libertad como si fueran animales, me pregunto quién está perdiendo realmente la humanidad en esta historia. Porque ellos cometieron errores y están pagando por ellos. Pero nosotros, los que estamos afuera, somos quienes decidimos qué clase de sociedad queremos construir. Y una sociedad que deja de ver seres humanos para empezar a ver animales corre el riesgo de terminar pareciéndose demasiado a aquello que dice combatir. No son animales. Son seres humanos que perdieron la libertad. Y la forma en que los tratemos dirá mucho más sobre nosotros que sobre ellos.