¿En qué momento dejamos de cuidar la patria?

Esta noche siento tristeza. No esa tristeza que nace de un problema personal, de una mala noticia pasajera o de una dificultad cotidiana que eventualmente terminará resolviéndose. Es una tristeza más profunda y difícil de explicar. Es la tristeza de quien observa a su país y siente que algo importante se está perdiendo frente a sus ojos. Es la tristeza de quien mira hacia atrás y recuerda una Costa Rica imperfecta, llena de problemas como cualquier otra nación, pero que al mismo tiempo poseía algo que la distinguía y que le permitía caminar con cierta estabilidad mientras muchos otros países atravesaban crisis mucho más severas.

Durante décadas, Costa Rica fue construyendo algo extraordinario. No era un país perfecto y nadie sensato podría afirmarlo. Existían problemas de corrupción, burocracia, desigualdad, pobreza, inseguridad y gobiernos mejores o peores. Sin embargo, también existía algo que muchas naciones de nuestra región observaban con admiración: instituciones sólidas, estabilidad democrática, respeto por la ley, alternancia en el poder y una convivencia relativamente pacífica. Nada de eso apareció por casualidad. Nada de eso cayó del cielo. Fue el resultado del trabajo de generaciones enteras de costarricenses que entendieron que la patria era más importante que cualquier partido político, más importante que cualquier gobierno y mucho más importante que cualquier líder pasajero.

Por eso me preocupa profundamente lo que estamos viendo en estos tiempos. Cada vez más personas han dejado de confiar en las instituciones que sostienen nuestra democracia. Ya no se trata de cuestionarlas para mejorarlas, algo que siempre será válido y necesario. Lo que vemos ahora es algo distinto. Vemos cómo se les desprecia, se les ridiculiza y se les presenta como enemigas del pueblo. Vemos cómo se ataca a instituciones enteras simplemente porque no actúan como algunos quisieran. Y cuando una sociedad comienza a perder la confianza en las estructuras que durante décadas le dieron estabilidad, lo que viene después rara vez termina bien.

La democracia no se sostiene únicamente mediante elecciones. Si así fuera, sería mucho más fácil de preservar. La democracia se sostiene mediante un delicado sistema de pesos y contrapesos. Se sostiene con tribunales independientes, con jueces capaces de decir que no cuando corresponde decir que no, con órganos de control que fiscalicen al poder, con funcionarios que puedan cumplir su trabajo sin miedo a represalias políticas y con ciudadanos capaces de comprender que ninguna persona debe concentrar toda la confianza de una nación. Cuando la población empieza a creer que todas las instituciones están equivocadas y que solamente una figura política tiene razón, se abre una puerta peligrosa. La historia está llena de ejemplos que nos muestran que los mayores retrocesos democráticos casi nunca comenzaron con tanques en las calles. Comenzaron con aplausos. Comenzaron cuando suficientes ciudadanos decidieron entregar toda su confianza a una persona y retirársela a todo lo demás.

Mientras tanto, observamos cómo se debilitan programas sociales, cómo se cuestionan instituciones históricas, cómo se reducen recursos destinados a los sectores más vulnerables y cómo parece disminuir la sensibilidad hacia quienes más sufren. Y eso también me duele. Me duele cuando se habla de los pobres como si fueran una carga para la sociedad. Me duele cuando se habla de los enfermos como si fueran simples números dentro de una hoja de cálculo. Me duele cuando se habla de los privados de libertad como si hubieran dejado de ser seres humanos. Sí, quien comete un delito debe responder ante la justicia. Sí, debe cumplir una condena. Pero una sociedad democrática no pierde su humanidad porque alguien haya perdido su libertad. La verdadera prueba moral de una nación no es cómo trata a quienes tienen poder, influencia o dinero. La verdadera prueba está en cómo trata a quienes no tienen ninguno.

Por eso me preocupa el nivel de dureza que parece haberse instalado en algunos sectores de nuestra sociedad. Como si la compasión fuera una debilidad. Como si la empatía fuera un defecto. Como si preocuparse por el sufrimiento ajeno fuera algo de lo que hubiera que avergonzarse. Y resulta paradójico, porque Costa Rica nunca fue grande por ser rica. Nunca fue grande por tener un ejército. Nunca fue grande por poseer enormes recursos naturales. Costa Rica fue grande porque aprendió a construir instituciones y porque durante mucho tiempo la mayoría de sus ciudadanos entendió que la convivencia era más importante que el odio, que el diálogo era más importante que el enfrentamiento y que el bienestar colectivo era más importante que las victorias políticas temporales.

Por eso esta noche no escribo desde la rabia. Escribo desde la preocupación. Porque temo que muchas personas todavía no sean plenamente conscientes de lo que está ocurriendo. Temo que algunos crean que destruir la confianza en las instituciones no tiene consecuencias. Temo que muchos descubran demasiado tarde que es mucho más fácil destruir que construir. Levantar una institución puede tomar décadas. Debilitarla puede tomar apenas unos pocos años. Construir confianza requiere generaciones. Perderla puede ocurrir en muy poco tiempo.

Y, sobre todo, temo que algún día miremos hacia atrás y nos hagamos una pregunta dolorosa: ¿en qué momento dejamos de cuidar la patria? Porque las naciones rara vez se pierden de un día para otro. Se pierden poco a poco. Se pierden cuando dejamos de defender sus instituciones. Se pierden cuando dejamos de escuchar a quienes piensan distinto. Se pierden cuando dejamos de sentir compasión por los demás. Se pierden cuando dejamos de pensar en el bien común y comenzamos a pensar únicamente en las victorias de nuestro propio grupo. Y se pierden cuando olvidamos que la patria no pertenece a un gobierno, no pertenece a un partido político y no pertenece a ningún líder, por popular que sea.

La patria nos pertenece a todos. Precisamente por eso, todos somos responsables de cuidarla.

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