
Privados de libertad viviendo en condiciones cada vez más difíciles. Personas que cumplen sus condenas, pero que al salir continúan siendo señaladas y encuentran cada vez menos oportunidades para rehacer sus vidas. Y, mientras tanto, una creciente cultura de odio e indignación permanente alimentada desde las redes sociales.
Cada uno de estos fenómenos puede analizarse por separado. Pero cuando se observan juntos, surge una pregunta inquietante: ¿hacia dónde nos están llevando?
Si las cárceles producen personas más resentidas, si la sociedad les cierra las puertas incluso después de cumplir su condena y si el debate público se basa cada vez más en el castigo y menos en las soluciones, podríamos estar construyendo exactamente el problema que decimos querer resolver.
Porque una sociedad no se fortalece cuando multiplica el resentimiento. Se fortalece cuando logra reducirlo.
Y si seguimos avanzando en la dirección contraria, tal vez llegue el momento de preguntarnos si, como sociedad, no nos estamos consumiendo de adentro hacia afuera.