¿Quién vigila mientras los demás pelean?

Las salas de justicia se están quedando sin magistrados suplentes. Puede parecer un tema lejano o técnico, pero no lo es. Cuando un magistrado debe ausentarse por enfermedad, vacaciones, incapacidad o cualquier otra razón, los suplentes son quienes permiten que los procesos continúen avanzando. Sin ellos, existe el riesgo de que asuntos importantes se retrasen o incluso queden temporalmente detenidos.

El problema es que la Asamblea Legislativa no ha logrado ponerse de acuerdo para realizar los nombramientos necesarios. Y eso resulta preocupante.

Más llamativo aún es que los diputados oficialistas no han respaldado ni uno solo de los dieciocho nombres enviados por el Poder Judicial. Existen muchas teorías y especulaciones sobre las razones de esta posición, pero lo cierto es que la mayoría de nosotros no conocemos con suficiente profundidad lo que ocurre detrás de las negociaciones políticas.

Por supuesto, resulta difícil imaginar que, después de extensos procesos de evaluación, entrevistas y análisis realizados por el Poder Judicial, ninguno de los dieciocho candidatos reúna las condiciones necesarias para ejercer el cargo. Esa es una conclusión que genera más preguntas que respuestas.

Sin embargo, quienes estamos fuera de la política y no participamos directamente en estas votaciones tenemos una responsabilidad distinta. Nos corresponde asumir una posición serena, vigilante y responsable. Una posición Apacigua.

Eso significa observar con atención, exigir explicaciones cuando corresponda y mantenernos informados sobre cómo funcionan la Asamblea Legislativa, el Poder Judicial y los procesos de nombramiento. Significa también evitar convertirnos en soldados de uno u otro bando sin conocer realmente los hechos.

Mientras no tengamos suficiente información, pelear en redes sociales aporta muy poco. Y quienes afirman tener todas las respuestas sin conocer los detalles, sin haber estudiado el tema o sin comprender el proceso, tal vez harían mejor en dedicar más tiempo a leer, escuchar y aprender.

Porque una sociedad no se destruye únicamente por sus problemas. También puede destruirse por la desconfianza permanente, por la polarización extrema y por la incapacidad de escuchar.

Y si seguimos alimentando esa división, llegará un momento en que ya no tendremos una patria que salvar. O al menos no una que valga la pena heredar.

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