
Vivimos tiempos difíciles. Difíciles como nación, difíciles como ciudadanía, difíciles como comunidad humana. Pero creo que estos tiempos tienen una característica que los vuelve especialmente complejos frente a cualquier otra época que hayamos vivido antes. Nunca habíamos estado tan expuestos a la información. No es que antes no existieran los conflictos políticos, las tensiones sociales o las preocupaciones nacionales. Siempre han existido. Lo que cambió fue la velocidad, la intensidad y la cantidad. Hoy llevamos el mundo entero en el bolsillo. Abrimos el teléfono y en cuestión de segundos podemos encontrarnos con una discusión política, una denuncia, una noticia alarmante, una tragedia internacional, un pleito entre ciudadanos, una campaña electoral permanente o un video diseñado específicamente para provocar una reacción emocional dentro de nosotros. Y eso ocurre una y otra vez, todos los días, desde que despertamos hasta que cerramos los ojos por la noche.
Además, existe algo más que rara vez reconocemos. La inmensa mayoría de quienes publicamos en redes sociales no somos comunicadores profesionales. No hemos estudiado periodismo. No hemos estudiado comunicación colectiva. No hemos aprendido cómo transmitir información sin contaminarla emocionalmente. Lo que hacemos, muchas veces, es pensar en voz alta mientras escribimos. Publicamos cuando estamos molestos. Comentamos cuando estamos frustrados. Compartimos cuando tenemos miedo. Reaccionamos cuando estamos indignados. Y luego cientos o miles de personas reciben esa carga emocional como si fuera información objetiva. Poco a poco se va formando una atmósfera pesada, un ambiente saturado de opiniones impulsivas, interpretaciones apresuradas y emociones sin filtrar. No siempre estamos compartiendo conocimiento. Muchas veces estamos compartiendo estados emocionales.
Y como si eso no fuera suficiente, apareció la inteligencia artificial. Una herramienta extraordinaria, poderosa y fascinante, pero que también multiplica la cantidad de estímulos que llegan hasta nosotros. Hoy una sola persona puede generar decenas de artículos, cientos de imágenes, videos, publicaciones y opiniones en muy poco tiempo. Podemos recibir contenido constantemente, sin descanso, sin pausas y sin que exista un límite natural para la cantidad de información que intenta abrirse paso hacia nuestra atención. El problema no es únicamente si esa información es correcta o incorrecta. El problema es que nuestro cerebro nunca fue diseñado para procesar semejante volumen de estímulos emocionales. Estamos siendo bombardeados por ideas, imágenes, titulares, comentarios y narrativas durante prácticamente todas las horas del día.
Y en medio de todo esto llegaron las elecciones. Unos celebraron. Otros quedaron decepcionados. Algunos sienten esperanza. Otros sienten preocupación. Todos quieren expresar su opinión. Todos quieren defender sus argumentos. Todos quieren explicar por qué tienen razón. Y entonces comenzamos a seguir a los diputados como nunca antes. Seguimos a los magistrados de la Sala Tercera y de la Sala Cuarta como nunca antes. Analizamos nombramientos de ministros. Comentamos resoluciones judiciales. Seguimos cada movimiento de la Asamblea Legislativa. Observamos cada declaración presidencial. Y aunque la participación ciudadana es valiosa, también existe un riesgo enorme cuando dejamos que toda esa información ocupe permanentemente nuestra mente. Porque una cosa es estar informado. Otra muy distinta es vivir emocionalmente secuestrado por la actualidad.
Lo que me preocupa es que muchas personas ya no parecen darse cuenta de todo lo que están dejando entrar. Cada noticia que genera enojo. Cada publicación que provoca miedo. Cada video que alimenta la ansiedad. Cada discusión que nos roba energía. Todo eso entra. Todo eso deja residuos. Todo eso ocupa espacio dentro de nosotros. Y poco a poco nuestro subconsciente comienza a parecerse a un enorme vertedero donde se acumulan preocupaciones, conflictos, frustraciones y problemas que ni siquiera nos pertenecen. Empezamos a cargar emocionalmente con asuntos que están completamente fuera de nuestro control. Nos acostamos pensando en decisiones que jamás podremos tomar. Nos despertamos preocupados por conflictos que no podemos resolver. Vivimos con una sensación constante de tensión como si el país entero estuviera instalado dentro de nuestra cabeza.
Y ahí es donde necesitamos detenernos un momento. Porque nuestra mente es nuestra responsabilidad. Nuestra paz es nuestra responsabilidad. Nuestro equilibrio emocional es nuestra responsabilidad. No podemos controlar las decisiones del Gobierno. No podemos controlar a la Asamblea Legislativa. No podemos controlar a los magistrados. No podemos controlar a los medios de comunicación. No podemos controlar a los influencers. No podemos controlar a millones de ciudadanos que opinan distinto a nosotros. Pero sí podemos controlar algo muy importante: la puerta de entrada. Podemos decidir qué dejamos pasar. Podemos decidir cuánto tiempo dedicamos a consumir conflicto. Podemos decidir qué merece nuestra atención y qué no. Podemos decidir cuándo una noticia nos informa y cuándo simplemente nos está intoxicando.
Por eso quiero proponerte algo profundamente sencillo. Esta noche, antes de acostarte, apagá el teléfono unos minutos. Cerrá los ojos. Respirá despacio. Y empezá a revisar tu mente como quien limpia una habitación que ha acumulado demasiado desorden. Preguntate cuáles problemas realmente están bajo tu control. Cuáles tienen solución mañana. Cuáles requieren una acción concreta de tu parte. Y cuáles son simplemente preocupaciones que has estado alimentando durante días, semanas o meses sin que exista absolutamente nada que puedas hacer para cambiarlas. Porque muchas veces sufrimos más por los problemas imaginados que por los problemas reales. Y mientras seguimos alimentándolos, ellos siguen creciendo dentro de nosotros.
No permitás que las ratas de la información hagan madriguera en tu cabeza. No permitás que el ruido se convierta en dueño de tu paz. No permitás que las emociones ajenas administren tu mundo interior. Hay información que informa. Pero también hay información que contamina. Hay noticias que ayudan a comprender la realidad. Pero también hay noticias que solamente nos mantienen atrapados en estados permanentes de miedo, rabia o ansiedad. Y aprender a distinguir entre ambas cosas puede ser una de las habilidades más importantes para sobrevivir emocionalmente en esta época.
Costa Rica necesita ciudadanos informados. Pero también necesita ciudadanos apaciguados. Porque una mente en paz piensa mejor. Decide mejor. Ama mejor. Construye mejor. Y quizás el acto más revolucionario de estos tiempos no sea gritar más fuerte que los demás, ni consumir más información que nadie, ni estar permanentemente conectado a la actualidad. Tal vez el acto más revolucionario sea proteger la propia paz interior.
Porque al final, la puerta de tu mente sigue teniendo un guardián.
Y ese guardián sos vos.