Ticos con corona

Las declaraciones de Marta Esquivel sobre los llamados “ticos con corona” cayeron como un balde de agua fría sobre una parte importante de la población. La frase se refería a las personas que presentan recursos de amparo ante la Sala Constitucional cuando la Caja Costarricense de Seguro Social no atiende oportunamente algún procedimiento médico, y la Sala termina ordenando que se les brinde el servicio. La reacción fue inmediata. Muchas personas se sintieron ofendidas. Otras indignadas. Y no fue difícil entender por qué. La expresión sonó dura. Sonó despectiva. Además, venía acompañada de ese tono que se ha vuelto cada vez más común en algunos sectores del oficialismo, una forma de comunicación que suele dividir a las personas entre quienes la celebran y quienes la rechazan de inmediato.

A mí también me molestó. Me pareció una vergüenza escuchar esas palabras. Lo comenté. Lo critiqué. Incluso publiqué al respecto. Pero después ocurrió algo que trato de hacer cada vez con más frecuencia: me quedé pensando. Dejé pasar algunos días y traté de observar el asunto desde otro ángulo. No porque hubiera cambiado de opinión, sino porque me interesa entender por qué reacciono como reacciono. A veces el problema está en el mensaje. A veces está en quien lo dice. A veces está en el tono. Y otras veces está en una mezcla de las tres cosas. Por eso decidí separar a la persona de las palabras. Intenté olvidar por un momento quién las había pronunciado y concentrarme únicamente en la idea que contenían.

Lo hice porque muchas veces he criticado a quienes rechazan una propuesta simplemente porque proviene de alguien que les cae mal. Lo vemos constantemente en la política nacional. Hay personas que aplaudirían cualquier cosa si la dijera Rodrigo Chaves, incluso si ayer pensaban exactamente lo contrario. Del mismo modo, hay personas que rechazarían cualquier frase pronunciada por Óscar Arias aunque se limitara a desear una feliz Navidad. Y lo mismo sucede en sentido inverso. Muchas veces dejamos de escuchar las palabras porque ya hemos decidido qué pensamos de quien las pronuncia. Cuando eso ocurre, el análisis desaparece y solo queda la reacción.

Entonces me quedé observando la expresión. “Ticos con corona”. ¿Qué significa realmente? Evidentemente no se refiere a personas con una corona literal sobre la cabeza. Se refiere a personas que reciben un trato preferencial o privilegiado respecto de otras. Ese es el corazón de la frase. Y ahí fue donde la reflexión empezó a ponerse incómoda. Porque una cosa es rechazar el tono y otra muy distinta es analizar si existe algo de verdad en el concepto.

Imaginemos a miles de personas esperando una cita, una cirugía o un procedimiento médico. Todas están dentro de una lista. Algunas llevan meses esperando. Otras años. De pronto, una de esas personas presenta un recurso de amparo, la Sala Constitucional lo estudia y ordena que se le atienda con prioridad. Como consecuencia, esa persona recibe el servicio antes que muchas otras que estaban delante en la fila. No estoy diciendo que esté mal. Tampoco estoy diciendo que no tenga derecho. Mucho menos estoy cuestionando el papel de la Sala Constitucional. Lo único que estoy describiendo es lo que ocurre en la práctica.

Y cuando uno observa el fenómeno desde esa perspectiva, resulta difícil negar que existe un privilegio relativo respecto de quienes continúan esperando. La palabra privilegio suele incomodarnos porque la asociamos con injusticias o abusos. Pero, en términos estrictamente descriptivos, recibir una atención antes que miles de personas que continúan en la fila constituye una ventaja que otros no tienen en ese momento. La pregunta realmente importante no es si existe ese privilegio. La pregunta es por qué existe.

Porque aquí aparece el verdadero problema. Esas filas no deberían existir. Ninguna persona debería verse obligada a acudir a la Sala Constitucional para obtener una atención médica que debería recibir oportunamente dentro del sistema ordinario. El recurso de amparo no nació para convertirse en un mecanismo paralelo de gestión hospitalaria. Nació para proteger derechos cuando las instituciones fallan en protegerlos. Y cuando miles de personas necesitan recurrir a él para recibir atención médica, quizá el problema principal no está en quienes presentan los recursos, sino en las condiciones que hacen necesario presentarlos.

Por eso, después de darle muchas vueltas al asunto, llegué a una conclusión que sé que no será popular para todos. Creo que la forma en que Marta Esquivel expresó la idea fue desafortunada. Creo que el tono utilizado generó más confrontación que entendimiento. Creo que muchas personas tenían razones válidas para sentirse molestas. Pero también creo que, una vez separadas las emociones, la persona y el estilo de comunicación, la idea central no es completamente absurda. Si una persona logra, mediante una herramienta legal legítima, acelerar un procedimiento médico mientras otras continúan esperando, existe un trato diferenciado respecto del resto de la fila.

Lo que no debemos olvidar es que el verdadero escándalo no son los llamados “ticos con corona”. El verdadero escándalo es que existan listas de espera tan largas que obliguen a los ciudadanos a buscar protección constitucional para recibir servicios médicos que deberían estar disponibles de manera oportuna. Porque mientras discutimos sobre la expresión utilizada, corremos el riesgo de perder de vista el problema de fondo. Y a veces las palabras más polémicas terminan cumpliendo una función inesperada: obligarnos a mirar una realidad que preferiríamos no ver.

Por ahora, mientras no encuentre razones más sólidas para cambiar de opinión, sigo pensando que llamar “ticos con corona” a quienes logran acelerar su atención médica mediante un recurso de amparo no constituye una aberración conceptual. Lo que sí me parece una aberración es que una persona enferma tenga que acudir a una sala constitucional para recibir algo que el sistema de salud debería haberle brindado desde el principio.

Ahora bien, me surge otra duda. Cuando una persona actúa desde el dolor, la angustia o la desesperación provocada por un problema de salud, y logra adelantar su procedimiento frente a otras personas que continúan esperando, ¿podemos realmente llamar a eso un privilegio? Porque si no existe ningún tipo de privilegio, aunque sea temporal o circunstancial, entonces la expresión “ticos con corona” pierde buena parte de su significado y volvemos al punto de partida. No lo sé. Tal vez la respuesta no sea tan sencilla como parece. Tal vez dependa de cómo cada uno entienda conceptos como justicia, igualdad, necesidad o urgencia. Tal vez una persona vea un privilegio donde otra vea simplemente la protección legítima de un derecho fundamental.

Y precisamente por eso me parece que la discusión vale la pena. No porque Marta Esquivel tenga necesariamente razón, ni porque quienes se indignaron estén necesariamente equivocados, sino porque el tema nos obliga a mirar más allá de nuestra reacción inicial. Al final, cada quien hará su propia valoración. Lo que yo rescato de todo esto es la importancia de intentar separar siempre al mensajero del mensaje antes de asumir una posición definitiva. No siempre es fácil. Muchas veces reaccionamos primero y pensamos después. Pero cuando logramos hacer el ejercicio contrario, a veces descubrimos que una idea merece ser analizada con más calma de la que estábamos dispuestos a concederle en un primer momento.

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