El tono

Existe algo que muchas veces pasa desapercibido en una conversación, pero que termina siendo tan importante como las propias palabras: el tono. Porque las palabras pueden decir una cosa mientras el tono revela otra. Incluso cuando no conocemos completamente las intenciones de quien habla, el tono suele regalarnos pistas. Nos permite intuir si alguien está intentando construir, dialogar, comprender, convencer o simplemente provocar una reacción emocional en quienes lo escuchan. Y eso es particularmente importante en tiempos como los que vivimos, donde cada vez más personas parecen reaccionar al volumen de un mensaje antes que a su contenido.

Yo podría tener dudas sobre el Tribunal Supremo de Elecciones. Podría expresar preocupaciones legítimas. Podría formular preguntas incómodas. Podría incluso discrepar de algunas decisiones. Todo eso forma parte normal de una democracia. Pero existe una enorme diferencia entre plantear dudas para comprender mejor una situación y gritar esas dudas desde la indignación para arrastrar a otros hacia una conclusión previamente definida. Porque cuando el tono se vuelve agresivo, algo cambia. Ya no se busca entender. Se busca movilizar. Y muchas veces se moviliza a personas que ni siquiera han tenido tiempo de analizar aquello que están defendiendo o atacando. Entonces aparecen los aplausos, los vítores, las consignas y las reacciones inmediatas. Poco a poco algunas personas empiezan a sentirse parte de algo más grande, aunque en realidad muchas veces lo único que están compartiendo es una emoción colectiva.

Después podría ocurrir lo mismo con la prensa. Tal vez haya periodistas que no me gustan. Tal vez haya medios con los que no estoy de acuerdo. Tal vez encuentre errores, sesgos o decisiones editoriales cuestionables. Pero si utilizo un tono diseñado para despertar enojo, si convierto mi molestia en combustible emocional para otros, entonces muy pronto tendré personas atacando periodistas que nunca leyeron, reportajes que nunca analizaron y profesionales cuyo trabajo jamás evaluaron por sí mismos. Porque el tono también educa. El tono enseña cómo reaccionar. El tono indica si debemos pensar o simplemente responder. Y cuando una sociedad se acostumbra a responder antes de pensar, comienza a perder algo muy valioso: comienza a perder criterio.

Luego podría hacerse lo mismo con el Poder Judicial. Y aquí es donde las cosas se vuelven todavía más delicadas. Porque una cosa es señalar problemas, proponer reformas, abrir espacios de discusión o impulsar mejoras institucionales. Otra muy distinta es convertir una institución completa en el enemigo de turno. Levantar la voz, señalar con el dedo y lanzar sobre ella a una multitud que ya aprendió a preguntarse cada mañana: “¿Y hoy a quién hay que golpear?”. Porque llega un momento en que el enojo deja de ser una reacción y se convierte en una necesidad. Se convierte en una adicción emocional. La gente ya no busca soluciones. Busca objetivos. Necesita un adversario nuevo. Necesita un culpable nuevo. Necesita una nueva dosis de indignación para mantenerse movilizada. Y entonces el tono deja de ser una herramienta de comunicación para convertirse en una herramienta de manipulación.

Más adelante podría ocurrir con cualquier otro tema. Un edificio histórico. Una institución pública. Un proyecto nacional. Una organización. Un grupo de personas. Ya no importa demasiado el tema concreto. Lo importante es que quienes siguen esa dinámica han ido perdiendo poco a poco la costumbre de evaluar por sí mismos. Ya no analizan. Ya no comparan. Ya no reflexionan. Simplemente reaccionan. Y cuando alguien logra que miles de personas reaccionen automáticamente en la dirección que él desea, ha obtenido una forma de poder muy peligrosa. Porque ya no conduce ciudadanos. Conduce impulsos. Conduce emociones. Conduce masas.

Y precisamente por eso nació Apacigua. No para competir en el volumen de los gritos. No para fabricar indignación. No para señalar enemigos. No para alimentar trincheras. Apacigua nació porque creo profundamente que existe otro camino. Creo que es posible conducir sin gritar. Creo que es posible influir sin manipular. Creo que es posible señalar problemas sin sembrar odio. Creo que es posible generar reflexión sin fabricar enemigos. Creo que es posible construir criterio en lugar de construir obediencia emocional. Por eso desde Apacigua intentamos algo distinto. Intentamos abrir preguntas. Intentamos ofrecer contexto. Intentamos entregar información. Intentamos invitar a pensar. Porque cuando una persona piensa por sí misma, puede llegar incluso a conclusiones distintas a las mías. Y eso está bien. De hecho, eso es precisamente lo que debería ocurrir en una sociedad sana. El objetivo nunca debería ser que todos piensen igual. El objetivo debería ser que todos piensen.

Y al final ocurre algo curioso. Muchas veces se puede llegar al mismo destino utilizando caminos completamente distintos. Se puede movilizar una sociedad desde el miedo o se puede movilizar desde la esperanza. Se puede empujar mediante la rabia o se puede inspirar mediante el amor. Se puede conducir desde el resentimiento o se puede conducir desde la conciencia. Ambos caminos generan movimiento, pero no generan el mismo tipo de personas. Porque mientras unos aprenden a seguir objetivos señalados por otros, los otros aprenden a construir criterio propio.

Y quizá ahí está toda la diferencia. Porque a unos los mueve el amor. Y a otros… sabrá Dios qué los mueve.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio