Historia de terror

Cuenta la historia que, hace muchos años, un grupo de desalmados, malhechores y barbajanes puso sus ojos sobre un pequeño pueblo próspero. No llegaron con espadas ni con fusiles. Llegaron con sonrisas. Con discursos perfectamente ensayados. Con promesas de riqueza, de justicia, de cambio y de un futuro maravilloso.

Poco a poco fueron convenciendo a la gente sencilla de que ellos eran la solución. Y la gente comenzó a creerles. Los aplaudían. Los defendían. Los seguían con una fe casi religiosa. Quien se atrevía a cuestionarlos era señalado como enemigo del pueblo. Ya no importaban los hechos. Bastaban las palabras.

Los rufianes avanzaban sin resistencia. Descubrieron que era mucho más fácil conquistar un pueblo cuando lograban que sus habitantes dejaran de pensar por sí mismos. Cuando conseguían que dejaran de cuestionar. Cuando lograban que vieran las malas acciones y, aun así, las justificaran con entusiasmo.

Entonces comenzaron su verdadero trabajo.

No fueron destruyendo el pueblo de un solo golpe. Lo hicieron lentamente. Pusieron a unos vecinos contra otros. Sembraron desconfianza. Hicieron que las personas dejaran de creer en las instituciones que durante décadas habían sostenido la paz y el progreso de aquella comunidad. Convencieron a muchos de que todo estaba podrido, de que nada servía y de que únicamente ellos podían salvarlos.

Mientras los habitantes discutían entre sí, los malhechores seguían avanzando. Cada pelea entre ciudadanos era un paso más para ellos. Cada institución debilitada era una puerta abierta. Cada mentira repetida mil veces se convertía en una nueva herramienta para acercarse a su verdadero objetivo.

Y un día, cuando ya el camino parecía completamente despejado, cuando creyeron haber derrotado toda resistencia, decidieron ir por las joyas de la corona.

Entraron confiados. Sonreían. Estaban convencidos de que nada podría detenerlos.

Pero entonces ocurrió algo que jamás imaginaron.

Las joyas no estaban al alcance de cualquiera.

Estaban encerradas dentro de una enorme caja fuerte. Inviolable. Inalterable. Inabrible. Construida muchas décadas atrás por hombres sabios que entendieron que los pueblos pueden equivocarse, que los gobiernos cambian, que los líderes van y vienen, que las pasiones ciegan y que, algunas veces, las mayorías también se dejan seducir por quienes prometen demasiado.

Sobre aquella inmensa caja fuerte, grabadas en letras doradas que brillaban incluso en la oscuridad, podían leerse cinco palabras:

Constitución Política de Costa Rica.

Fue entonces cuando comprendieron que los verdaderos padres de aquella nación no habían construido una simple caja para guardar las joyas. Habían construido un sistema para protegerlas de cualquiera que algún día quisiera apropiarse de ellas.

Y aunque muchos ignorantes ciudadanos del pueblo les entregaron alma, vida y corazón, junto con llaves, claves y accesos, la caja seguía sin poder abrirse.

NOTA: Para continuar, los Sinpe (8708-9830) son necesarios.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio