
Cada persona termina sacando de sí lo que lleva en el corazón. Esa es una realidad que no se puede obviar ni evitar. Por eso, tal vez el esfuerzo más importante no debería estar en cuidar lo que sale de nosotros, sino en cuidar lo que absorbemos. Procurar tener una vida feliz, justa, con valores, con principios y, ojalá, guiada por un propósito. Porque al final, tarde o temprano, todo aquello que dejamos entrar terminará manifestándose en nuestra manera de hablar, de reaccionar y de tratar a los demás.
En los meses anteriores y en los actuales, muchas personas parecen haberse convertido en seres de otro mundo, o al menos de otro país. Personas que viven generando discordia, insultos y odio. Y muchas veces nos hemos preguntado qué fue lo que las transformó. Yo cada vez estoy más convencido de que nada las transformó. Simplemente apareció alguien que las escogió y las seleccionó precisamente por lo que guardaban en el corazón, convirtiendo a muchas de ellas en personas dañinas y peligrosas para una sociedad.
Metafóricamente hablando, es como si alguien llegara y levantara la tapa del inodoro. Irremediablemente sabemos lo que se encuentra ahí. No fue quien levantó la tapa quien produjo aquello; simplemente dejó al descubierto lo que había estado almacenado durante años. Así ocurre también con muchas personas. Lo que hoy vemos salir de ellas no nació ayer. Ha estado guardado durante mucho tiempo en su corazón.
Muchas de esas personas no odian un hecho puntual. Odian en general. Si gana un equipo de fútbol, despotrican contra el otro. Si miles de personas celebran una marcha llena de colores, atacan a cada uno de los participantes, inventan historias atroces y luego se golpean el pecho proclamando su propia santidad frente a lo que consideran pecado. Si un diputado pertenece a un partido distinto al suyo, inmediatamente sueltan todo el veneno que llevan dentro. Cambia el tema, cambian las personas, pero el odio siempre encuentra un nuevo destinatario.
Nada se puede hacer con quienes han decidido convertir su corazón en un basurero, para no volver a decir excusado. Esa es una decisión profundamente personal. Cada uno cosecha lo que siembra. Cada uno vive a partir de lo que lleva adentro. Y mientras unos cultivan paz, respeto y compasión, otros alimentan diariamente el resentimiento, el desprecio y la agresión.
Para algunos esta reflexión podrá parecer insignificante. Tal vez incluso me gane algunos insultos que, al final, no harán más que confirmar la teoría de la que estoy hablando. Pero no, no es un asunto insignificante. Es un problema profundamente serio. Porque muchos de esos están «educando» —y las comillas son completamente intencionales— a los rufianes del mañana.