La solidaridad no puede ser selectiva

Hoy vi una publicación que comparaba la tragedia que vive Venezuela con la celebración de la Marcha del Orgullo en Costa Rica. El mensaje afirmaba que, mientras un pueblo llora, aquí no es momento de celebrar. Y aunque entiendo perfectamente el dolor que existe por la situación que atraviesan miles de venezolanos, la publicación me dejó una reflexión mucho más amplia.

Me pregunté si la persona que hizo esa publicación ha dejado de salir a comer desde que comenzó la tragedia venezolana. Si dejó de ir al cine. Si suspendió reuniones familiares. Si canceló cumpleaños. Si renunció a pasear un fin de semana o a disfrutar cualquier momento de alegría. Tal vez sí. No lo sé. Y precisamente porque no lo sé, no quiero juzgarla. Pero esa misma prudencia me lleva a pensar que, muchas veces, utilizamos el sufrimiento de un pueblo solamente cuando sirve para reforzar una posición que ya teníamos sobre otro tema.

Porque la realidad es que Venezuela lleva años atravesando una crisis profundamente dolorosa. Mientras tanto, el resto del mundo ha seguido viviendo. Se han celebrado conciertos, campeonatos mundiales, carnavales, festivales, fiestas nacionales, matrimonios, graduaciones y miles de actividades en todos los países del planeta. Nosotros mismos hemos seguido celebrando cumpleaños, Navidad, Año Nuevo y muchas otras fechas especiales mientras los venezolanos continuaban sufriendo. Y eso no significa necesariamente indiferencia. Significa que la vida continúa, aunque el dolor de otros pueblos nunca deba dejar de importarnos.

Lo que me llama la atención es que este tipo de comparaciones casi siempre aparecen cuando la actividad que se quiere cuestionar ya genera rechazo en quien publica el mensaje. Rara vez vemos publicaciones diciendo que no debía jugarse una final de fútbol, realizarse un concierto, celebrarse una feria gastronómica o una fiesta popular porque Venezuela sigue sufriendo. Sin embargo, cuando la actividad coincide con algo que esa persona desaprueba, entonces el sufrimiento de un pueblo aparece como argumento principal. Y ahí es donde la reflexión deja de ser sobre Venezuela y pasa a ser sobre nosotros.

La solidaridad no puede ser un recurso argumentativo. No puede utilizarse solamente cuando fortalece una posición ideológica, política, religiosa o moral. Si realmente nos duele Venezuela, ese dolor debería estar presente todos los días. Debería impulsarnos a ayudar, a donar, a informar, a orar, a apoyar a los migrantes venezolanos que viven entre nosotros y a mantener viva la conciencia sobre lo que allí ocurre. Pero utilizar el sufrimiento de millones de personas únicamente para desacreditar una actividad con la que no estamos de acuerdo corre el riesgo de convertir ese dolor en una herramienta de debate, en lugar de un verdadero acto de empatía.

Tal vez el verdadero homenaje que podemos hacerle al pueblo venezolano no sea dejar de celebrar un evento específico. Tal vez sea comprometernos de verdad con quienes han tenido que abandonar su país, con quienes han perdido familiares, con quienes viven separados de sus hijos o con quienes aún esperan poder regresar a la tierra que aman. Porque la solidaridad auténtica no aparece únicamente cuando conviene a nuestro argumento. La solidaridad auténtica permanece, incluso cuando nadie está mirando.

Y esa diferencia, para mí, lo cambia todo.

Y todavía me queda una última pregunta. ¿Qué ha pasado con Ucrania? ¿Qué ha pasado con Gaza? ¿Acaso desde que comenzaron esas tragedias dejamos de celebrar cumpleaños, de ir al cine, de salir a comer o de reunirnos con nuestras familias? ¿O es que, por hablar idiomas diferentes al nuestro, su sufrimiento pesa menos? ¿Nuestra solidaridad depende del idioma que hablen las víctimas? ¿El argumento aparece únicamente porque Venezuela habla español y sentimos una cercanía cultural mayor? Si la empatía es auténtica, no debería distinguir entre idiomas, fronteras, religiones o banderas. El dolor humano no necesita traducción. Y precisamente por eso, nuestra solidaridad tampoco debería necesitarla.

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