
Hace algunos meses, mientras Costa Rica atravesaba la campaña electoral, empecé a escribir sobre ciudadanía, civismo y, poco a poco, también sobre política. No desde la militancia partidaria, ni desde el deseo de convertirme en vocero de nadie, sino desde una inquietud muy personal: comprender mejor el país que habitamos y aportar, desde mis posibilidades, a una conversación pública más serena, más consciente y más humana. Sin haberlo planeado demasiado, la vida me fue llevando a territorios que hasta entonces no conocía. Empecé a conversar con personas con quienes nunca antes había hablado, a sentarme con expresidentes de la República, expresidentes de la Asamblea Legislativa, candidatos presidenciales, diputados, figuras públicas y personas que durante años había conocido únicamente a través de las noticias. Y así, casi sin darme cuenta, fui adquiriendo una visibilidad que no busqué de manera calculada, pero que la vida me fue entregando.
Con esa visibilidad llegaron también las interpretaciones. Podía ocurrir que una mañana estuviera desayunando con don Álvaro Ramos y su familia, que al mediodía almorzara con don Juan Carlos Hidalgo, que en la tarde conversara con doña Elizabeth Odio Benito y que en la noche visitara la casa de doña Ana Virginia Calzada. Y entonces aparecía la sospecha inmediata: ¿con quién está Vinicio?, ¿a quién apoya?, ¿de qué lado se encuentra?, ¿a quién se vendió? Pero la respuesta siempre ha sido mucho más sencilla de lo que algunos imaginan. No me vendí a todos, y tampoco me vendí a uno. No me vendí a nadie. He intentado mantener una posición neutral desde el inicio, no porque carezca de criterio, sino porque mi criterio no le pertenece a ningún partido político. Mi libertad consiste precisamente en poder conversar con quien quiera, escuchar a quien piensa distinto, reconocer lo valioso donde aparezca y cuestionar lo que considere incorrecto sin tener que pedir permiso a una estructura partidaria.
Por eso puedo reunirme con diputados oficialistas y con diputados de oposición. Puedo publicar una fotografía con don Óscar Arias, a quien considero mi amigo, y escuchar de inmediato todo tipo de señalamientos. Puedo aparecer junto a Ariel Robles, del Frente Amplio, y entonces otros creerán haber descubierto finalmente mi militancia. Puedo reírme con Claudia Dobles y, para algunos, esa imagen será prueba suficiente de que ya conocen mi identidad política. Pero nadie sabe por quién voté, porque esa decisión pertenece al espacio privado de mi conciencia. No soy de ningún partido político. El día de las elecciones fui, emití mi voto y regresé a mi vida. Mi carro, mi ropa, mis símbolos externos y mi trabajo cotidiano llevan el nombre de Apacigua, porque esa es la causa que ocupa hoy casi todas mis horas: apaciguar tu ser interior y contribuir a reconstruir, desde las raíces de nuestra historia, una forma más consciente de ciudadanía.
Eso soy yo. Un hombre que intenta construir sin convertirse en propiedad de nadie. Un ciudadano que quiere conservar la libertad de sentarse a la mesa con personas distintas, no para parecer importante, sino para escuchar, comprender y aprender. Un escritor que observa. Un coach de vida que mira a las personas no solamente por lo que fueron, sino también por lo que podrían llegar a ser. Y esa parte es importante, porque mi trabajo me ha enseñado que nadie debería quedar condenado para siempre a la peor versión que mostró en algún momento de su historia. Las personas cambian. Evolucionan. Aprenden. A veces se transforman profundamente. Otras veces no. Pero yo necesito mirar cada historia con la apertura suficiente para descubrirlo antes de emitir una sentencia definitiva.
Recientemente me encontré, en una de esas circunstancias inesperadas de la vida, leyendo un artículo de Kevin Casas. Lo comenté, él respondió, y esa respuesta terminó llevándome a escribir nuevamente sobre su figura y sobre lo que sus palabras me hicieron pensar. Yo no tengo idea de si Kevin Casas mantiene hoy aspiraciones políticas, si las tendrá en el futuro cercano o lejano, o si su vida se encuentra completamente alejada de ese mundo. No se lo pregunté y, honestamente, no me importa para el análisis que estoy haciendo. Lo que estoy observando no es una candidatura ni una estrategia. Estoy observando a una persona, sus palabras, su trayectoria, sus posibles cambios y aquello que su manera actual de escribir podría revelar sobre su evolución humana.
Después de terminar el artículo sobre Kevin, recibí un mensaje de Julia Ardón. Me felicitó por lo que había escrito y me preguntó si había leído otro texto suyo. No lo había leído. Ella me lo envió. Y al hacerlo abrió una nueva puerta de observación que, como coach de vida y como escritor, no puedo simplemente ignorar. Porque cuando uno encuentra señales de reflexión, arrepentimiento, aprendizaje o transformación en la historia de una persona, tiene la responsabilidad de detenerse a mirar con atención. No para absolver automáticamente. No para condenar nuevamente. Sino para comprender.
Por eso haré una publicación más sobre Kevin Casas. La escribiré desde el mismo lugar desde el que intento escribir todo lo demás: desde mi neutralidad, desde Apacigua, desde mi experiencia como coach y desde mi vocación de escritor. No para convertirlo en héroe ni para devolverlo a ninguna posición pública. Tampoco para borrar el pasado. Lo haré porque creo que las personas merecen ser observadas en movimiento, no únicamente congeladas en el peor momento de sus vidas.
Quizá esta sea la mejor manera de explicar quién soy yo.
No soy el hombre de la fotografía con un político determinado. No soy el acompañante circunstancial de una figura pública. No soy la persona que algunos intentan encerrar dentro de una bandera partidaria según con quién me vean esa semana. Soy alguien que conversa, escucha, observa, duda, analiza y escribe. Soy alguien que quiere conservar la libertad de reconocer lo bueno incluso en quien alguna vez decepcionó, y de señalar lo incorrecto incluso en quien aprecia.
Soy neutral, pero no indiferente.
Soy independiente, pero no distante.
Y sigo creyendo que una sociedad madura necesita menos etiquetas y más capacidad de mirar a las personas completas.
Si vos querés saber quién soy, léeme. Pero hacelo desde mis letras, desde mi trabajo y desde mis logros, no desde tus sesgos ni desde tu imaginación. Porque en tu imaginación yo puedo convertirme en lo que querés que sea, pero eso no significa que sea quien verdaderamente soy. No me busqués únicamente en una fotografía, en una mesa compartida o en una conversación con alguien distinto. Buscame en lo que escribo, en lo que construyo, en lo que sostengo y en aquello que me atrevo a cuestionar, incluso cuando hacerlo incomoda.