
Hay una diferencia que me parece interesante entre muchos de quienes hoy apoyan al oficialismo y muchos de quienes se identifican con la oposición.
Estos últimos siguen viviendo la política. Analizan propuestas, estudian proyectos de ley, fiscalizan al Gobierno, observan a los posibles candidatos, comparan ideas, buscan soluciones y discuten el rumbo que debería tomar el país. Algunas veces llegarán a conclusiones acertadas y otras veces se equivocarán. Así funciona la democracia. Pensar no garantiza tener siempre la razón, pero sí mantiene viva la participación ciudadana.
En cambio, pareciera que para muchos oficialistas el proceso terminó el día de las elecciones. Escogieron un candidato, ese candidato ganó y, desde entonces, cualquier análisis posterior dejó de tener importancia. Ya no se trata de evaluar decisiones, de señalar errores o de reconocer aciertos. Se trata simplemente de respaldar. Pase lo que pase.
Y eso me parece preocupante.
Porque en una democracia el voto no representa el final de la responsabilidad ciudadana. Representa apenas el comienzo. A partir de ese momento corresponde observar, preguntar, exigir cuentas, reconocer lo que se hace bien y señalar lo que se hace mal. Exactamente igual con cualquier gobierno.
La democracia necesita ciudadanos activos, no aficionados. Necesita personas capaces de cambiar de opinión cuando la evidencia lo justifica, de apoyar una buena propuesta aunque provenga de un adversario político y de cuestionar una mala decisión aunque la tome alguien por quien votaron.
Al final, una democracia no se fortalece cuando los ciudadanos defienden incondicionalmente a una persona. Se fortalece cuando defienden, por encima de cualquier persona, al país.