
Me pregunto si hoy fui insultado o si solamente recibí un intento de insulto. Todavía no lo sé.
Todo comenzó cuando alguien me envió por mensaje privado cuatro caritas verdes, con expresión de náusea, y un cono de fiesta. Por separado no significaban mucho para mí y, juntas, menos. Como no pude descifrar qué pretendía comunicarme, decidí responderle en tono gracioso:
—Llevo 2 horas y 13 minutos descifrando el mensaje.
La respuesta llegó rápidamente:
—Y nunca lo va a entender.
En ese momento comprendí que probablemente estaba frente a un intento de insulto. Pensé, además, que por su propio bien era mejor que no recurriera a palabras soeces. Cuando otras personas lo han hecho, Facebook ha terminado eliminando sus cuentas de oficio.
Escribí una respuesta, pero después decidí borrarla y dejar el asunto hasta ahí. Sin embargo, casi inmediatamente volvió a escribirme:
—No vi el mensaje que mandó. Quizás es mejor.
Por supuesto, le respondí:
—No lo entenderías.
Debí haberle tocado alguna fibra. Aun así, debo reconocer que se mantuvo dentro de ciertos márgenes de educación, y eso se lo agradezco. Muchas personas que parecen compartir su manera de pensar suelen ser bastante menos agradables.
Entonces escribió:
—Y mejor que no lo entienda. Los comentarios zurdos no vienen conmigo.
¿Comentarios zurdos?
Aquella era mi oportunidad para descubrir, de una vez por todas, qué significa ser “zurdo”. Ya me han aplicado esa palabrita varias veces, pero casi siempre viene acompañada de insultos, descalificaciones o ataques, de modo que nunca hay espacio para preguntar qué quieren decir exactamente.
Esta vez parecía tener enfrente a un cartaginés educado. Era un buen momento para conseguir una respuesta.
Le pregunté:
—¿Qué es ser zurdo? Cuando me dicen así, la verdad es que no sé a cuál de mis descripciones se refieren.
Como respuesta me envió una ilustración y agregó:
—La mejor decepción que le puedo dar. Me retiro porque la verdad no me gusta perder tiempo.
La ilustración mostraba un cerebro acompañado por la leyenda: “Cerebro del zurdo promedio”. Según el dibujo, los zurdos son personas con rencor social, odio, educación sesgada, adoctrinamiento e historia manipulada.
Lo primero que pensé fue que, como yo no suelo considerarme una persona promedio, aquella descripción tal vez debía aplicárseme de una manera todavía más intensa. Es decir: superrencoroso, superodioso, superadoctrinado y supermanipulado.
Pero inmediatamente recapacité.
Esa descripción, con todos sus “súper”, no corresponde necesariamente a una persona de izquierda. Se parece mucho más a la descripción del fanático político promedio, sin importar si pertenece a la oposición o al oficialismo.
Es la descripción de quien está cegado por un líder. De quien todo lo aplaude. De quien jamás cuestiona, nunca fiscaliza y no acepta ninguna crítica. De quien confunde la lealtad con la obediencia y la convicción con la renuncia a pensar.
Entonces me tranquilicé.
Aquella ilustración no era para mí.
Le escribí que, a partir de la imagen que me había enviado, podía comprender que yo no era zurdo. También le expliqué que había pensado que me llamaban así por ser oposición, por ser gay, por ser evangélico o por no tener una posición política más definida que mi actitud crítica frente al oficialismo.
Incluso llegué a pensar que quizá me consideraban comunista.
Pero tampoco.
Finalmente le pregunté:
—¿Y cómo sabés, a partir de esa ilustración, que vos no sos el zurdo?
Lamentablemente, no volvió a responder.
Qué lástima.
La verdad es que me habría gustado continuar la conversación. Quería comprender algunas cosas. Aunque también es posible que aquello que mueve a personas como él ni siquiera sea completamente comprendido por ellas mismas, y que por eso nunca hubiera obtenido una verdadera respuesta.
Aun así, lamento que no escribiera más.
Encontrarse con alguien que, según me pareció, piensa de esa manera, pero escribe sin faltas ortográficas y consigue comunicarse sin recurrir directamente a palabras vulgares, es casi como encontrarse con un jaguar sin dientes.
Uno puede contemplar su belleza, admirar su apariencia y observarlo con cierta curiosidad, pero sin correr el peligro de que, al darle la espalda, termine mordiéndolo.