
Hace unos días publiqué una ilustración creada con inteligencia artificial para acompañar mi artículo “¿Insultado?”. La imagen mostraba un jaguar comiendo sopa frente a la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, en Cartago. Llevaba el nombre del artículo y mi firma como autor.
Poco después descubrí que alguien tomó la ilustración sin mi autorización, eliminó el título, borró mi nombre y le agregó un mensaje sobre valores familiares y principios cristianos.
No voy a compartir las fotografías ni señalar públicamente a la persona. No me interesa iniciar una discusión personal. Pero la situación me pareció profundamente contradictoria.
Resulta curioso utilizar el trabajo ajeno, modificarlo y borrar la autoría para publicar un mensaje sobre valores. Es una interesante manera de demostrarlos.
A veces hablamos de honestidad, respeto, familia, fe y principios como si fueran palabras decorativas que podemos colocar sobre una imagen. Sin embargo, los valores no se encuentran en lo que proclamamos, sino en la manera en que actuamos cuando nadie nos está vigilando o cuando creemos que nuestras acciones no tendrán consecuencias.
Respetar el trabajo de otra persona también es un valor. Reconocer la autoría es un valor. Pedir permiso es un valor. No apropiarse de lo ajeno es un valor.
Los principios no deberían funcionar únicamente cuando nos convienen ni aplicarse solamente a las conductas de los demás. Un valor que desaparece cuando interfiere con nuestros deseos deja de ser un valor y se convierte apenas en un discurso.
Tal vez antes de publicar mensajes sobre principios cristianos y valores familiares convendría preguntarnos si nuestras propias acciones son coherentes con aquello que estamos intentando enseñar.
Porque los valores no se escriben sobre una imagen.
Se demuestran.
Por Vinicio Jarquín