Kevlo

Artista

Por Vinicio Jarquín

14 de julio de 2026

Le pedí una entrevista a Kevlo y, con la amabilidad de quien disfruta las buenas conversaciones, aceptó sin darle demasiadas vueltas al asunto.

Fue él quien escogió el lugar. Un café de su gusto, en el centro de San José, pero lo suficientemente apartado como para que el bullicio de la ciudad no lograra atravesar sus paredes. Afuera, la capital seguía moviéndose con la velocidad de siempre. Adentro, en cambio, solo se escuchaba una música suave de fondo y los cuchicheos de otros comensales que parecían haberse puesto de acuerdo para no interrumpir ninguna conversación. Más tarde comprendería que esa elección no había sido casual. Para hablar de ciertos temas, Kevlo prefiere que el ruido no compita con las palabras.

No temía llegar tarde, pero aun así logré estar en el lugar antes de la hora acordada. Me senté, abrí mi cuaderno y esperé. Unos minutos después lo vi entrar.

No es un hombre especialmente alto ni corpulento. Sin embargo, desde el primer instante transmite una presencia difícil de explicar. Camina con aplomo, con una seguridad tranquila, sin esfuerzo aparente. Sonríe con naturalidad, saluda con cercanía y, mientras avanza entre las mesas, resulta inevitable notar que algunas personas vuelven la mirada para reconocerlo o simplemente para preguntarse quién es aquel hombre que acaba de entrar al café.

Cuando finalmente tomó asiento frente a mí, entendí que aquella presencia no dependía de la estatura ni de la voz. Dependía de la forma en que ocupa el espacio.

Había abierto mi cuaderno dispuesto a tomar apuntes desde el primer momento, pero no tardé en volver a cerrarlo. Muy pronto comprendí que intentar escribir mientras él hablaba significaba perderme buena parte de la conversación. Kevlo comunica con las manos, con los gestos, con las pausas, con las miradas y con cada movimiento del cuerpo. Sus ideas parecen recorrerlo entero antes de convertirse en palabras. Mientras habla, la expresión acompaña cada frase y el lenguaje corporal termina diciendo tanto como la voz.

Pensé que pocas personas consiguen eso. Hay quienes hablan bien. Hay quienes se expresan bien. Y hay otras que convierten toda su presencia en una forma de comunicación. Kevlo pertenece a ese último grupo. Mientras pedíamos el café, tuve la impresión de que aquella conversación sería cualquier cosa, menos rutinaria.

Mientras el café llegaba a la mesa, le pregunté por qué había escogido precisamente ese lugar.

La respuesta fue casi inmediata. Me dijo que los cafés siempre le han parecido espacios donde las ideas encuentran mesa. Lugares donde las personas llegan a conversar, a debatir, a celebrar una buena noticia o, algunas veces, a despedirse de alguien. Cada mesa, me hizo pensar mientras lo escuchaba, guarda una historia distinta.

Confesó que le gusta esa energía. No la del bullicio, sino la de las conversaciones que suceden alrededor. Personas que hablan en voz baja, que ríen, que discuten, que planean proyectos o simplemente dejan pasar el tiempo acompañadas por una taza de café.

Entonces comprendí mejor por qué había descartado cualquier otro escenario. No necesitaba un lugar espectacular. Necesitaba un lugar donde las palabras pudieran respirar.

Me dijo que una buena conversación merece un espacio donde el ruido no compita con las ideas. Y mientras pronunciaba esa frase, la música seguía sonando discretamente al fondo, como si el mismo café quisiera darle la razón.

Miré alrededor por un instante. Nadie levantaba la voz. Cada mesa parecía vivir su propia historia sin invadir la de los demás. Pensé que, a lo mejor, eso era exactamente lo que Kevlo buscaba: un sitio donde el ambiente acompañara la conversación sin intentar convertirse en protagonista.

Era una elección muy parecida a su forma de comunicar. Todo estaba ahí por una razón. Nada parecía colocado al azar.

En algún momento le pregunté qué objeto tendría que estar sobre la mesa para que una conversación realmente pareciera suya. Sonrió. La respuesta fue tan breve como  contundente. Sus lentes. Me dijo que son casi una extensión de su cara.

Volví a mirarlo. Tenía razón. Era uno de esos objetos que terminan formando parte de la identidad de una persona. No parecían un accesorio ni un elemento pensado para construir una imagen. Eran, simplemente, parte de él. Tan naturales que, después de unos minutos de conversación, uno deja de notarlos porque ya pertenecen al rostro de quien los lleva.

Entonces comprendí que, si algún día alguien quisiera dibujar la escena de aquella entrevista, probablemente bastaría con una mesa, dos tazas de café, un cuaderno cerrado y los lentes de Kevlo descansando por un instante entre una idea y la siguiente.

También le pregunté cuál era, para él, el mejor momento del día para tener una conversación como aquella. No dudó. Las tardes.

Me explicó que, a esa hora, el día ya bajó el ritmo. Las obligaciones más urgentes quedaron atrás y las personas, casi sin darse cuenta, empiezan a hablar con menos prisa. Las respuestas dejan de competir con el reloj y las conversaciones adquieren otra profundidad.

Miré por la ventana del café. La luz comenzaba a suavizarse y el movimiento de la ciudad ya no tenía la misma intensidad de unas horas antes. Era una de esas tardes en las que nadie parece tener necesidad de levantarse inmediatamente de la mesa.

Pensé que, probablemente, Kevlo tenía razón.

Hay conversaciones que solo ocurren cuando el día deja de empujar a las personas y les permite, por fin, detenerse a escucharse.

Mientras lo escuchaba, tuve una impresión que ya no me abandonaría durante el resto de la conversación. Kevlo parece tener una capacidad muy particular para convertir momentos cotidianos en escenas memorables. No habla solamente de un café o de una tarde cualquiera. Habla de la música de fondo, del ritmo de la ciudad, de la hora adecuada, del lugar preciso. Hay algo profundamente romántico en su manera de mirar la vida, como si estuviera siempre dispuesto a construir el mejor escenario posible para cada encuentro. No sé si lo hace de manera consciente, pero da la impresión de que, incluso antes de comenzar una conversación, ya está escribiendo la historia que esa conversación podría llegar a ser.

Desde ese momento, recién empezando nuestro encuentro, yo ya añoraba que pudiera llegar a ser más de uno, y que en otro momento, y en otra cafetería, pudiéramos seguir la conversación, aunque todavía no sabía si esta charla podría tener una segunda parte.

A medida que la conversación avanzaba, me di cuenta de que muchas personas probablemente tienen una idea incompleta de quién es Kevlo.

Le comenté que la mayoría de la gente lo conoció a través de un video en redes sociales y quise saber si esa primera impresión coincidía con la forma en que él se ve a sí mismo.

Sonrió, como si fuera una confusión con la que ya aprendió a convivir. Me explicó que muchas personas lo consideran un influencer simplemente porque fue así como lo descubrieron. Sin embargo, él no se define de esa manera. Se considera, antes que cualquier otra cosa, un artista.

Los videos, me dijo, son apenas uno de los muchos lenguajes que utiliza para comunicar. También escribe, hace música, dirige sus propios videos musicales, produce contenido, trabaja como director creativo y, más recientemente, ha comenzado a escribir artículos. Mientras enumeraba todo eso, comprendí que para él cada disciplina no compite con las demás. Todas forman parte de una misma necesidad de crear.

Hubo una idea que repitió de distintas maneras durante la conversación y que me pareció importante.

No le interesa publicar por publicar. Detrás de cada video, explicó, hay investigación, análisis y una intención muy clara. Nada aparece simplemente para llenar un espacio o seguir una tendencia. Antes de encender una cámara ya existe una idea que ha sido pensada, revisada y trabajada.

Mientras lo escuchaba, tuve la impresión de que el video, para Kevlo, no es el destino final. Es apenas el vehículo.

La conversación siguió avanzando y, casi de manera natural, le pregunté cómo lo describiría alguien que lo conoce desde hace muchos años.

No necesitó demasiado tiempo para responder. Cree que hablarían de él como un artista y como un líder innato. También dirían que es una persona determinada, muy directa, profundamente honesta y creativa.

Entonces recordó algo que lo hizo sonreír. Me contó que amigos que lo conocen desde hace más de treinta años todavía suelen hacerle la misma pregunta: «¿Cómo se te ocurren esas cosas?»

Mientras lo decía, pensé que quizá esa pregunta resume mejor que cualquier descripción la forma en que quienes lo rodean lo han visto durante toda su vida. No parece tratarse de una creatividad que apareció con las redes sociales ni con la exposición pública. Es una manera de mirar el mundo que lo acompaña desde hace décadas y que, con el paso del tiempo, simplemente encontró nuevos escenarios para expresarse.

Hubo un momento en que la conversación dejó de girar alrededor del artista y empezó a acercarse a la persona. Quise saber qué parte de Kevlo nunca vemos.

La respuesta fue tan clara como inmediata. Nada de su vida personal aparece en redes sociales. Ni su familia. Ni sus amigos. Sus plataformas, me explicó, existen para comunicar su arte.

Mientras lo escuchaba, comprendí que esa separación no parecía responder al misterio ni al deseo de generar curiosidad. Más bien era una decisión profundamente consciente. Hay una frontera que decidió trazar hace mucho tiempo y que procura respetar todos los días. Su trabajo pertenece al espacio público. Su vida personal, no.

En una época donde pareciera existir una competencia permanente por exponer cada rincón de la intimidad, Kevlo tomó el camino contrario. No necesita mostrar su vida para validar su trabajo. Prefiere que las personas conozcan aquello que crea, no necesariamente todo aquello que vive.

Esa respuesta me llevó, casi sin darme cuenta, a hacerle otra pregunta. Si nadie lo estuviera mirando, si no existieran cámaras, redes sociales ni escenarios, ¿quién sería Kevlo?

La respuesta volvió a sorprenderme por su sencillez. Exactamente el mismo.

Me explicó que su cabeza nunca se apaga. Siempre está leyendo algo, escribiendo una idea, investigando un dato o imaginando un proyecto nuevo. La creatividad, según él, no aparece cuando enciende una cámara. La cámara apenas alcanza a registrar una pequeña parte de todo lo que ocurre constantemente en su mente.

Mientras lo escuchaba, entendí que muchas personas probablemente imaginan que el personaje nace cuando comienza la grabación. Él sostiene exactamente lo contrario. La cámara no lo transforma. La cámara apenas consigue seguirle el paso por unos minutos.

Quizá por eso transmite una sensación de autenticidad tan difícil de fabricar. No parece interpretar un papel cuando comunica. Da la impresión de que simplemente continúa siendo la misma persona, solo que, esta vez, alguien decidió apuntarle una cámara.

A esa altura de la conversación ya tenía la impresión de que Kevlo era una persona intensa para pensar, pero quería descubrir cómo era cuando simplemente disfrutaba de la vida.

Le pregunté qué cosas lograban hacerlo reír de verdad. Su respuesta volvió a sorprenderme.

Me dijo que se ríe muy seguido. Que, en realidad, sacarle una carcajada es mucho más fácil de lo que la gente imagina. No hizo referencia a un tipo específico de humor ni a una situación extraordinaria. Más bien explicó que, cuando una conversación logra atraparlo de verdad, la risa aparece con absoluta naturalidad. Para él, reír no es solamente una reacción; es una señal de que está completamente presente, de que realmente conectó con la persona que tiene enfrente.

Mientras lo escuchaba, pensé que esa facilidad para reír resulta curiosa en alguien cuyas publicaciones suelen abordar temas complejos, políticos o sociales. Quizá precisamente por eso valora tanto esos momentos. La risa parece convertirse en una especie de descanso entre tantas ideas que permanentemente ocupan su cabeza.

Después quise saber qué logra conmoverlo.

Esta vez la respuesta fue inmediata. Los animales.

No necesitó desarrollar demasiado la idea para que se entendiera. Me dijo que la capacidad que tienen para amar sin condiciones siempre logra tocarlo profundamente. Mientras pronunciaba esas palabras, comprendí que hablaba desde un lugar muy personal, con una sensibilidad que pocas veces aparece en sus publicaciones.

Era interesante descubrir esa faceta. Muchas personas lo conocen por sus opiniones, por sus críticas o por sus análisis, pero detrás de todo eso existe alguien que encuentra una enorme belleza en una forma de afecto que no necesita explicaciones, argumentos ni condiciones para existir.

Entonces la conversación volvió a desplazarse hacia otro lugar. Quise saber qué hace cuando nadie espera nada de él. No habló de descansar. Tampoco de desconectarse. Me respondió que disfruta prácticamente cualquier forma de expresión artística, aunque existe una que ocupa un lugar muy especial en su vida. La música.

Me explicó que siempre termina regresando a ella. Que cuando las palabras dejan de alcanzar, cuando una idea ya no cabe dentro de una conversación o de un artículo, la música aparece como otro lenguaje posible. Mientras hablaba, tuve la impresión de que no establecía diferencias entre sus distintas formas de crear. Para él, escribir, cantar, producir, dirigir o comunicar parecen formar parte de una misma necesidad interior. Simplemente cambia el idioma con el que expresa una idea.

En ese momento la conversación tomó un giro inesperado. Le pregunté si existía algún ritual que repitiera casi todos los días. Entonces me habló de algo muy personal.

Me explicó que forma parte del espectro autista y que la rutina no representa una obligación, sino una parte natural de quién es. Lejos de vivirla como una limitación, pareciera haber aprendido a convertirla en una estructura que le permite desarrollar toda su creatividad.

Describió su día casi como si estuviera leyendo el guion de una película perfectamente organizada.

Se despierta siempre a la misma hora. Lo primero que hace es alimentar a su gato, Lila. Después dedica alrededor de treinta minutos a despertar a Daisy y a Churro, sus dos perros de once años, porque —me dijo entre sonrisas— levantarse de la cama les toma bastante más tiempo que a él.

Cuando finalmente los tres están listos, se trasladan juntos a la cocina para preparar el desayuno mientras él aprovecha para leer las noticias del día. Después comienza la jornada laboral, trabaja de ocho de la mañana a cinco de la tarde, asiste al gimnasio, escribe todos los días al regresar y luego continúa filmando contenido.

Escuchándolo, comprendí que detrás de la aparente espontaneidad de sus videos existe una disciplina enorme. Mucho de lo que el público percibe como inspiración probablemente nace, en realidad, de una rutina cuidadosamente construida.

Todo, me dijo, está organizado en una agenda. Y, por la forma en que lo contaba, tuve la impresión de que esa organización no limita su creatividad. La sostiene.

Antes de dejar ese tema quise preguntarle si existía algún compañero inseparable en su vida. No habló de personas. Habló de sus animales. Sus dos perros y su gato.

No necesitó agregar mucho más. Después de escucharlo describir las primeras horas de cada mañana, entendí que ellos no ocupan un lugar secundario dentro de su rutina. Forman parte de ella. Acompañan sus despertares, marcan el ritmo de sus días y, de alguna manera, también aparecen silenciosamente detrás de buena parte del equilibrio que proyecta.

Mientras terminaba de hablar de ellos, tuve la sensación de que ya no estábamos conociendo únicamente al comunicador que miles de personas siguen en redes sociales.

Estábamos empezando a conocer al ser humano que existe mucho antes de que se encienda la cámara.

En algún momento sentí que ya conocía bastante al hombre que tenía sentado al otro lado de la mesa. Pero todavía no sabía cómo había comenzado todo.

Cómo un artista termina convirtiéndose también en una de las voces que hoy participan activamente en la conversación nacional.

Fue entonces cuando le pedí que regresara al principio. No empezó hablándome de videos virales, de redes sociales ni de seguidores. Empezó hablándome del dolor.

Me contó que atravesó un trastorno depresivo grave, la agorafobia y una ansiedad que le tomó años superar. Lo dijo con serenidad, sin dramatizar ni convertir esa etapa en el centro de su historia. Era, simplemente, una parte del camino que necesitaba explicar para que el resto tuviera sentido.

Fue durante ese proceso cuando comenzó a escribir canciones. Canciones sobre las máscaras que había cargado mientras intentaba salir adelante. Una de ellas terminaría convirtiéndose en un punto de inflexión. «El Pisuicas».

Más que una canción, terminó siendo una metáfora sobre una forma muy costarricense de enfrentar la realidad. Como él mismo la describe, habla de ese tico al que puede estárselo llevando el Pisuicas y que, aun así, encuentra espacio para hacer un chiste y seguir caminando.

Mientras escribía el guion del video musical decidió llevar esa idea todavía más lejos. Transformó la canción en una sátira sobre la realidad nacional y, casi sin proponérselo, descubrió que la conversación alrededor de la obra empezaba a crecer por sí sola.

Me explicó que, mientras promocionaba aquella canción, comenzó a conversar con las personas sobre los temas que aparecían en ella. Una conversación llevó a otra y, sin haberlo planificado, fueron naciendo los tres formatos que hoy identifican buena parte de su trabajo: Escuelita para Jaguares, ¿Y usted qué hace aquí? y AJÁ! News.

Mientras lo escuchaba, comprendí que su trayectoria no había sido el resultado de una estrategia cuidadosamente diseñada.

Más bien parecía la consecuencia natural de alguien que fue siguiendo las preguntas que iban apareciendo en el camino.

Entonces quise saber si recordaba el momento exacto en que comprendió que miles de personas ya no solo consumían su contenido, sino que realmente estaban prestando atención a lo que decía.

Su respuesta volvió a sorprenderme. No habló de un video con millones de reproducciones. No habló de estadísticas. Ni de seguidores. Me llevó hasta la Marcha Pride. Fue ahí donde entendió que algo había cambiado.

No por la cantidad de fotografías que le pidieron ni por el reconocimiento público, sino porque las personas comenzaron a acercarse para contarle sus propias historias. Algunos simplemente querían darle las gracias. Otros le confesaban que uno de sus videos los había impulsado a investigar un tema por cuenta propia, a buscar información adicional o a cuestionarse cosas que antes habían dado por ciertas.

Mientras describía esos encuentros, tuve la impresión de que ese fue el verdadero punto de quiebre. No cuando aumentó su audiencia. Sino cuando descubrió que sus publicaciones ya no terminaban al apagarse la pantalla. Continuaban en las conversaciones de otras personas.

Fue entonces cuando entendió que ya no estaba haciendo solamente contenido. Estaba generando conversaciones. Y quizá esa diferencia explique buena parte de todo lo que vino después.

Mientras terminábamos el café, le hice una pregunta que, a primera vista, parecía un simple ejercicio de imaginación. Quise saber cómo creía que sería hoy su vida si nunca hubiera decidido publicar contenido. Pensé que tal vez hablaría de otra profesión, de algún proyecto distinto o de un camino completamente alejado de la exposición pública.

Se quedó pensándolo apenas un instante y respondió con una sinceridad que terminó provocando una sonrisa en ambos. «Sumamente aburrida.»

La respuesta fue tan corta que, por un momento, pareció no necesitar ninguna explicación. Pero mientras seguíamos conversando comprendí que no estaba hablando únicamente de las redes sociales. Hablaba de la necesidad permanente que tiene de crear, de investigar, de comunicar y de transformar ideas en algún tipo de expresión artística. Me dio la impresión de que, incluso si nunca hubiera abierto una cuenta en ninguna plataforma, habría terminado buscando otro escenario donde hacer exactamente lo mismo. Porque lo que realmente lo mueve no es la publicación en sí, sino el impulso de construir algo nuevo y compartirlo con los demás. La creatividad, entendí una vez más, no llegó a su vida con Internet. Simplemente encontró allí un lugar donde hacerse visible.

Aquella respuesta me llevó naturalmente a preguntarle por el otro lado de esa exposición. Si tanta gente lo reconoce hoy en la calle, si tantas personas sienten que ya lo conocen por haber visto sus videos, debía existir también un costo que pocas veces aparece frente a la cámara.

Kevlo me confesó que lo más difícil no son las críticas ni los comentarios en redes sociales.

Lo más difícil ocurre unos segundos antes de cada encuentro.

Me explicó que nunca sabe cómo va a reaccionar la persona que acaba de reconocerlo. La enorme mayoría de esas experiencias, aseguró, han sido extraordinariamente positivas. Personas que se acercan con cariño, que quieren agradecerle un video, contarle una historia o simplemente saludarlo. Sin embargo, admitió que siempre existe una pequeña incertidumbre. Ese instante en el que todavía no sabe si quien camina hacia él lo hace con admiración, con curiosidad, con una pregunta o con una crítica.

Mientras lo escuchaba, pensé que debe ser una sensación muy particular. Aprender a convivir con personas que sienten conocerte, cuando en realidad nunca han compartido una conversación con vos. Esa incertidumbre dura apenas unos segundos, pero se repite una y otra vez, en cada lugar público, en cada café, en cada actividad y en cada caminata por la ciudad.

Él no habló de miedo. Tampoco de desconfianza. Más bien describió esa sensación como una pequeña pausa antes del encuentro, una especie de respiración breve que desaparece apenas comienza la conversación. Porque, según me dijo, casi siempre termina comprobando que la gente se acerca con respeto y con afecto. Y quizá esa sea una de las recompensas silenciosas de dedicar tantos años a comunicar desde la honestidad: descubrir que, detrás de la pantalla, la inmensa mayoría de las personas siguen siendo exactamente eso… personas.

Hasta ese momento habíamos hablado de creatividad, de ideas, de proyectos y de todo lo que había construido con el paso de los años. Pero sentí curiosidad por saber si, en algún momento del camino, había estado cerca de abandonar todo aquello.

La respuesta comenzó con una aclaración que cambió por completo el sentido de la pregunta. Me dijo que nunca pensó en dejarlo todo. Simplemente hubo un momento en que ya no pudo continuar.

Retrocedió hasta el año 2019, cuando lanzó su primer álbum, Maldito Día. Era un proyecto que representaba mucho más que un conjunto de canciones. Era el resultado de un proceso creativo y personal que venía construyéndose desde hacía mucho tiempo y que, finalmente, veía la luz. Sin embargo, poco después el mundo entero cambió de manera inesperada.

La pandemia llegó sin pedir permiso y, como ocurrió con millones de personas, también cambió radicalmente sus planes. Me explicó que se vio obligado a retomar un trabajo de oficina y dejar la música en un segundo plano. No fue una decisión artística ni una pérdida de motivación. Fue una necesidad. Había responsabilidades que atender y, en aquel contexto, sobrevivir ocupó el lugar que antes tenía la creación.

Mientras hablaba, tuve la impresión de que esa pausa le dolía más de lo que sus palabras dejaban ver. Porque una cosa es decidir detener un proyecto y otra muy distinta es sentir que las circunstancias te obligan a hacerlo.

Entonces llegó la frase que terminó explicándolo todo. Alejarse del arte tuvo un costo mucho más alto de lo que imaginaba. No habló de dinero. No habló de fama. Ni siquiera habló de oportunidades perdidas. Habló de una ausencia.

Como si una parte importante de quien era hubiera tenido que permanecer en silencio durante demasiado tiempo. Escuchándolo comprendí que, para algunas personas, el arte no es un pasatiempo que puede ponerse en pausa cuando las condiciones cambian. Es una forma de respirar. Y cuando esa posibilidad desaparece, la vida puede seguir adelante, sí, pero algo esencial deja de ocupar el lugar que le corresponde.

Quizá por eso, cuando el arte volvió a encontrar espacio en su vida, ya no regresó como un lujo ni como un entretenimiento. Regresó como una necesidad de volver a ser él mismo.

La conversación había recorrido buena parte de su historia y de su proceso creativo, pero todavía quería entender qué precio había tenido que pagar por vivir tan expuesto públicamente.

No me refería a los comentarios en redes sociales ni a las críticas, sino a esos cambios silenciosos que casi nunca se ven desde afuera.

Kevlo guardó unos segundos de silencio antes de responder. Me dijo que la mayor renuncia no había sido material. Había sido la espontaneidad.

Explicó que, con el paso del tiempo, aprendió que cada palabra tiene consecuencias. Que cualquier frase dicha en un contexto determinado puede terminar circulando aislada de todo lo demás, interpretada de maneras muy distintas o utilizada para sostener una idea que nunca fue la intención original.

Mientras hablaba, comprendí que esa es una carga que pocas personas alcanzan a dimensionar. La mayoría tenemos el privilegio de equivocarnos en una conversación privada y dejar que el tiempo se lleve el error. Quienes viven expuestos descubren que una frase puede sobrevivir mucho más que la intención con la que fue pronunciada.

Por eso, me explicó, hoy piensa mucho más antes de hablar. No porque haya dejado de ser espontáneo por naturaleza. Sino porque aprendió que la espontaneidad también exige responsabilidad. Cada publicación, cada entrevista, cada comentario y cada video pasan primero por un filtro que antes no existía. Se pregunta cómo podría entenderse una frase, qué interpretación podría recibir y si realmente comunica aquello que desea decir.

No lo describía como una limitación. Lo entendía como parte del oficio.

Hubo una idea que me quedó dando vueltas mientras lo escuchaba. Muchas personas creen que la libertad de expresión consiste únicamente en poder decir cualquier cosa. Kevlo parece entenderla de otra manera.

Para él, la libertad de hablar también implica la responsabilidad de hacerlo bien.

Y quizá esa sea una diferencia importante. Porque, cuando alguien sabe que miles de personas pueden escuchar una sola frase, descubre que hablar ya no consiste únicamente en expresar una opinión. También consiste en hacerse responsable de las palabras que uno decide dejar en el mundo.

Después de hablar del costo que implica vivir tan expuesto, sentí la necesidad de llevar la conversación hacia un terreno más personal. Quise saber quiénes habían sido las personas que realmente habían dejado huella en su vida.

Esperaba escuchar nombres. Tal vez familiares. Tal vez maestros. Tal vez amigos. Sin embargo, Kevlo volvió a sorprenderme con una respuesta que decía mucho precisamente porque decía poco.

Me respondió que ellas saben perfectamente quiénes son. Y añadió una frase que, a mi juicio, revela una forma muy particular de entender el afecto. Procura que nunca tengan que adivinar lo importantes que son para él.

Mientras repetía esas palabras, pensé que existe una diferencia enorme entre sentir gratitud y expresarla. Muchas personas quieren profundamente a quienes las rodean, pero suponen que el otro ya lo sabe. Kevlo, en cambio, parece convencido de que el cariño también necesita pronunciarse. Que las personas importantes no deberían descubrir, muchos años después, el lugar que ocupaban en nuestra vida.

Me pareció una respuesta profundamente coherente con alguien que vive comunicando. Porque comunicar, entendí en ese instante, no consiste solamente en hablar de política, de arte o de actualidad. También consiste en decirles a las personas que uno quiere cuánto significan, mientras todavía están ahí para escucharlo.

La conversación tomó entonces otro rumbo. Le pregunté si existía alguien a quien admirara profundamente, aunque pensara muy distinto a él.

No mencionó un nombre. Ni un artista. Ni un político. Ni un filósofo. Me respondió que admira profundamente a cualquier persona capaz de cambiar de opinión cuando la evidencia lo exige. La respuesta me hizo guardar silencio unos segundos.

Vivimos en una época donde cambiar de opinión suele interpretarse como una debilidad. Muchas personas prefieren defender una idea equivocada antes que reconocer públicamente que encontraron mejores argumentos. Kevlo parece pensar exactamente al revés.

Para él, la capacidad de rectificar no disminuye a una persona. La engrandece. Me explicó que esa cualidad vale mucho más que coincidir con él. Porque dos personas pueden pensar igual por casualidad o por conveniencia, pero hace falta humildad intelectual para abandonar una postura cuando los hechos demuestran que ya no se sostiene.

Mientras lo escuchaba, tuve la impresión de que esa idea también explica buena parte de su forma de comunicar. Más que buscar personas que le den siempre la razón, parece valorar a quienes todavía conservan la capacidad de hacerse preguntas, revisar sus propias certezas y permitir que la realidad cambie aquello que antes creían indiscutible.

No deja de ser una forma muy particular de entender la admiración. No admirar a quien nunca cambia. Sino a quien tiene el valor de hacerlo cuando la verdad se lo exige.

La conversación había ido recorriendo distintas etapas de su vida, pero todavía quería entender cuál era el principio que sostenía todo lo demás. Más allá del artista, del comunicador o del creador de contenido, quería descubrir cuál era ese valor que intentaba defender incluso cuando nadie lo estaba observando.

Kevlo no necesitó pensarlo demasiado. Me respondió con tres palabras. La verdad. La transparencia. Y la lealtad.

No hizo falta que elaborara un largo discurso. Después añadió una frase que terminaba de explicar el peso que esas tres ideas tienen en su vida: sin ellas, simplemente no sabe construir absolutamente nada. Mientras lo escuchaba, comprendí que no estaba hablando únicamente de relaciones personales. También hablaba de su trabajo, de sus proyectos, de sus equipos, de su forma de crear y, probablemente, de la manera en que intenta vivir. Me dio la impresión de que esos tres valores funcionan como una especie de columna vertebral. Todo lo demás puede cambiar con el tiempo, pero si alguno de ellos desaparece, siente que deja de tener un terreno firme sobre el cual construir.

Aquella respuesta me llevó naturalmente a otra pregunta, quizá un poco más difícil. Después de hablar de aquello que procura defender todos los días, quise saber qué aspecto de sí mismo había aprendido a aceptar con el paso de los años.

Pensé que mencionaría algún rasgo de su personalidad o alguna limitación con la que todavía lucha. Sin embargo, volvió a responder desde un lugar distinto. Me dijo que ya no piensa tanto en términos de defectos. Lo que aprendió fue a aceptarse completo. Lo bueno y lo malo.

Mientras pronunciaba esas palabras, tuve la impresión de que detrás de esa respuesta existían muchos años de aprendizaje personal. No sonaba a resignación ni a conformismo. Sonaba, más bien, a alguien que entendió que pelear permanentemente contra uno mismo termina consumiendo una energía que podría utilizarse para crecer. Aceptarse, comprendí mientras lo escuchaba, no significa renunciar a mejorar. Significa dejar de vivir en guerra con aquello que inevitablemente también forma parte de uno.

Después de recorrer ese terreno tan personal, la conversación volvió, casi sin darnos cuenta, al país. Le pregunté qué era lo que todavía le daba esperanza cuando observaba el rumbo que lleva Costa Rica.

Por primera vez durante toda la entrevista sentí que la respuesta llegaba con un peso diferente. Me confesó que le cuesta encontrar esa esperanza. Ve un país cada vez más dividido, menos dispuesto a escuchar y demasiado acostumbrado a convertir las diferencias en enfrentamientos. No intentó maquillar ese diagnóstico ni ofrecer un optimismo artificial. Era evidente que esa preocupación forma parte de su manera cotidiana de mirar la realidad.

Pero la respuesta no terminó ahí. Después de unos segundos añadió que, aun así, sigue creyendo profundamente en la gente. No habló de partidos. No habló de gobiernos. Ni siquiera habló de instituciones. Habló de personas.

De esos costarricenses que todavía prefieren hacerse preguntas antes que repetir consignas, que conservan la curiosidad suficiente para investigar por cuenta propia y que todavía están dispuestos a escuchar antes de condenar.

Mientras lo escuchaba, pensé que esa idea aparecía una y otra vez a lo largo de toda nuestra conversación. En distintos momentos había hablado de investigar, de pensar, de cuestionar, de no aceptar las cosas únicamente porque alguien las afirma. Ahora comprendía que no eran ideas aisladas. Formaban parte de una misma forma de entender la ciudadanía.

Quizá, al final, esa sea también su mayor esperanza. No que aparezca alguien con todas las respuestas. Sino que nunca desaparezcan las personas que todavía se atreven a formular las preguntas correctas.

Después de recorrer buena parte de su historia personal, sentí que era momento de regresar al país. No al país de las discusiones diarias ni al de los titulares que cambian cada mañana, sino a ese país que uno imagina cuando piensa en el futuro y deja de lado, por un momento, las diferencias políticas.

Le pregunté qué Costa Rica soñaba, más allá de los temas que comunica todos los días. La respuesta fue breve, pero contenía mucho más de lo que parecía.

Me dijo que sueña con una Costa Rica justa, libre y donde la educación vuelva a ser motivo de orgullo nacional.

Mientras lo escuchaba, tuve la impresión de que esas tres ideas no habían sido elegidas al azar. La justicia habla de igualdad de oportunidades. La libertad habla de una sociedad donde las personas puedan pensar, expresarse y construir su propio camino. Y la educación, quizás la palabra que pronunció con mayor convicción, aparecía como el cimiento sobre el cual podrían sostenerse las otras dos.

No habló de grandes obras. No habló de promesas. Ni de gobiernos. Volvió a hablar de personas. Porque, al final, una educación que vuelve a ser motivo de orgullo no transforma únicamente a los estudiantes. Termina transformando a todo un país.

La conversación ya se acercaba a su final. El café hacía rato había dejado de humear y las mesas alrededor comenzaban a ocuparse por nuevos clientes. Miré el reloj por un instante y comprendí que llevábamos varias horas conversando sin haber sentido el paso del tiempo.

Quise hacerle entonces una última pregunta. Le pedí que imaginara que, dentro de diez años, alguien encontrara este mismo artículo y lo leyera por primera vez. ¿Cómo le gustaría ser recordado?

Kevlo no necesitó construir una explicación larga. Respondió con una frase que, sospeché, llevaba mucho tiempo viviendo dentro de él. «Como el artista que se cayó y no se calló.»

La repetí mentalmente varias veces mientras él permanecía en silencio. No dijo «el artista que nunca cayó». Tampoco «el artista que siempre tuvo éxito». Eligió otra historia.

La de alguien que conoció el dolor, las pausas obligadas, las dudas y los tropiezos, pero que decidió seguir creando, seguir hablando y seguir utilizando el arte como una forma de enfrentar la realidad.

Mientras lo escuchaba, comprendí que aquella frase no resumía únicamente su carrera. Resumía, de alguna manera, toda la conversación que acabábamos de tener. Porque, desde el principio hasta el final, Kevlo nunca intentó presentarse como alguien extraordinario. Prefirió mostrarse como alguien que, aun después de caer, decidió que el silencio nunca sería una opción.

Ya solo quedaba una pregunta. No era sobre su carrera. No era sobre su música. Ni siquiera sobre su trabajo como comunicador. Era una invitación a dejar una sola idea para quienes, todos los días, deciden escucharlo.

Le pregunté qué frase le gustaría dejarles si supiera que sería la última.

Kevlo no respondió con un eslogan ni con una frase cuidadosamente diseñada para cerrar una entrevista. Prefirió contarme una historia.

Recordó una conversación con una persona cercana que, en algún momento, le dijo que la política no le interesaba y que no veía ninguna utilidad en mantenerse informado.

Mientras repetía aquella conversación, todavía parecía recordar con claridad el momento. Me dijo que su respuesta había sido inmediata.

Le explicó que muchas personas creen que pueden mantenerse al margen de lo que ocurre en el país porque, por el momento, nada parece afectar directamente sus vidas. Pero esa tranquilidad, le dijo, suele durar solamente hasta que las decisiones públicas terminan golpeando aquello que cada uno considera seguro. Le puso un ejemplo muy concreto. Si una empresa extranjera concluye que el país dejó de ofrecer las condiciones necesarias para continuar operando y decide marcharse, quienes antes pensaban que la política era un asunto ajeno descubrirán demasiado tarde que nunca lo fue.

Mientras lo escuchaba, comprendí que aquella reflexión iba mucho más allá de una conversación entre dos personas. Era una forma de explicar por qué insiste tanto en que las personas se informen, pregunten, contrasten versiones y participen. Porque, para él, la indiferencia nunca elimina los problemas. Únicamente hace que otros los resuelvan por nosotros.

Entonces llegó la frase con la que decidió cerrar nuestra conversación. «La memoria también es una forma de libertad. Cuando un pueblo olvida su historia, cualquiera puede escribirle una nueva.» Después guardó silencio. No hizo falta agregar nada más.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre las dos tazas vacías de café, mientras la ciudad seguía moviéndose al otro lado de la ventana. Pensé que esa frase no estaba dirigida únicamente a quienes siguen su trabajo. Era, en realidad, una invitación para cualquiera que crea que recordar, aprender y cuestionar siguen siendo actos necesarios para cuidar una sociedad.

Quizá esa sea, también, la razón por la que Kevlo insiste tanto en comunicar. No solamente para hablar del presente. Sino para evitar que, algún día, olvidemos cómo llegamos hasta aquí.

La tarde ya empezaba a despedirse. La luz que entraba por las ventanas del café había cambiado por completo. Ya no iluminaba con la fuerza de unas horas antes; ahora parecía anunciar, con calma, que la noche no tardaría en llegar. O quizá no la anunciaba. Quizá la prometía.

Miré mi cuaderno, casi lleno, y comprendí que solo quedaba una pregunta. No era una pregunta mía. Era la única que él debía hacerse. Sonreí y le recordé el compromiso con el que habíamos comenzado aquella conversación.

—¿Cuál es esa pregunta que siempre esperaste que alguien te hiciera y nunca llegó?

Kevlo no respondió de inmediato. Durante unos segundos pareció mirar más allá del café, como si buscara la respuesta en algún lugar donde nunca antes había tenido necesidad de buscarla. Finalmente habló.

La pregunta, dijo, sería muy sencilla. «¿Quién es Kevlo?»

Después respondió con la misma serenidad. Me dijo que es un artista que encontró en la información otra forma de hacer arte. Que algunas personas llegaron hasta él por un video y otras por una canción. Pero que, con el tiempo, le gustaría que todas comprendieran que nunca fueron caminos distintos. Siempre fueron el mismo.

Mientras pronunciaba esas palabras comprendí que, efectivamente, toda nuestra conversación había girado alrededor de esa idea sin decirla de manera explícita. La música, los videos, los artículos, el humor, las críticas, las investigaciones y hasta la manera en que observa la realidad forman parte de una sola identidad creativa.

No existen varios Kevlo. Existe uno solo. Simplemente cambia el lenguaje con el que decide expresarse. Nos quedamos unos segundos en silencio. No era un silencio incómodo. Era ese tipo de silencio que aparece cuando una conversación ya dijo todo lo que tenía que decir.

Comencé a guardar mi cuaderno y pensé que la escena terminaría exactamente como había empezado. Imaginé que él se levantaría, acomodaría sus lentes, sonreiría con esa misma tranquilidad con la que había llegado y caminaría hacia la puerta. Yo me quedaría unos segundos más, viéndolo alejarse entre las mesas del café antes de perderse nuevamente entre la gente. Pero no ocurrió así.

Nos levantamos al mismo tiempo. Sonreímos. Y salimos juntos hacia la acera.

Por un instante pensé en despedirme con un abrazo. Sin embargo, recordé algo que había surgido durante nuestra conversación y preferí no imponer un gesto que quizá pudiera resultar inoportuno para él. Dejé ese abrazo pendiente.

No como una distancia. Sino como una posibilidad. Tal vez para la próxima vez. Quizá cuando sea él quien quiera volver a verme, ya sea para otra entrevista o, simplemente, porque aquel café tuvo un sabor distinto. Porque aquella conversación dejó un aroma particular.

Y porque algunas conversaciones, igual que el buen café, no terminan cuando se vacía la taza. Simplemente dejan el deseo de volver a sentarse frente a la misma mesa… o a otra.

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