
Durante mucho tiempo hemos repetido una frase que parece una virtud: «Yo no me meto en política». Algunos la dicen porque están cansados. Otros porque sienten que nada cambiará. Otros simplemente porque no quieren discutir con familiares, amigos o compañeros de trabajo. Y aunque esa decisión es perfectamente comprensible, tiene un efecto que pocas veces analizamos: mientras la gente buena guarda silencio, otros ocupan el espacio.
No hablo solamente de política. Hablo de la conversación nacional. De las redes sociales. De los medios. De las reuniones familiares. De los grupos de WhatsApp. De los lugares donde poco a poco se va formando el clima emocional de un país.
Las personas respetuosas suelen pensar dos veces antes de hablar. Procuran ser justas. Se preguntan si tienen toda la información. Intentan no herir innecesariamente a los demás. Mientras tanto, quienes no tienen esos frenos hablan primero, hablan más fuerte y hablan todos los días. No porque tengan mejores argumentos, sino porque no sienten la necesidad de medir el impacto de sus palabras.
Así, casi sin darnos cuenta, comenzamos a creer que representan a la mayoría. Pero muchas veces no es cierto. Simplemente son quienes hacen más ruido.
La historia demuestra que las sociedades no cambian únicamente porque aparezcan personas malas o líderes irresponsables. También cambian cuando las personas buenas se convencen de que su voz ya no hace diferencia. El vacío nunca permanece vacío. Siempre alguien lo ocupa.
Apaciguar no significa retirarse de la conversación pública. Tampoco significa aceptar cualquier comportamiento para evitar conflictos. Mucho menos quedarse callado mientras se deteriora aquello que valoramos. Apaciguar significa intervenir de otra manera. Significa responder con argumentos donde otros responden con insultos. Significa conservar la serenidad cuando otros pierden el control. Significa defender principios sin necesidad de deshumanizar a quien piensa distinto.
No necesitamos convertirnos en personas agresivas para hacernos escuchar. De hecho, probablemente Costa Rica ya tiene suficientes gritos. Lo que hace falta es aumentar el número de voces firmes, educadas y valientes. Personas que no insulten, pero tampoco se escondan. Personas que no humillen, pero tampoco renuncien a defender aquello en lo que creen.
La democracia necesita ciudadanos activos, no espectadores permanentes. Necesita personas capaces de reconocer lo bueno, venga de quien venga, y de señalar lo incorrecto, sin importar quién lo haga. Necesita menos fanáticos y más ciudadanos. Menos seguidores ciegos y más personas con criterio propio.
Hay quienes creen que el respeto es una señal de debilidad. Yo pienso exactamente lo contrario. Es mucho más fácil insultar que argumentar. Es mucho más sencillo burlarse que construir. Es mucho más cómodo retirarse que participar. Lo difícil es permanecer sereno cuando alrededor todo invita a perder la calma.
Quizá la pregunta ya no sea por qué algunos hacen tanto ruido. Tal vez la pregunta correcta sea por qué tantos buenos ciudadanos decidieron bajar la voz.
Costa Rica no necesita más gritos. Necesita que la gente decente vuelva a hablar.