El país que también depende de nosotros

Es muy fácil mirar hacia arriba y señalar. Señalar al Gobierno, a la Asamblea Legislativa, al Poder Judicial, a las municipalidades, a las instituciones, a los partidos políticos y a quienes ocupan cargos públicos. Y muchas veces hay razones de sobra para hacerlo. Fiscalizar, cuestionar y exigir cuentas no solo es válido, sino necesario en una democracia. Pero hay una parte de la historia que rara vez queremos mirar: el país también depende de nosotros.

Costa Rica no se construye solamente desde los despachos, los salones de sesiones o las oficinas públicas. También se construye en las casas, en las aulas, en los comercios, en las calles, en las conversaciones familiares, en la manera en que tratamos a quien piensa distinto, en lo que compartimos en redes sociales y en aquello que decidimos tolerar. Cada vez que repetimos una mentira sin verificarla, insultamos a alguien por pensar diferente o celebramos la humillación de otra persona, también estamos construyendo país. Solo que estamos construyendo uno peor.

Nos gusta creer que los problemas nacionales siempre vienen de otros. De quienes gobiernan, de quienes legislan, de quienes administran justicia, de quienes tienen poder o de quienes votaron distinto. Pero ningún deterioro social ocurre completamente solo. Para que la vulgaridad se convierta en lenguaje nacional, necesita personas que la repitan. Para que la mentira se convierta en verdad, necesita miles que la compartan. Para que el odio se convierta en fuerza política, necesita ciudadanos dispuestos a alimentarlo.

También ocurre lo contrario. La decencia puede expandirse. La serenidad puede contagiarse. La verdad puede abrirse camino. El respeto puede volver a tener prestigio. Pero para eso no basta con esperar que aparezca un gran líder que venga a salvarnos. Hace falta que cada uno asuma su propia responsabilidad. El país mejora cuando alguien decide no insultar, aunque podría hacerlo. Cuando una persona escucha antes de responder. Cuando alguien reconoce que se equivocó. Cuando un ciudadano defiende una institución, aunque la decisión de esa institución no le guste.

Un gobernante puede influir profundamente en el tono de una nación, pero no puede hacerlo solo. Necesita que la ciudadanía acepte ese tono, lo copie, lo justifique y lo convierta en costumbre. De la misma manera, ninguna transformación positiva puede sostenerse si la gente no está dispuesta a participar de ella. No podemos exigir respeto desde arriba mientras sembramos desprecio abajo. No podemos pedir transparencia mientras justificamos pequeñas trampas. No podemos hablar de democracia mientras tratamos al adversario como si no tuviera derecho a existir.

Defender Costa Rica no siempre requiere una marcha, un discurso o una gran acción pública. Algunas veces comienza con algo mucho más sencillo: negarse a participar en la destrucción cotidiana. No compartir el rumor. No celebrar el insulto. No atacar a una persona por su apariencia, su edad, su origen o sus ideas. No convertir la diferencia en enemistad. No permitir que el cansancio nos vuelva indiferentes.

El país que queremos no aparecerá únicamente porque cambie un gobierno, porque se elija una nueva Asamblea o porque una institución tome una buena decisión. El país que queremos necesita ciudadanos capaces de comportarse como si ya vivieran en él. Personas que no esperen a que todo cambie para comenzar a cambiar su manera de relacionarse con los demás.

Costa Rica también depende de vos. De tu voz, de tu silencio, de lo que defendés, de lo que tolerás, de lo que compartís y de la forma en que tratás a quienes no están de acuerdo con vos. No sos responsable de todo lo que ocurre en el país, pero sí sos responsable de la parte del país que construís cada día. Y esa parte, aunque parezca pequeña, también cuenta.

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