La democracia también consiste en soportarnos

Uno de los mayores logros de una democracia no es que todos pensemos igual. Es que podamos seguir viviendo juntos cuando pensamos diferente. Y, sin embargo, pareciera que estamos olvidándolo.

Hoy basta una opinión para que alguien deje de ser una persona y se convierta en una etiqueta. Ya no es un vecino, un compañero de trabajo, un familiar o un amigo de toda la vida. Ahora es «de los otros». Y una vez que logramos colocarle esa etiqueta, sentimos que todo está permitido: burlarnos, ridiculizarlo, insultarlo, dejar de escucharlo o incluso desear que le vaya mal. Eso no fortalece la democracia. La debilita.

Las democracias no fracasan solamente cuando desaparecen las elecciones o cuando se rompen las instituciones. También comienzan a deteriorarse cuando los ciudadanos dejan de verse como compatriotas y empiezan a verse como enemigos.

No estoy diciendo que todas las ideas tengan el mismo valor. Hay posiciones que considero profundamente equivocadas y otras que creo que representan un peligro para el país. Tampoco pienso que debamos renunciar a defender nuestras convicciones para evitar incomodar a alguien. Una democracia necesita personas con principios firmes.

Pero una cosa es combatir una idea, y otra muy distinta es destruir a la persona que la sostiene.

Cuando dejamos de distinguir entre ambas cosas, el debate desaparece y solo queda la confrontación.

El problema es que la confrontación permanente produce una extraña ilusión: comenzamos a creer que todo el país está dividido en dos bandos irreconciliables. Pero basta salir a la calle para descubrir otra realidad. La mayoría de los costarricenses sigue saludando al vecino, comprando en el mismo supermercado, compartiendo una mesa familiar, trabajando con personas que votan distinto y ayudando a quien lo necesita sin preguntarle primero por quién simpatiza.

La convivencia todavía existe. Lo que ocurre es que el conflicto hace mucho más ruido.

Las redes sociales amplifican las voces más extremas. Los algoritmos premian aquello que genera enojo. Los insultos viajan más rápido que los argumentos. La indignación recibe más atención que la serenidad. Poco a poco terminamos creyendo que esa es la única forma posible de participar en la conversación pública.

Yo me resisto a aceptarlo.

Creo que se puede ser firme sin ser ofensivo. Se puede denunciar sin humillar. Se puede cuestionar sin deshumanizar. Se puede defender la democracia utilizando herramientas democráticas.

No todo el que piensa diferente es una mala persona. Y tampoco todo el que coincide con nosotros tiene necesariamente la razón.

Quizá una de las pruebas más difíciles de madurez ciudadana sea esta: ser capaces de escuchar a alguien con quien estamos profundamente en desacuerdo, sin perder nuestras convicciones y sin perder el respeto.

Porque cuando el respeto desaparece, la democracia empieza a quedarse sin suelo.

Y cuando dejamos de vernos como compatriotas, el país entero comienza a perder algo mucho más valioso que una discusión: comienza a perder la posibilidad de seguir construyendo un futuro común.

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