El peligro de creer que ya lo sabemos todo

Hay una idea que suele pasar desapercibida y, sin embargo, puede convertirse en uno de los mayores enemigos de cualquier persona que tenga alguna responsabilidad sobre otros. Es la sensación de que ya no queda nada importante por aprender. No aparece de un día para otro. Llega lentamente, disfrazada de experiencia, de trayectoria o de reconocimiento. Comienza cuando alguien piensa que los años vividos sustituyen la necesidad de seguir estudiando, escuchando, observando y dejándose cuestionar. A partir de ese momento, el crecimiento se detiene, aunque la persona continúe ocupando cargos, dando discursos o tomando decisiones.

He conocido personas brillantísimas que, a pesar de sus conocimientos, conservan la humildad de hacer preguntas, de admitir que no tienen todas las respuestas y de reconocer que siempre existe alguien capaz de enseñarles algo nuevo. También he conocido personas con una preparación mucho más limitada, pero convencidas de que ya alcanzaron la verdad absoluta. Curiosamente, no suele ser el conocimiento el que produce arrogancia, sino la ilusión de que ya no hace falta seguir aprendiendo.

Lo mismo ocurre con las organizaciones, las empresas, las instituciones y los movimientos sociales. Aquellos que dejan de revisarse a sí mismos comienzan a repetir fórmulas que quizá funcionaron en el pasado, pero que ya no responden a los desafíos del presente. La experiencia es un enorme tesoro, siempre que no se convierta en una excusa para cerrar la puerta a nuevas ideas. Crecer no significa renunciar a los principios. Significa encontrar mejores maneras de vivirlos, comunicarlos y ponerlos al servicio de los demás.

Con frecuencia admiramos a quienes alcanzan posiciones de liderazgo, pero pocas veces nos preguntamos cuánto tiempo dedican a seguir preparándose. Esperamos que un médico estudie durante toda su carrera, que un piloto se actualice constantemente, que un ingeniero conozca las nuevas tecnologías y que un profesor nunca deje de aprender. Sin embargo, pareciera que aceptamos con demasiada facilidad que quienes conducen instituciones, organizaciones o movimientos puedan seguir tomando decisiones importantes utilizando únicamente las herramientas que adquirieron hace muchos años.

Creo que dirigir personas implica una responsabilidad que obliga a permanecer en aprendizaje permanente. No porque uno aspire a convertirse en un experto en todo, sino porque cada nueva experiencia ayuda a comprender mejor la complejidad del ser humano. Aprender a escuchar, a comunicar, a resolver conflictos, a trabajar en equipo, a reconocer los propios errores o a descubrir puntos ciegos no son habilidades que se adquieren una sola vez para toda la vida. Requieren práctica, humildad y la disposición de volver, una y otra vez, a revisar aquello que creemos saber.

Vivimos en una época donde resulta muy fácil aparentar conocimiento. Basta con hablar con seguridad para que algunos supongan que tenemos razón. Pero la verdadera autoridad no nace de parecer infalible. Nace de la coherencia entre lo que pensamos, lo que hacemos y la disposición que conservamos para seguir creciendo. Las personas más sabias que he conocido tienen algo en común: nunca actúan como si hubieran llegado al final del camino. Por el contrario, conservan la curiosidad de quien todavía se considera aprendiz.

Quizá esa sea una de las formas más sinceras de servir a los demás. No conformarse con lo que uno ya sabe, sino seguir preparándose para responder mejor a las responsabilidades que la vida pone delante. Porque quienes dejan de aprender terminan dirigiendo desde los recuerdos. En cambio, quienes mantienen viva la humildad de seguir creciendo también mantienen viva la posibilidad de servir cada día un poco mejor.

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