Viendo la maldad a los ojos

La vida me ha dado apapachos constantes, poniéndome en posiciones privilegiadas en muchos momentos importantes, y de alguna manera he estado alejado de problemas o circunstancias de esas que uno no quisiera vivir. No quiere decir que no haya tenido dificultades, pérdidas, golpes o momentos complicados, porque todos los tenemos, sino que, viendo mi vida en perspectiva, siento que ha sido generosa conmigo y que muchas veces me ha permitido caminar por lugares seguros, rodeado de personas que quiero y haciendo las cosas que disfruto.

En ese camino, y tal vez sin darme cuenta, se fue creando el concepto “Apacigua”, que no es, o no era al principio, más que lograr encontrar la calma dentro de mí, el centro y la estabilidad diaria, haciendo “barridos” constantes para saber cómo voy caminando, cómo hacerlo y si voy por el buen camino en la vida. Revisarme. Preguntarme. Corregir cuando sea necesario. Detenerme cuando corresponda y continuar cuando tenga claro hacia dónde voy. Apacigua nació mucho antes de convertirse en un nombre, un movimiento o una causa; nació como una manera personal de caminar por la vida.

El “Apacigua”, al principio, era como la resiliencia: el poder recuperarme muy rápido de las cosas que venían. Pero con la práctica y el paso de los años se convirtió en algo diferente: en un escudo o, mejor todavía, en una forma de poder esquivar lo que llegara con buena habilidad. O sea, aunque al inicio era la medicina o el parche para que una bala no me matara, luego se convirtió en aprender a esquivar las balas, de manera tal que no pudieran ni tocarme. No porque las balas dejaran de existir, sino porque uno aprende a reconocerlas, a ver de dónde vienen y, sobre todo, a decidir cuánto poder les concede.

Anoche, viviendo desde donde vivo, me asomé a la ventana del mundo y vi la maldad directo a los ojos. Vi actos que me parecieron despreciables, un comportamiento ruin que, desde mi percepción, viene de un lugar muy oscuro de alguien que lo ha alimentado a lo largo de una vida que no puedo ni imaginar y que vive circunstancias que, tengo que confesar, al principio hicieron que sintiera lástima por él, por su bajeza y por lo despreciable que me pareció lo que estaba haciendo. Pero después pensé que cada uno forja su propio camino, si es que tiene algún camino que desea seguir. Cada quien decide qué alimenta, qué construye, qué destruye y, finalmente, con qué versión de sí mismo quiere vivir.

Los ataques recibidos, en el pasado, me hubieran dolido como balas que pegan aunque no maten. Pero hoy no. Hoy puedo esquivar las balas. Sin embargo, hay algo que sí me duele mucho. De verdad, mucho. Y no tiene que ver solamente conmigo.

Desde hace meses, ustedes y yo hemos tenido bastante claro frente a quién estábamos aclarando puntos y marcando diferencias. Somos oposición. Cada uno tratando de llevar gente hacia sus ideas, defendiendo visiones diferentes del país y buscando llevar o mantener un gobierno de la manera en que cada sector considera correcta. Eso era comprensible. Era parte de la confrontación política, de las diferencias y hasta de la democracia misma. Pero darnos cuenta de lo que yo considero una traición a la democracia, eso sí dolió.

Pensábamos que éramos dos. Descubrir que somos tres, eso dolió.

Porque tengo que confesar que nunca pensé que desde el propio bloque democrático alguien intentara causar un daño que terminara afectando a la democracia. Estábamos preparados para mirar hacia el frente. Sabíamos quién estaba en la acera contraria, conocíamos sus argumentos, sus ataques, sus maneras y sus posiciones. Lo que no esperábamos era tener que mirar también hacia atrás. Nos atacaron desde adentro y no lo vimos venir.

Hoy le decía a una señora que se disculpó conmigo por haber dudado de mí que no se preocupara. Se lo dije de corazón. Entiendo perfectamente que entre más alguien me aprecia, mayor puede ser su decepción cuando le hacen creer determinadas cosas sobre mí. Es normal. Precisamente porque existe confianza, cualquier duda duele más. Y le explicaba esto mismo: estábamos preparados para discutir, debatir o incluso pelear democráticamente con los de la acera del frente; y, sin darnos cuenta, sentimos el golpe por la espalda.

Esto que sucedió, aunque me pone a pensar muchísimo, me deja como enseñanza conocer un poco más de cerca lo que puede ser la maldad humana. Espero que la lección me haya salido gratis. Pero también comprendí algo: el ataque realmente no fue solamente hacia mí. Yo puedo apagar Apacigua. Puedo cerrar mis redes y seguir viviendo mi vida como lo hacía antes de entregar dieciocho horas diarias a esta causa. Y aunque no es lo que quiero, puedo hacerlo. Tengo una vida, una familia, trabajo, proyectos, amigos, arte, escritura y muchas razones para levantarme cada mañana. Apacigua es una decisión que tomé, no una necesidad para existir. Por eso, lo que más me duele no es lo que intentaron hacerme a mí. Lo que más me duele es lo que les hicieron a ustedes, mis amigos demócratas.

Sí, a ustedes. A quienes luchan, trabajan y añoran la democracia y todo lo que buscamos. Porque anoche, desde mi perspectiva, cada uno de ustedes fue víctima de un ataque. O podría ser que no y que el tiempo termine demostrando que exagero el alcance de lo ocurrido. Pero hoy creo que el daño existe. Creo que la grieta que alguien creó se siente, y que lastima parte de los logros que habíamos alcanzado juntos. Porque cuando se introduce desconfianza entre personas que caminaban en una misma dirección, el daño no termina en aquel contra quien se lanzó el ataque. La sospecha se reparte, la duda se multiplica y la confianza, que cuesta meses o años construir, puede empezar a quebrarse en minutos.

Yo no soy político y, aunque algunos creen saber por quién voté, nadie lo sabe con certeza. Porque no es la política la que me mueve. No me mueven puestos públicos, candidaturas ni intereses personales. Lo que a mí me mueve es apaciguar, calmar, sosegar y acompañar a la ciudadanía costarricense. A mí me mueve la ciudadanía.

Yo soy oposición con todas sus letras, pero antes que cualquier etiqueta soy ciudadano. Y mi compromiso ha sido con cada uno de ustedes. No he hecho todavía un recuento de daños y quizá pueda sonar poco humilde que lo diga, pero por lo que Apacigua ha llegado a representar para muchas personas, siento que el ataque de ayer no terminó en mí. De alguna manera, cada uno de ustedes y yo fuimos lastimados y, con nosotros, también recibió un golpe la confianza que necesitamos para defender la democracia.

Tal vez por eso anoche vi la maldad a los ojos y descubrí algo que no sabía: que aprender a esquivar las balas no significa que deje de doler verlas dirigidas hacia la gente que uno quiere proteger.

Y quizá ahí comienza una nueva etapa de Apacigua. Porque apaciguar nunca significó cerrar los ojos frente a lo que ocurre. Significa poder verlo, reconocerlo, comprender su dimensión y aun así no permitir que nos robe el centro. Si alguna enseñanza me queda de todo esto, es que tendremos que aprender no solamente a mirar hacia la acera del frente. También tendremos que cuidar lo que sucede entre nosotros.

Sin convertirnos por eso en aquello que estamos tratando de evitar.

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