
Este 15 de septiembre celebramos a Costa Rica. Celebramos nuestra independencia, nuestra historia, nuestros símbolos, nuestros desfiles, nuestras escuelas, nuestras familias y esa sensación tan particular de pertenecer a este pequeño país que, con todas sus diferencias, sigue siendo la casa de todos. Por eso quisiera proponer algo sencillo para este día: una tregua. Una tregua política, una tregua en las redes, una tregua en las conversaciones que sabemos de antemano que pueden terminar mal.
No importa si usted está a favor o en contra del Gobierno. No importa si piensa que Costa Rica debe ir por un camino distinto al que otros defienden. No importa si ha discutido durante meses, si ha sentido enojo, frustración, miedo, entusiasmo o esperanza. Todo eso puede seguir existiendo. Una tregua no significa renunciar a nuestras ideas, ni cambiar de posición, ni callar para siempre. Significa simplemente decidir que, durante un día, no vamos a convertir cada espacio en un campo de batalla.
Este 15 de septiembre podríamos hacer algo distinto. No iniciar conversaciones calientes. No responder provocaciones. No contestar un comentario ofensivo con otro todavía peor. No entrar en discusiones interminables. No aprovechar una fotografía de un desfile, una bandera, una banda estudiantil o una familia celebrando para llevarla otra vez al terreno de la pelea política. Si alguien intenta provocarnos, podemos dejar pasar el comentario. Si alguien publica algo con lo que no estamos de acuerdo, podemos decidir que ese día no hace falta responder.
No se trata de ignorar la realidad. Se trata de escoger el momento. Hay temas que deben discutirse, cosas que deben reclamarse y asuntos que requieren firmeza. Pero no todo tiene que ocurrir todos los días, a toda hora y en cada espacio. También tenemos derecho a descansar de la contienda, a reconocernos como costarricenses y a disfrutar una fecha que nos pertenece a todos.
El 15 de septiembre es nuestra fecha patria. Es el día de los desfiles, de las bandas, de los uniformes escolares, de las banderas ondeando, de los niños caminando por las calles y de generaciones enteras recordando una historia común. Esa celebración merece, al menos por unas horas, estar por encima de nuestras diferencias políticas. Ningún gobierno, ningún partido, ninguna oposición y ninguna corriente ideológica debería apropiarse de ese día.
Tal vez una tregua de veinticuatro horas no cambie el país. Pero podría cambiarnos un poco a nosotros. Podría recordarnos que es posible no reaccionar a todo, que podemos escoger nuestras batallas, que no estamos obligados a contestar cada provocación y que pensar distinto no nos convierte automáticamente en enemigos.
Podemos celebrar sin preguntar primero de qué lado está el otro. Podemos mirar una bandera sin convertirla en una consigna. Podemos escuchar una banda escolar sin buscar una lectura política detrás de ella. Podemos ver pasar un desfile y recordar que quienes caminan ahí son nuestros niños, nuestros jóvenes, nuestros vecinos y nuestras comunidades.
Mañana habrá tiempo para volver a discutir lo que haya que discutir. Para cuestionar, defender, reclamar, disentir y argumentar. La democracia también está hecha de eso. Pero este 15 de septiembre podríamos regalarle a Costa Rica algo que parece pequeño y que, precisamente por eso, puede ser valioso: un día sin contienda. Una tregua por la patria.
No respondamos. No ofendamos. No provoquemos. No entremos en conversaciones calientes ni reaccionemos a ellas.
Solo por un día. Porque antes de estar de un lado o del otro, somos costarricenses.