No confíes en mí

Por supuesto que sí quiero que confíes en mí. Escogí ese título para este artículo como un enganche para que empieces a leerlo, porque lo que quiero decirte es de suma importancia. Y ahora que tengo tu atención, déjame explicarte. Yo sé que una inmensa mayoría de mis lectores confían en mí. Lo sé por sus mensajes, por sus comentarios, por las conversaciones que hemos tenido durante meses y por la cercanía que hemos construido. Pero también sé, y a ratos temo, que esa confianza pueda estar demasiado puesta sobre mi nombre: Vinicio Jarquín. Que llegue un momento en que, por el simple hecho de ver mi nombre encabezando un mensaje, un artículo, una publicación o incluso un WhatsApp, alguien piense automáticamente: “Si lo dice Vinicio, debe ser cierto”. Y necesito que eso cambie. No quiero que mi nombre se convierta en una certificación oficial de confianza. No quiero que una firma sustituya el criterio. No quiero que ustedes dejen de pensar simplemente porque algo aparece publicado con mi nombre.

Cuenta una historia —en una ciudad o país suramericano cuyo nombre no viene al caso— que existía un comunicador muy importante, seguido por cientos de miles de personas. Era una figura conocida, respetada y con una trayectoria que hacía que mucha gente confiara profundamente en sus opiniones, sus denuncias y sus mensajes. Un día, en medio de un gobierno autoritario, sus cuentas fueron intervenidas. Sus redes sociales, sus correos electrónicos y sus teléfonos dejaron de estar completamente bajo su control. Pero había un problema todavía mayor: su nombre ya tenía un enorme valor público. La gente confiaba en él. Por eso, cuando empezaron a aparecer mensajes escritos desde sus cuentas, desde su correo o incluso desde su número telefónico, muchas personas asumieron que necesariamente provenían de él. Algunas cosas les parecían extrañas, algunas frases no sonaban exactamente como las que normalmente utilizaba y algunos mensajes parecían contradictorios con lo que durante años había defendido. Pero el nombre estaba ahí. Y para muchos, el nombre fue suficiente.

Sin embargo, hubo otras personas que hicieron algo diferente. No confiaron ciegamente en el nombre, sino en la coherencia. Pensaron: “Esto no suena como él”, “esto contradice lo que siempre ha dicho”, “esta manera de expresarse no corresponde con la persona que conocemos”. Y comenzaron a cuestionar, a preguntar, a verificar y a contrastar. Esas personas fueron fundamentales para descubrir lo que estaba ocurriendo, porque entendieron algo que hoy quiero pedirles que recuerden conmigo: la identidad de una persona no está solamente en su nombre, sino también en la coherencia de lo que ha construido durante años.

Hoy quiero decirles algo parecido respecto a mí. Durante los últimos días me he enterado de que algunas personas han utilizado mi nombre para decir cosas que yo no he dicho. No conozco todavía todos los alcances ni sé exactamente qué mensajes han circulado. Por eso me parece importante hablarles directamente y pedirles algo muy sencillo: si reciben un mensaje mío, aunque venga acompañado de mi nombre, mi fotografía o incluso de mi número telefónico, no lo den automáticamente por auténtico. Lean primero. Piensen. Cuestionen.

Durante meses ustedes me han seguido. Me han leído. Han discutido conmigo, han estado de acuerdo y también han discrepado. Conocen mi manera de escribir, mis límites, mis preocupaciones y la forma en que intento relacionarme con la realidad del país. Saben dónde estoy parado. Saben que no soy político. Saben que no estoy buscando una candidatura. Saben que defiendo la democracia, el Estado de Derecho, la institucionalidad, los derechos humanos y nuestra Constitución. Saben también que he insistido una y otra vez en algo que para mí es fundamental: apaciguar no significa callar, sino intentar que la ciudadanía pueda actuar sin destruirse entre sí. Y saben que otra de mis prioridades ha sido siempre la seguridad y el bienestar de las personas. Ese conjunto de ideas, de principios, de maneras de expresarme y de comportarme forma parte de mi identidad mucho más que una firma debajo de un texto.

Por eso, si algún día reciben un mensaje que lleva mi nombre pero cuyo contenido contradice profundamente todo aquello que ustedes saben que he defendido, duden. Si reciben un mensaje agresivo, extraño, violento, incoherente o completamente contrario a lo que durante meses he sostenido públicamente, no piensen inmediatamente: “Vinicio cambió”. Primero pregúntense: ¿Esto realmente parece escrito por Vinicio? Y después verifiquen. Busquen si el mensaje aparece también en mis canales oficiales. Pregunten directamente. Contrasten con otras publicaciones. Revisen el contexto. No firmen cualquier cosa simplemente porque aparece mi nombre. No compartan cualquier mensaje solamente porque aparentemente salió de mi teléfono. No crean automáticamente un audio, un correo, una captura de pantalla o una publicación solo porque alguien haya puesto mi fotografía o mi firma.

Yo quisiera poder decirles que mi nombre es garantía absoluta de todo lo que aparece asociado a él. Me sentiría honrado si así fuera. Pero estamos viviendo tiempos tecnológicos demasiado complejos para pedirles semejante acto de fe. Hoy pueden copiar fotografías, pueden copiar estilos, pueden copiar voces, pueden falsificar mensajes, pueden intervenir cuentas y pueden utilizar el prestigio o la confianza acumulada alrededor de una persona para intentar convencer a quienes la siguen. Por eso quiero hacer algo que quizá parezca contradictorio: quiero protegerlos incluso de mi propio nombre.

Mi nombre en un artículo no es garantía absoluta de que ese artículo sea mío. Mi fotografía en una publicación tampoco. Un mensaje de WhatsApp enviado desde un número conocido tampoco debería sustituir su criterio. Una captura de pantalla tampoco debería bastar. La verdadera garantía tiene que ser otra: la coherencia entre el mensaje y la persona que ustedes conocen. Si un mensaje coincide con mis principios, con mi manera habitual de expresarme y con las posiciones que públicamente he sostenido, probablemente sea mío. Si no coincide, aunque lleve mi nombre en letras enormes, deténganse. Pregunten. Verifiquen.

Porque la confianza más sana no es aquella que cree todo lo que una persona dice. Es aquella que conoce suficientemente a esa persona como para darse cuenta cuando algo no parece suyo. Así que sí, confíen en mí. Pero no confíen solamente en mi nombre. Confíen también en su criterio, en su memoria y en su capacidad de reconocer coherencia. Y si algún día mi nombre y mi mensaje no parecen pertenecer a la misma persona, no tengan miedo de preguntarse cuál de los dos es verdadero. Porque quizá, en ese momento, cuestionarme sea precisamente la mejor manera de confiar en mí.

Vinicio Jarquín

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