Hay discursos que llegan demasiado tarde

Hay algunos discursos que, pronunciados después de determinados actos o acontecimientos, muchas veces sería mejor guardarlos para uno mismo. No necesariamente porque sus palabras sean falsas, sino porque existe un momento en que el contraste entre lo que se dice y lo que acaba de ocurrir puede hacer que hasta las frases más bonitas pierdan credibilidad. Una diputada del Partido Pueblo Soberano publicó hoy que, junto a sus compañeros diputados por Cartago, conmemoró los 205 años de vida independiente de Costa Rica. En su mensaje habló de paz, democracia, libertad, solidaridad, unidad, justicia y oportunidades. Son palabras hermosas. Son, además, valores que probablemente la inmensa mayoría de los costarricenses quisiéramos defender. Pero dichas apenas horas después de lo ocurrido en Cartago durante la noche del 14 de setiembre, cuesta leerlas sin recordar las escenas que acompañaron precisamente esa celebración.

La jornada estuvo marcada por un fuerte dispositivo policial alrededor de la Plaza Mayor, controles de ingreso y tensiones entre ciudadanos opositores y simpatizantes del oficialismo. Diversos medios documentaron que se solicitó identificación para entrar a determinadas áreas y reportaron personas que no lograron acceder al acto; también se registraron enfrentamientos verbales y físicos, así como reclamos de diputados de oposición por las restricciones. En medio de ese ambiente, el expresidente Rodrigo Chaves respondió a manifestantes con burlas y con el conocido “lero, lero”, episodio que también quedó registrado por la prensa. Entonces uno lee al día siguiente que estamos construyendo una Costa Rica “más unida”, basada en la paz y la democracia, y es inevitable sentir una especie de cortocircuito. No digo que las declaraciones de la diputada sean necesariamente insinceras. Tampoco puedo saber qué piensa verdaderamente quien las escribió. Pero, después de lo vivido unas horas antes en Cartago, el texto parece pertenecer a otra celebración, a otra ciudad o incluso a otro país. Parece más el relato de la Costa Rica que quisiéramos haber visto esa noche que la descripción de la Costa Rica que efectivamente quedó registrada.

Y hasta la fotografía termina transmitiendo, quizá involuntariamente, una enorme solemnidad: tres representantes vestidos rigurosamente, posando mientras se habla de paz, democracia, libertad y solidaridad. El problema no es vestir de negro, por supuesto. El problema es que la imagen, acompañada de semejante discurso, aparece después de una jornada que dejó precisamente preguntas sobre convivencia, tolerancia y acceso ciudadano a un acto patrio. Las celebraciones de la Independencia no deberían pertenecer al Gobierno de turno, ni a un partido, ni a la oposición. Le pertenecen a Costa Rica. La Antorcha tampoco debería dividir entre quienes apoyan a unos y quienes apoyan a otros. Es uno de esos símbolos que deberían permitirnos encontrarnos aunque pensemos distinto. Por eso duele especialmente que la noche del 14 de setiembre haya terminado convertida en noticia por controles policiales, enfrentamientos y provocaciones, en lugar de únicamente por niños, faroles, música, familias y civismo.

No necesito que una diputada me recuerde que Costa Rica fue construida sobre valores democráticos. Eso lo sabemos. Lo que necesito de quienes ostentan cargos públicos es que esos valores puedan reconocerse también cuando las circunstancias se vuelven incómodas, cuando quien está al frente piensa diferente, cuando alguien protesta, cuestiona o reclama. Porque hablar de democracia cuando todos están de acuerdo es muy sencillo. Hablar de paz cuando no existe conflicto también lo es. Hablar de libertad cuando nadie está tratando de ejercerla en nuestra contra tampoco exige demasiado. El verdadero valor de esas palabras aparece precisamente cuando llega la diferencia. Y después de Cartago, quizá antes de publicar discursos sobre una Costa Rica “más unida”, convendría preguntarnos qué hicimos —cada uno desde el lugar que ocupaba— para que esa unidad pudiera sentirse también allí.

Porque hay discursos que describen una realidad. Y hay otros que, después de ciertos acontecimientos, terminan pareciendo un cuento de fantasía.

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