Diego dispara, pero todavía no anota

Don Diego Miranda, alcalde de San José, atraviesa un momento político que, desde mi punto de vista, debería obligarlo a medir con muchísimo cuidado cada movimiento que hace. Durante las últimas semanas ha mantenido una confrontación pública con el Poder Ejecutivo, ha denunciado bloqueos a proyectos municipales, ha reclamado reuniones, ha utilizado videos fuertes para responder públicamente y ha llevado esas diferencias incluso a escenarios oficiales. El pasado 15 de septiembre volvió a utilizar su discurso en el Parque Nacional para lanzar cuestionamientos y pedir acuerdos al mismo tiempo. Todo eso podría formar parte de una estrategia política que él sabrá por qué ha escogido, pero que también tiene consecuencias sobre la manera en que la ciudadanía comienza a percibirlo.

Y en medio de todo esto aparece la historia del 14 de septiembre. Me han comentado que existían permisos municipales para utilizar el Parque Nacional durante la llamada Faroleada por la Democracia. No he podido comprobar documentalmente ese dato y, por lo tanto, lo dejo exactamente donde corresponde: como algo que me fue contado y no como una afirmación. Lo que sí está documentado es que finalmente la actividad se realizó en el Parque Morazán y reunió a cientos de personas. Aquí es donde aparece la metáfora futbolística. Don Diego tomó la bola, avanzó y volvió a disparar. Pero, por segunda vez, al menos desde mi lectura de los acontecimientos, el disparo no produjo el efecto político que quizás esperaba. No porque alguien necesariamente le haya ganado el partido, sino porque existen jugadas que terminan perjudicando más al jugador que las ejecuta que al adversario contra quien iban dirigidas.

Ese es precisamente el punto de este artículo. No me interesa aquí determinar quién tiene razón en cada una de las disputas que mantiene el alcalde con otras instituciones. Me interesa algo distinto: cómo administra Diego Miranda su propio poder. Porque tener poder no consiste solamente en poseer atribuciones legales, controlar espacios municipales o disponer de una estructura institucional. También consiste en saber cuándo utilizarlo, cómo utilizarlo, cuánto presionar y, especialmente, cuándo es más inteligente guardar la pelota. El problema de entrar demasiado temprano en una pelea es que después cada movimiento comienza a verse a través del mismo cristal. Lo administrativo parece político. Un permiso parece una jugada. Una decisión institucional parece una revancha. Una ausencia parece un mensaje. Un discurso parece otro capítulo de la disputa. Y llega un momento en que la población puede dejar de preguntarse quién inició el pleito para comenzar a preguntarse por qué ese pleito nunca termina.

Ahí es donde, a mi juicio, don Diego empieza a correr un riesgo serio. No necesariamente jurídico, administrativo ni institucional. Un riesgo de imagen. Y en política la imagen no es un asunto superficial. Es confianza, percepción, prudencia, capacidad de liderazgo y la sensación de que quien ocupa un cargo sabe medir el peso de sus decisiones. Esa misma imagen es la que, llegado el momento, tiene que convertir nuevamente en votos si pretende pedirle al electorado que le permita continuar en el puesto.

No estoy afirmando que Diego Miranda haya perdido una reelección. Tampoco podría hacerlo responsablemente. Estoy diciendo que determinadas actuaciones pueden comenzar a erosionar el capital político necesario para conseguirla. Y me parece que este ciclo de confrontaciones, reclamos, videos, choques institucionales y discursos culminados alrededor de este 15 de septiembre puede haberle costado más imagen de la que quizá él mismo imagina. Hay personas que pueden coincidir con algunas de sus denuncias y, aun así, sentirse incómodas con la forma. Hay otras que podrían respaldar parte de su gestión municipal, pero cansarse de observar una confrontación permanente. Y hay también electores que quizá empiezan a preguntarse si el estilo que están viendo ahora es el estilo que desean mantener otros cuatro años.

Eso es importante porque la política tiene una característica curiosa: uno puede tener razón en una discusión y aun así salir debilitado de ella. Puede ganar un argumento y perder simpatía. Puede conseguir titulares y perder confianza. Puede demostrar que posee facultades legales y, al mismo tiempo, transmitir la impresión de que no supo utilizarlas con prudencia. Por eso administrar poder requiere muchísimo más que tenerlo.

Algo parecido, desde mi punto de vista, pudo haber sucedido apenas un día antes en Cartago. Lo ocurrido el 14 de septiembre alrededor de don Mario Redondo pudo provocar que algunos votantes reconsideraran la posibilidad de apoyarlo nuevamente. No estoy diciendo que haya perdido una elección futura ni que una sola jornada determine el comportamiento de todo un cantón. Lo que digo es que existen momentos públicos capaces de condensar inconformidades y transformar percepciones. A veces un político no pierde apoyo por una gran decisión, sino por una sucesión de gestos, silencios, omisiones o maneras de ejercer el poder que terminan alejando poco a poco a personas que antes estaban dispuestas a acompañarlo.

Y quizá esa sea la similitud que encuentro entre ambos casos. Dos alcaldes con poder importante en sus respectivos cantones, enfrentados a momentos de enorme exposición pública, tomando decisiones que inevitablemente serán observadas también desde una perspectiva electoral. No sé qué sucederá cuando llegue el momento de votar, y sería irresponsable fingir que lo sé. Pero sí creo que ambos tienen hoy más razones para cuidar su imagen que antes de estos actos patrios.

En el caso particular de Diego Miranda, me parece que debería preguntarse algo muy sencillo antes del próximo disparo: si aquello que está a punto de hacer realmente lo acerca al arco o simplemente produce ruido en la gradería.

Porque en política uno puede patear muchas veces. El problema comienza cuando confunde el ruido del balón con el sonido de un gol. Y Diego, por ahora, dispara. Pero todavía no anota. Y podría ser que, a la hora de las horas, sean los propios votantes quienes le pidan que entregue la bola.

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